Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

¡Qué pena me da el pobre diablo Lucifer! De seguro no era muy inteligente el tipo, puesto que resultó incapaz de entender qué papel le tocaba desempeñar en esta vida, y creyó que podía pasarse de lanza y ser más que Dios, razón por la que fue arrojado al infierno junto con unos compinches suyos, igual o más tarados que él.

Pero esto no fue lo peor, sino que cuando la intentona golpista fue descubierta, no tuvo la inteligencia y generosidad suficientes como para disculparse y salvar sus alitas blancas y la nube de la que era amo y señor. Y sin embargo tampoco esto fue lo peor, sino el hecho de que perseverase en su tontería, y hasta la fecha. A ver: ¿qué gracia le hallará en ser el feo, el cornudo, el maloliente, el coludo? ¿Por qué no mejor se disculpa y acabamos de una vez con los sentimientos de culpa, el miedo a la muerte, las pesadillas para, entonces, hacer realidad lo que imaginó John Lennon? Debería aprovechar ahora, que estamos en el año de la misericordia; de seguro hay barata de perdones

Se ve que no tengo nada que hacer, ¿verdad? Pero sí tengo, y mucho. Lo que pasa es que ahora que transcurrieron las vacaciones de invierno, la última noche la pasamos, la familia de este servidor de la palabra y yo, en San Miguel El Alto, Jalisco. Lo hicimos para honrar este ingrediente de nuestro equipamiento genético que nos impulsa a buscar, preguntar, conocer, experimentar, ampliar horizontes.

Y ahí anduvimos, asombrados con tanta cantera, labrada y sin labrar, humilde y ostentosa, el mármol mexicano, como dicen que le decía Refugio Reyes. Dormimos en el Hotel Mesón de los Cristeros –creí que seríamos despertados con el grito de ¡Viva Cristo Rey!, lanzados por un jinete que recorriera raudo y veloz los pasillos de la hospedería. En cambio la aurora fue saludada por un ensamble de gallos muy bien acoplados; ¡una maravilla!– Ya de regreso a esta metrópoli desde la que intento establecer comunicación con el Universo, hicimos un alto en el único restaurante para automotores que se nos atravesó, a fin de que el vehículo recuperara energías y nos trajera hasta acá sin enojosas escalas. Por cierto que a unos cuantos kilómetros del entronque de la carretera a San Miguel con la autopista a Guadalajara, se observa un paisaje monumental, memorable. Desde ahí se ven la sucesión de valles hasta la Sierra del Laurel enfrente, al centro el Cerro del Muerto, distorsionado por el punto de vista desde el que se observa, la Sierra de Jesús María y Pabellón hasta su límite en Cosío. Hasta allá se alcanza a ver desde ahí; se lo juro por la salud de su político favorito –bueno: igual hay que echarle una pizca de intuición–. Luego, al centro a la derecha, el Cerro de los Gallos –tengo que regresar, a ver si se ve también la Sierra de Tepezalá.

Justo en la gasolinera que le digo, hay una exhibición de imágenes de cantera, en verdad trabajos dignos de mérito y homenaje, y entre ellas un enorme arcángel San Miguel, disponiéndose a clavar su espadón en la diablalidad –ni modo que diga humanidad– de Lucifer. Vale un millón de pesos, dijo el mesero que atendió al vehículo, pero no lo venden. Un millón de pesos… Si los tuviera… De ser así habría ido de vacaciones un poquito más lejos que a San Miguel El Alto, Jalisco. Por ejemplo a Viena, para asistir al legendario concierto de año nuevo que ofrece la Filarmónica de Viena en el Musikverein, y palmeado al final la excelsa Marcha Radetzky que, guardada toda distancia, proporción, cordura y amplitud de criterio, es a estos conciertos lo que la “Pelea de Gallos” al Ferial de Aguascalientes…

Pero de que la escultura de san Miguel los vale, los vale, y si no la venden de seguro es porque se trata de un homenaje al santo patrono de este lugar, comandante en jefe de las fuerzas celestes cuyo nombre tiene el hermoso significado de ¿Quién como Dios? En realidad la imagen abunda en el poblado, con san Miguel vestido de soldado romano, de soldado barroco, en estatuilla de bulto, en estampita, por todas partes encuentra uno a don ¿Quién como Dios?

De veras que debe valer el millón… Simplemente las alas, que son de, digamos, metro y medio de longitud, y de una sola pieza, y que están colocadas en una posición que sin duda genera una gran tensión sobre la unión con el conjunto de la escultura, dado que están abiertas.

Todo esto viene a cuento porque el otro día escuché la siguiente rima, medio chafa, por cierto: Se acabó la navidad/ al carajo los pastores./A otro lado señores/, aquí no hay felicidad.

O sea que a otra cosa. Entonces, relaciono este versillo con la imagen del imprescindible compañero de san Miguel, el mismísimo diablo, y me imagino que transcurrido el tiempo de navidad; este tiempo de inocencia –a veces ficticia–, regresa el demonio a hacer de las suyas hasta el próximo adviento, en que de nueva cuenta lo expulsaremos de nuestras vidas para vivir las fiestas de esta temporada.

Aunque a veces ni siquiera eso. El domingo 20 de diciembre, por ejemplo, fui a misa al templo de Cristo Redentor. Estaba el sacerdote oficiando la parte medular de la liturgia eucarística, cuando un niño que estaba en otra banca, de súbito comenzó a vomitar… Ocurrió sin advertencia de por medio, sin aspavientos ni nada. Por fortuna los de la banca de adelante estaban arrodillados. Pero entonces la madre del muchacho, toda avergonzada, advirtió a sus vecinos lo que ocurría, por lo que todos a una; todos, se levantaron y buscaron refugio en otro lugar. Uno de ellos no pudo evitar observar aquello y su reacción fue como la de la metiche mujer de Lot, que se quedó petrificada, en este caso con una expresión de natural y explicable desagrado, y una mujer, ya acomodada en su nuevo lugar, sacudió la parte trasera de su suéter, que le llegaba hasta debajo de la cintura.

En fin, que todos se fueron; ni que fueran la madre Teresa de Calcuta para auxiliar al pobre niño y a su avergonzada madre; no fuera a ser que el incidente estorbara la comunicación directísima, en vivo y dramático color, que sostenían con el mismísimo Cristo Jesús. Lástima que el evangelio del día no fuera aquel de misericordia quiero, y no sacrificios (Mt 12-7). (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com)