Por Daniel Amézquita

No es gratuito que el pensador mexicano Juan Villoro titule uno de sus libros “Dios es redondo”, más allá de la blasfemia, es una metáfora contundente de la condición en la que viven miles de personas en el culto al futbol y lo que rodea a esta competencia deportiva. De algún modo se emparenta con otro título del editor y librero serbio Vladimir Dimitrijevic, “La vida es un balón redondo”, cuyo tema consiste en relacionar el deporte más popular del mundo con la literatura, un ejemplo más de que prácticamente no existe disciplina relacionada con el ser humano que no esté ligada directa o indirectamente con el futbol, algunos autores se aventuran dentro de la antropología a catalogar este deporte como un determinante social, una forma en la que se presenta la identidad de la vida contemporánea.

El ritual

Al parecer, el ser humano tiene predilección por los objetos que se aproximan a la figura redonda, es así que ya en la antigüedad se conocían los juegos con pelota en diferentes culturas, algunos historiadores ubican el prototipo del futbol moderno en Asia tres siglos antes de nuestra era, otros que fue incubado en las legiones romanas en las primeras decenas después de Cristo. Fue hasta el siglo XVII que en Gran Bretaña los juegos de pelota decidieron unificarse para que su práctica fuera una convención en todo el territorio. Aunque el fútbol se celebraba en los países del norte de Europa, Italia es el que, a partir de reglamentaciones más civilizadas, influye en estas unificaciones. Entrado el siglo XIX se crearon las primeras asociaciones de futbol para darle un sentido más completo al deporte, así que Inglaterra forma su liga y sus campeonatos regidos por diversos códigos. El carácter colonialista del Imperio británico, ayudó a expandir el futbol por el mundo, así como los marinos mercantes de toda Europa.

Nuestro país no fue la excepción, a México llegaron desde el siglo XVIII innumerable cantidad de trabajadores mineros del Reino Unido, tanto ingleses como escoceses e irlandeses, así como comerciantes procedentes de Francia, Bélgica, Alemania y España, que traían consigo la práctica del futbol como medio de distracción para sus arduas labores, de esta forma contagiaron a sus similares mexicanos quienes a su vez crearon equipos, ligas y asociaciones.

En muchos países, México no es la excepción, el futbol es una religión dogmática que no admite vacilaciones. Es un deporte nacional y nadie, por más que quiera, es inmune a tal espectáculo deportivo. Existen uniformes, porras, ídolos, lugares en los que se celebra la victoria y se llora la derrota; el mundo de un equipo de futbol está lleno de historia, gestas heroicas, estrepitosas caídas y, sobre todo, de aficionados fieles que santifican la fiesta.

Los rituales de pelota prehispánicos significaban la eterna batalla de la luz contra la oscuridad, el renacimiento del mundo cada día, el símbolo del sol era la pelota y el campo de juego el inframundo, por ningún motivo la pelota tenía que caer. Así la cuestión religiosa guardaba un enfoque también jurídico en el que se disolvían disputas de orden territorial, mercantil, tributario y de otras índoles entre los señores de la élite gobernante. La muerte no era un impedimento para que los juegos se desarrollaran, el sacrificio, tanto por derrota como por honor, era parte de su cosmogonía, una vez más, los humanos intentaban salvar distancia entre ellos y los dioses. Si bien, y afortunadamente, los rituales han cambiado, siguen manteniendo su solemnidad displicente y su riguroso orden caótico, un ejemplo sería entonar el himno nacional antes de comenzar el partido, para enseguida vociferar improperios contra el rival.

Aunque en cada país es distinto, el celebrar ir al estadio o ver un partido por la televisión, ya sea en casa o en algún lugar de esparcimiento, se ha convertido en una experiencia que indica pertenencia, iniciación, tránsito entre la fantasía y la dura realidad. Sucede por lo menos una vez en la vida, aunque menciona Jorge Valdano, campeón del mundo, comentarista y filósofo del futbol, que este ritual es un “juego infinito”, que si se siente que se acaba el mundo cuando termina un partido, bastarán algunos días para que las ilusiones y los intereses se renueven, algo así como el renacer del que hablaban los prehispánicos, mantener al sol o a la pelota para que siempre amanezca un nuevo día.

El aficionado

Siendo una religión, el futbol está lleno de practicantes y no practicantes, a los primeros se les conoce como amateurs, jugadores no profesionales de futbol que generalmente juegan en locaciones temerarias, y más de las veces en condiciones menos aptas. Pueden ser en campos de arena, piedra y botellas rotas o en medio de la calle con dos piedras como portería. Los segundos son rebeldes, predicadores ascetas que son meros espectadores capaces de increpar eufóricamente lo que no saben y de exigir lo que no tienen. En un fragmento del libro “Aquí y ahora”, conversaciones entre Paul Auster y J.M. Coetzee, se cuestionan el porqué les gusta tanto su deporte, el beisbol y el críquet respectivamente, después de algunas digresiones llegan al punto de que es porque no pueden practicarlo, quieren decir que sus aptitudes no son las de un atleta de alto rendimiento, su edad y sus condiciones físicas los convierten en mejores espectadores de la maravillosa maquinaria humana llevada al límite, que en actores principales del juego, admiradores de las virtudes para el combate.

En los ámbitos humanos, al parecer, también tenemos predilección por la taxonomía, clasificar incluso a nuestra especie, es así que entre aficionados hay distinciones que acrecientan las brechas sociales, pero generalmente el aficionado es un devoto que muestra su fe ciega sin entender muy bien de estadística y de la Teoría de la probabilidad, su función principal es la de manifestar su pertenencia bajo los influjos de la adrenalina y en muchos casos en condiciones adversas. Asistir a los estadios de futbol es una inversión que no todas las veces es redituable y algunos cientos de pesos cuesta mantener la fe y estallar en una catarsis a grito pelado, ruido de matraca, silbidos y estrategias lanzadas al aire, no en vano Antonio Garci hace alusión a lo que se dice popularmente: “El himno mexicano en lugar de decir «un soldado en cada hijo te dio», debería decir «un director técnico en cada hijo te dio». Villoro también hace un apunte acerca de las aficiones en el estadio, entre menos protagonismo del equipo en las competencias dadas, será mayor lo estrafalario del comportamiento de los seguidores, desde disfraces, pelucas, tambores, trompetas, mantas, mosaicos, banderas, porras, etc., millones de formas creativas para alentar a que los jugadores den lo mejor de sí.

Abnegados, también los aficionados a este deporte suelen compensar el estrés de la vida diaria en reuniones, donde la comunión o la afrenta crean un plus agregado en el ambiente, ya sea en carnes asadas, barbacoas o simplemente en la sala de la casa para gozar de un partido de futbol, generalmente con playeras de su respectivo equipo y una bebida en la mano, a veces arrancándose los cabellos, otras cantando jubilosamente.

En un mundo que no es justo, ni igualitario y poco tolerante, los aficionados corren peligro de ver sus esperanzas truncadas y padecer depresiones constantes, pero todo en él vale un momento de gloria cuando el gol y el triunfo se hacen presentes, la realidad supera la ficción, o mejor dicho hay algo real en esa emoción, lo mismo que decía Freud acerca de que el miedo en las pesadillas es real, también sentencia adecuadamente Vladimir Dimitrijevic: la ilusión fue real porque la alegría fue real.