Juan Pablo Martínez Zúñiga

“Vamos a necesitar un bote más grande…”
– Jefe Brody (Roy Scheider), “Tiburón”

En la batalla por la supervivencia, es fácil determinar quién ha ganado lo que Darwin denominó “la subsistencia del más fuerte”. Aún si el ser humano logró alcanzar el pináculo del desempeño intelectivo refinando su materia gris a través de diversos mensajes apresados en canales abstractos, estéticos o metatextuales, es su colérica volcadura de frustraciones en tales medios lo que funge de terapia para la colectividad al percatarse cuán tenue es su dominio del entorno. Probablemente la intelectualización y anatomía de los procesos de pensamiento puedan simular suficiencia en la justificación de las despectivas miradas que obsequiamos a nuestro ambiente natural asumiendo cómodamente nuestro papel de tecnodeidades… pero cuando el hombre, desnudo de sus propiedades civiles, trata de enfrentarlo en sus crudos y ásperos términos, pues el resultado suele no ser halagüeño. Tal vez por ello forzamos nuestra entrada en el pináculo de la cadena alimenticia orquestando holocaustos especicistas y excusar nuestro opulento proceder al presentar adversariamente a aquellos habitantes de cuyo ecosistema pillamos lo necesario para subsistir. En pocas palabras, hacemos películas donde el depredador ecosistémico degusta bocados del humano, sin remordimiento y pudor, para aflojar un poco la culpa de nuestro desmedido exterminio.
Tal vez la especie más socorrida al respecto es el superorden de los condrictios, selacimorfos mejor conocidos como “tiburones”, los dentudos habitantes del océano cuya estilizada apariencia, ausencia de rasgos antropomórficos, luceros eclipsados por total oscuridad y hábitos alimenticios que se distinguen por un proceder violento les proveen de un aura cuasi mística y un grado de despersonalización tal que ejemplifican cabalmente el pavor que sugiere la otredad. En un inicio los tiburones fungían como componentes involuntarios de cámaras tortuosas o impedimentos que amenazan el proceder de los protagonistas, como atestiguamos en “El Malvado Zaroff” (Schoedsack, E.U., 1932), filme de retorcida entraña donde el villano del título utiliza su isla privada como coto de caza para homo sapiens, utilizando armas de fuego, trampas selváticas y la fauna del lugar (incluyendo, por supuesto, tiburones con propósitos de tortura). Toda una joya. Además, los escualos hacen de las suyas tanto en “Operación Trueno”(Young, E.U., 1965) como en su remake no oficial, “Nunca Digas Nunca Jamás”(Kershner, E.U., 1982), donde le hacen ver su suerte a 007 -Trivia: Sean Connery, quien encarna al famoso espía en ambas cintas, era fóbico a los tiburones, por lo que el rostro de angustia que le vemos en la primera cinta es genuino- una vez que debe confrontarlos para escapar del villano en turno. Por otro lado, en “Un Arma de Dos Filos” (Fuller, E.U., 1969), los feroces peces servirán de contrincantes directos a Burt Reynolds, un contrabandista que es contratado por Silvia Pinal (¡!) para que rescate un tesoro sumergido entre una infestación de ya-saben-qué-. La cinta divierte gracias a que en el timón se encuentra el experimentado Samuel Fuller, quien aquí rompe el paradigma impuesto por sus dramas previos para relatar una aventura en altamar.
Unos años después, las bestias acuáticas encontrarían su responso y prácticamente dominarían la imaginería colectiva por cortesía de “Tiburón” (Spielberg, E.U., 1978) y sus secuelas, cada una más mediocre que la anterior. Lo relevante estriba en la infinidad de copias y facsímiles que brotaron de diversas partes del mundo, destacando obviamente Italia que, siempre a la caza de los fenómenos culturales que pare algún éxito taquillero, inmediatamente se zambulleron en las turbulentas aguas del plagio, algunos tan descarados como “L’UltimoSqualo” (Castellari, It.; 1981), una calca tan evidente a la cinta de Spielberg que incluso la Universal Pictures interpuso una demanda judicial para evitar su exhibición pública en los Estados Unidos, aún si resultaba menos absurda que “Shark: Rossonellnoceano”(1984), cinta de Lamberto Bava que pasará a los pies de página de los libros de cine de culto como la predecesora directa de “Sharktopus” (O’Brien, E.U., 2010), ya que ambas presentan tanto híbridos horrísonos de tiburones con cefalópodos como una manufactura paupérrima y actuaciones ídem. Igualmente penosa resultó “Mako” (Grefe, E.U., 1976), una cinta de bizarras intenciones ecológicas con tiburones asesinos postizos de por medio que entremezclan misticismo shamánico y toda la degradada estética del cine de explotación a través de la absurda historia de un hombre que puede controlar mentalmente a los escualos mediante un medallón mágico. Cualquier vestigio de cordura narrativa echado por la borda, aunque se han generado algunas honrosas excepciones, como “¡Tintorera!”(Cardona Jr., México, 1977) con el audaz Hugo Stiglitz como un costeño enamorado de una británica (Susan George) y única esperanza para detener el implacable ataque de un tiburón tigre en playas mexicanas y “Orca, La Ballena Asesina” (Anderson, E.U., 1977), que si bien presenta como oponente principal a un cetáceo, sigue todas las normas narrativas de este tipo de producciones, además de tener a un Richard Harris como potente protagonista.
En la actualidad los filmes sobre tiburones asesinos van acompañados de cierta corrección política que les despoja de su frenesí homicida para en cierta medida justificar su proceder carnívoro, ya sea devorando gradualmente a turistas americanos incapaces de mantener relaciones emocionales estables (“Mar Abierto”), aniquilando a aquellos que pretenden usarlos de conejillos de indias en crueles experimentos (“Alerta en lo Profundo” o simplemente dando su merecido en un claro acto de justicia cultural a las insistentes réplicas de “Jersey Shore” con prerrogativas hedonistas engulléndolos con lujo de violencia (“Terror en lo Profundo”) o simplemente utilizando su fiera presencia en productos manufacturados por el canal SyFy para el mercado posmoderno (“Sharknado” y todas las mutaciones y divergencias que esta fábrica de engendros ha tenido a bien o mal obsequiarnos). Así que, al final, la fortaleza de una especie incapaz de preservarse ante buques arponeros y ataques montoneros propulsados por un apetito mercantilista, solo reside en un imaginario consciente de sus faltas que trata de expiarlas en una pantalla de plata.
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