¿Por qué es importante en la política la comunicación empática?

Itzel Vargas Rodríguez

No hay frase que se acerque más a la definición de empatía que la de “ponerse en los zapatos del otro”. Y es que bien se dice que cada cabeza es un mundo, que cada persona tiene su propio contexto, sus propias ideas, su propia forma de ver las cosas y sencillamente, su propia vida. Por eso, llega a ser necesario en ocasiones, tratar de entender qué le acontece a la persona de al lado antes de emitir un juicio o una acción que la atañe.

Se suele atribuir mucho este término a cuestiones relacionadas a la psicología, sociología o el mismo coaching personal porque es una palabra referida a cuestiones muy humanas.

¿En qué medida entonces se inserta la empatía en la vida política? Prácticamente en toda actividad que tenga como fin último un bien social y la razón es muy sencilla, la actividad gubernamental y política, requiere de constante contacto con la ciudadanía, lo que propicia la necesidad de estar al tanto de qué requiere la gente, qué necesita o qué demanda. Y, aunque bien sabemos que en la praxis esta anterior idea no siempre se cumple al cien por ciento por los intereses que suele haber en esta actividad, no deja de ser importante que se practique como otra alternativa más para dignificarla o generarle credibilidad.

Un político que se convirtió muy rápidamente en un ídolo social contemporáneo, es el ex presidente de Uruguay “Pepe” Mujica. Una persona que en todo momento contempló un discurso ideológico y pragmático basado en la sencillez y la forma de vida modesta, acorde a la forma en que la mayoría de la gente vive.

Hasta la fecha, ha sido un boom mediático lo que logró Mujica. Un político que le hizo crítica a los mismos políticos pegándoles en un punto polémico: la forma de vida lujosa y ostentosa que suele haber en este sector. También, criticó el sistema económico neoliberal que ha afectado el bolsillo de las personas y provocado un gran impacto negativo en el medio ambiente.

Pero él es en su persona un ídolo social no sólo por sus incendiarios discursos, sino porque supo apropiarse del reflector público y mediático mostrando un modo de vida que va desde su modesta casa, hasta su “vochito azul”. La gente vio en él, el ideario común que se quiere tener de un político: una persona que vive como todos, que entiende lo que pasa en el entorno y que no se esconde, sino que más bien protagoniza la crítica social.

Esto es un ejemplo concreto y clarísimo, del porqué es cada vez más necesaria una comunicación empática en la política, sobre todo en el contexto mexicano en que esta actividad cada vez está más denostada.

Ya no es suficiente emitir discursos al modo en que las escuelas de la retórica antigua enseñaban, a como lo emitían en sus tiempos los griegos. No basta con conceptos profundos o filosóficos, más bien, es necesario el uso de un mensaje que apele a las mayores debilidades y carencias colectivas pero en total congruencia también con su modo de vida.

Vivimos tiempos en que el descrédito hacia las instituciones vinculadas a la política va en aumento y optar por: la sencillez en tiempos de difícil economía; por el recurso de la transparencia en un entorno caracterizado por la corrupción: por apelar a la defensa los recursos naturales así como los humanos, son ya todos una necesidad, no precisamente una moda. Y esa necesidad debiera insertarse ya, en los discursos y la práctica de los nuevos aspirantes a dirigir puestos populares, eso, si es que quieren la simpatía popular.

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