Luis Muñoz Fernández

 

Nuestro problema no debería ser qué hacemos con los residuos (por ejemplo los gases de “efecto invernadero”), sino cómo organizamos la producción, el trabajo y el consumo. El problema de los residuos (la contaminación, el calentamiento climático, etc.) es derivado: las causas están en la organización de la producción, el trabajo y el consumo.

Principios de organización social como el de “suficiencia” (o autocontención), el de biomímesis (o coherencia entre los sistemas humanos y los sistemas naturales) y el de precaución deben figurar en el equipaje que necesitamos para avanzar hacia sociedades sostenibles.

 

 

Jorge Riechmann. La habitación de Pascal, 2009.

El gran acierto de la encíclica Laudato si. Sobre el cuidado de la casa común del Papa Francisco es su visión integral del problema ecológico, que no se reduce a la observación de las consecuencias en el medio ambiente, sino que identifica con claridad las causas y descubre las relaciones entre fenómenos aparentemente inconexos: deterioro planetario, modelo de vida de las sociedades industrializadas y la pobreza y exclusión que afectan a millones de seres humanos.

En su crítica al actual modelo de producción y consumo de las sociedades industrializadas hace referencia a la “cultura del descarte”:

Estos problemas están íntimamente ligados a la cultura del descarte, que afecta tanto a los seres humanos excluidos (las negritas son mías) como a las cosas que rápidamente se convierten en basura… Nos cuesta reconocer que el funcionamiento de los ecosistemas naturales es ejemplar… En cambio, el sistema industrial, al final del ciclo de producción y de consumo, no ha desarrollado la capacidad de absorber y reutilizar residuos y desechos. Todavía no se ha logrado adoptar un modelo circular de producción que asegure recursos para todos y para las generaciones futuras, y que supone limitar al máximo el uso de recursos no renovables, moderar el consumo, maximizar la eficiencia del aprovechamiento, reutilizar y reciclar. Abordar esta cuestión sería un modo de contrarrestar la cultura del descarte, que termina afectando al planeta entero, pero observamos que los avances en este sentido son todavía muy escasos.

Muchos son los obstáculos para que los seres humanos alcancemos el nivel de conciencia ecológica necesaria que nos impulse a actuar con la decisión e intensidad necesarias. Jorge Riechmann, citando a Juan Ramón Capella y su libro Los ciudadanos siervos, identifica dos rasgos de nuestra sociedad que impiden alcanzar la conciencia deseada en estos temas:

  1. El carácter crecientemente artefactual -o artificial- de la acción humana en las sociedades contemporáneas… “Ya no manejamos objetos naturales: manejamos artificios que manejan artificios… que en último término manejan objetos naturales”. Dentro de la particular “tecnósfera” (Barry Commoner) o de la “Megamáquina” (Lewis Mumford) que hemos creado, la relación con lo natural es cada vez más remota y mediada por eslabones tecnológicos interpuestos.
  2. La segunda característica es el carácter crecientemente socializado, hecho a piezas, de la acción humana en las modernas sociedades industriales.

De estos dos rasgos de la acción humana en las sociedades contemporáneas -creciente artefactualidad y socializad- se deriva una creciente dificultad de percepción de la relación real entre la acción individual y sus consecuencias y resultados.

El primer punto -que nos relacionamos cada vez más con los demás (hasta con nosotros mismos) y con el entorno a través de dispositivos artificiales y no de manera directa- lo señala claramente el Papa Francisco en esta parte de su encíclica:

A esto se agregan las dinámicas de los medios del mundo digital que, cuando se convierten en omnipresentes, no favorecen el desarrollo de la capacidad de vivir sabiamente, de pensar en profundidad, de amar con generosidad. Los grandes sabios del pasado, en este contexto, correrían el riesgo de apagar su sabiduría en medio del ruido dispersivo de la información. Esto nos exige un esfuerzo para que esos medios se traduzcan en un nuevo desarrollo cultural de la humanidad y no en un deterioro de su riqueza más profunda. La verdadera sabiduría, producto de la reflexión, del diálogo y del encuentro generoso entre las personas, no se consigue con una mera acumulación de datos que termina saturando y obnubilando, en una especie de contaminación mental. Al mismo tiempo, tienden a reemplazarse las relaciones reales con los demás, con todos los desafíos que implican, por un tipo de comunicación mediada por internet. Esto permite seleccionar o eliminar las relaciones según nuestro arbitrio, y así suele generarse un nuevo tipo de emociones artificiales, que tienen que ver más con dispositivos y pantallas que con las personas y la naturaleza. Los medios actuales permiten que nos comuniquemos y que compartamos conocimientos y afectos. Sin embargo, a veces también nos impiden tomar contacto directo con la angustia, con el temblor, con la alegría del otro y con la complejidad de su experiencia personal. Por eso no debería llamar la atención que, junto con la abrumadora oferta de estos productos, se desarrolle una profunda y melancólica insatisfacción en las relaciones interpersonales, o un dañino aislamiento.

En relación al punto número dos -la fragmentación de la acción humana en las modernas sociedades industriales- hace que no podamos ser conscientes de las consecuencias de nuestros actos. No llegamos a percibir las consecuencias de acciones aparentemente banales como tirar basura en cualquier lugar -a través de la ventanilla del automóvil, por ejemplo-, porque la complejidad social y urbana de nuestro entorno nos lo impide. Somos meras piezas de un inmenso mecanismo e ignoramos el impacto general de nuestras acciones particulares. Cito nuevamente a Riechmann:

Si se quiere decir en forma telegráfica: “la rueda del engranaje desconoce la responsabilidad moral”. En efecto, Anders percibe que la “complejidad de la interacción humana en las sociedades industriales avanzadas diluye (hasta la anulación) el sentimiento de responsabilidad moral”. La división del trabajo ha avanzado tanto, las economías locales y nacionales se han internacionalizado y entreverado en el mercado mundial de tal modo, que las consecuencias de nuestros actos se nos escapan cada vez más.

Para el Papa Francisco, los efectos de la degradación planetaria, si bien globales, se ensañan con particular fiereza con los que menos tienen:

De hecho, el deterioro del ambiente y de la sociedad afectan de un modo especial a los más débiles del planeta: “Tanto la experiencia común de la vida ordinaria como la investigación científica demuestran que los más graves efectos de todas las agresiones ambientales los sufre la gente más pobre”.

El hilo siempre se rompe por lo más delgado.

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