Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

Anda en la calle un señor que dice tener la intención… No sé de qué, o para qué –aunque me lo imagino–, pero al parecer no sabe él, nadie le dijo, no le enseñaron el refrán aquel que proclama que “de buenas intenciones está pavimentado –o empedrado, si es usted amante de las tradiciones– el camino del infierno”… O sea que decir que se tiene intención, no es mucho decir. ¡Hasta yo la tengo!… De aprovechar que este todavía flamante año es electoral, para dedicar algunas entregas de esta columna a elecciones de gobernador pasadas, concretamente las de 1962, 1968, 1974 y a lo mejor 1980, desde luego, para que usted recuerde… o se entere.

Pero decir que tengo la intención es casi como jurar por la salud de su político favorito –cosa que hago frecuentemente–, es decir, jurar en vano; jurar sin compromiso, e incluso teniendo en mente que quizá no se cumpla con lo ofrecido… En este caso significa que la probabilidad de escribir sobre elecciones pasadas dependerá de mi disponibilidad de tiempo para ir al archivo, consultar la prensa de la época, procesar la información y ofrecérsela a usted… O sea que como quizá usted, como muchos, estoy en parte sometido al reino de la necesidad, ese territorio inmisericorde que desde tiempos sin memoria se enfrenta al de la libertad. O igual me muero o algo pasa y no le cumplo, ¿cómo saber? Pero por lo pronto todavía queda algo del tiempo de Navidad, que aprovecharé para contarle una que otra experiencia de temporada…

El martes ocho de diciembre vi algo que me conmovió… En la esquina sur-poniente de las avenidas Universidad y Aguascalientes, se estacionó una camionetota con todo y su señora del norte; un vehículo japonés de nombre gringo –a menos que haya sequoias en otras partes del mundo, y no sólo en California–. Del asiento del conductor bajó una joven mujer, y mientras ejecutaba la maniobra llamó a un niño vendedor de dulces que buscaba clientes entre quienes se dirigían al, como exclamara Buzz Lightyear, infinito y más allá. O sea a Bosques, el Campestre, Vergeles, y anexas y conexas de la República Mexicana…

La mujer rodeó el vehículo y abrió la puerta trasera derecha, en tanto el niño se acercaba. Del interior tomó una bolsa de colores muy vivos que dio al que seguramente era su hijo. Éste bajó y entregó el objeto al infante vendedor de dulces. La madre se veía radiante, en verdad, en tanto que los niños se mostraban hoscos, distantes, posiblemente embarazados por semejante gesto, el hijo tal vez porque era sacado de su mundo de necesidad satisfecha y enfrentado a ese otro, donde casi todo falta. Por su parte el niño vendedor estaba azorado, tal vez sin poder creer lo que estaba viviendo, tal vez…

No sé qué contenía la bolsa, y me hubiera gustado saber, pero el lugar estaba solo y acercarme habría sido, por decir lo menos, un tanto agresivo. La vida seguía su curso, los vehículos pasaban, la banqueta estaba sola, y al parecer nadie, salvo este observador de la Suave Matria, se fijaba en el gesto de solidaridad que ocurría ahí. Así que no había forma de pasar desapercibido entre esa multitud ausente.

Vaya usted a saber qué tendría la bolsa, pero tal vez no sea muy difícil de adivinar, una pijama, un suéter, o posiblemente un carrito de plástico, el Niño Dios plastificado, la piel protegida por una franela, algo que por un instante iluminará los ojos de ese niño que tendría que estar en una escuela, aprendiendo sobre su dignidad de persona, o jugando, o pertrechándose de herramientas que le fueran suficientes para afrontar su circunstancia de vida de manera más clemente que esa; más amable, y no ahí, sorteando el peligro automotor y las despiadadas embestidas del hambre.

Al final alcancé a escuchar que la mujer se despedía y le gritaba al niño: ¡Adiós, José!, subió a su camioneta y se fue. ¡Adiós, José! ¡Regresa a vender tus chicles!, y guarda con fuerza eso que contiene la bolsa; ¡haz que te dure mucho!

En verdad me conmovió el gesto, pero a final de cuentas no pierdo de vista que se trata de una gota de agua en el océano, y desde luego resultará insuficiente para que José, y todos los Joseses de esta vida, dejen la calle y vayan a hacer lo que cualquier niño de 7 u 8 años debería estar haciendo, por mucho que haya gente que en estos días se organiza para tender una mano al prójimo desvalido.

Nada de esto pasará de ser un paliativo, como una buena intención, porque a final de cuentas una buena parte de la riqueza de unos pocos está fincada en la pobreza de muchos; en su ignorancia y sumisión; en su impotencia y su miedo… No se trata de manera forzada de algo premeditado por alguien en concreto –eso espero–. Es más bien la dinámica perversa de las cosas; la manera como están organizadas la economía y la sociedad, la política, y, en todo caso, es ahí donde debe actuarse para erradicar la pobreza y el asistencialismo que la mantiene, fomenta y controla (¿de cuándo era la frase aquella de, primero fabricamos los pobres y luego les brindamos la asistencia social?, ¿del sexenio alemanista?); actuar, y no precisamente con juguetes, bolsas con dulces o ropa de medio uso, pero también espero que no a balazos.

Pero algo queda; posiblemente algo quede. Tal vez esta mujer de sonrisa fácil ha sembrado en su hijo la semilla de la solidaridad y con gestos como éste, repetidos cada y que se ofrezca, quizá dentro de 10 años, 20 años, este niño rico que entregó a uno pobre una bolsa con algún regalo con motivo de la Navidad, se convierta en un profesionista, o en un empresario, que supere la visión corta que caracteriza a más de alguno de ellos, y sus acciones se distancien de la mezquindad; el egoísmo. Amén. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.migrante@gmail.com).