Jesús Alejandro Aizpuru Zacarias

En un mundo nihilistaDebido a las políticas de ajuste y a la profundización de la crisis política, económica y social, se ha perdido la importancia de los asuntos de juventud en la agenda pública, la sociedad está más preocupada por temas económicos y de seguridad, que por definir el rumbo para los próximos 20 años en materia de juventud.

Al no existir una verdadera política de Estado en el tema de juventud, este queda sujeto a una total discrecionalidad por parte de los gobiernos en turno. Los recursos para el tema de los jóvenes son escasos, se opera más en las poblaciones de niñas y niños (aunque de manera limitada) que con los jóvenes, sin importar el bono demográfico, esto ocasiona que se violenten la mayoría de sus derechos sociales, económicos, culturales, y se restrinjan sus libertades fundamentales.

El primero de los problemas consiste en la escasa reglamentación en materia de juventud y la dispersión e incongruencia de la gran mayoría de la legislación referida a jóvenes.

Por otro lado, no hay una real coordinación interinstitucional en la gestión sobre el tema de juventud, ni claridad en los roles institucionales, así como un pleno desconocimiento de la problemática de la población objetivo, es decir, existe una carencia de un enfoque sistémico.

Otro de los principales problemas es la falta de divulgación e información sobre las políticas y programas de juventud, así como la falta de apropiación social de los temas, lo que ocasiona un escaso protagonismo de los propios jóvenes; esto, aunado a un debilitamiento de las organizaciones sociales y privadas en la priorización del tema juvenil.

En los pocos gobiernos donde se aborda el tema, aunque de manera muy limitada, las políticas sociales se centran en los menores de catorce años, y en el mejor de los casos cubre hasta la mayoría de edad.

Al no existir una política nacional definida en esta materia, los diferentes actores estatales y municipales actúan a través de ocurrencias por lo que este tipo de políticas tienen un problema de discontinuidad en el tiempo, y una escasa cobertura. De igual forma, la gran mayoría carece de un sistema de seguimiento y evaluación de resultados e impacto, lo que al final del día nos deja sin indicadores que nos ayuden a mejorar las formas de intervenir en los problemas de los jóvenes.

Por último, y debido a la falta de indicadores, existe un fraccionamiento en la investigación y en las acciones de seguimiento, y al desconocer a fondo la problemática, los pocos programas y acciones existentes en su gran mayoría ponen énfasis en los jóvenes hombres de los sectores populares en situación de riesgo y transgresores de la ley, lo que conduce a programas de carácter asistencialista y paternalista, además, de discriminatorios.

En conclusión, podemos decir que no existe una base social o política que defienda los derechos de los jóvenes, sin embargo, el adagio popular reza que en momentos de crisis surgen las oportunidades; es por ello que estoy convencido que estamos a tiempo de decidir hacia dónde queremos llegar, definiendo de manera clara el camino a seguir en lo que respecta a las políticas públicas de juventud, dándoles a los jóvenes su lugar para aportar al desarrollo ya que la juventud es el segmento de la población cuya dinámica se asemeja, naturalmente, al ritmo de los tiempos.

Como es costumbre, agradezco el favor de su lectura, y los espero una vez más, la próxima semana.