O cuando la kindercultura decapita a la adultez

Los niños. Esas inmaculadas y cándidas entidades de anatomía disminuida cuyos procesos evolutivos tanto cognitivos como fisonómicos atestiguamos con fruición absoluta gracias a su involuntaria y absoluta condición de espejo biológico, ya que inevitablemente su desarrollo corporal e intelectivo refleja todas nuestras potencialidades y carencias al ser heredadas y posteriormente asimiladas a sus procesos de formación cotidiana. O dicho de otra forma, como resulten ellos resultaremos nosotros y viceversa.
Si enfocamos microscópicamente esa idea, las posibilidades de dislocar la línea embelesante de dicho concepto son por demás elevadas, ya que como todo reflejo, éste puede ser trastocado para que reverbere ominosamente en una exploración oscura y sombría sobre estos pequeños seres al colocarlos en el extremo opuesto de su iluminado espectro, planteando un pavoroso supuesto que se ha esbozado a perpetuidad en la cinematografía: ¿Y si al final, a pesar de los supremos esfuerzos de los adultos, ellos no resultan como lo desean, sino tal vez…peor?
El churumbel de seráfico rostro pero con ruines intenciones maximiza las posibilidades de un discurso centrado en el ultraje a la inocencia asociada a dicha figura pueril, brindando un resultado perturbador cuando tan candorosa presencia revela una maldad tajante y fría sin requerir de elementos externos como asistencia sobrenatural u otras fuentes metafísicas. Una develación aterradora que, por sus características emocionales, resulta por demás fascinante.
En 1956, el director Mervin LeRoy decidió sembrar el concepto con una “Mala Semilla”, truculenta producción de la Warner Bros. donde la entonces infante Patty McCormack, en un formidable despliegue de malévolo histrionismo, encarna a la hija de una trabajadora y sacrificada madre soltera (Nancy Kelly), quien comienza a percatarse de las cualidades homicidas de su adorado retoño cuando la población del apacible vecindario suburbano donde residen se encuentra a la baja, destacando aquellos individuos que por razones diversas no son del agrado de su vástago. Beneficiada por sólidas interpretaciones y dirección y un final catártico que raya en la fantasía pura, la cinta logró consolidarse como uno de los ejercicios en refinación macabra más destacados de su época, al grado de erigirse como un genuino clásico.
En esta categoría también se incorpora un filme británico que, en 1960, permeó a la naturaleza inocua de los niños con un aura siniestra reforzada por el número de ellos que participan: “El Valle de los Malditos”, una atmosférica y bien trazada adaptación al texto de John Wyndham titulado “Los Cucús de Midwich”, donde un grupo de chiquillos paridos simultáneamente comienzan a dominar las voluntades y acciones de los habitantes de un pequeño pueblo inglés gracias a sus penetrantes y, literalmente, lumínicos ojos aunada a una actitud displicente. Objeto de un tibio remake en 1995 por cortesía del entonces extraviado John Carpenter y referenciada constantemente en la cultura pop mediática (incluyendo un episodio de la otrora brillante sátira “Los Simpson”), la cinta adquiere relevancia simbólica en esta época de despersonalización y vacuidad interna gracias a facebook y otras vías de alucinación social.
En la década de los 70´s, el desencanto social al verse despojado de su castidad perceptual ante Vietnam, Nixon, masacres estudiantiles, el descalabro del hippismo y el destronamiento del rock and roll por la música disco erogó en otras producciones que encapsulaban tal desilusión en diversos filmes que proyectaban la muerte definitiva de la inocencia, tal y como ocurrió en: “Devil Times Five” (MacGregor, E.U., 1974), película cimentada en la naciente ola slasher de asesinatos demenciales pero ahora propinados por cinco desamparados niños que le hacen ver su suerte a una población rural del medioeste norteamericano. Ejecutada con cierta torpeza técnica y rítmica, la cinta vale por lo creativo de los crímenes y cierta noción del suspense. Por otro lado, “¿Quien Puede Matar a un Niño?” (Serrador, España, 1976) plantea desde el título una pavorosa disyuntiva moral a través de una escalofriante parábola sobre el descuido infantil, donde una pareja en aras de esparcimiento termina luchando por su vida en una isla dominada por los niños del lugar quienes erradican la vida adulta por motivos desconocidos, aunque la clave yace en un brevario histórico al inicio de la cinta donde se nos muestra cómo los inocentes son los primeros en caer durante cualquier conflicto armado, por lo que la epifanía en la núbil mente de estos tiernos homicidas se antoja escalofriantemente justificable. Una película inquietante, interesante y bien desarrollada producto de una época ajena a lo políticamente correcto, demostrado en la flacidez narrativa de su inevitable puesta al día titulada “Juego de Niños” (Makinov, México, 2012), de la cual mejor ni hablar. “La Niña en la Calle de Abajo” (Gessner, E.U., 1976), una producción independiente con una párvula Jodie Foster que se ve orillada a asesinar para defender su territorio una vez que queda huérfana resulta más apabullante en momentos al tratar de conciliar el cine exploitation tan en boga en aquella época con un tono dulzón que simplemente queda como vinagre y miel en una cucharada, dando un resultado de purga en la mente del espectador.
Legión de chiquillos ávidos de sangre no sobraron en muestras posteriores como: “Abrazo Mortal” (Kalmanowicz, E.U., 1980), sobre un grupo de estudiantes de primaria que se ven expuestos a gases tóxicos y, como resultado, son capaces de propinar el corrosivo castigo del título con resultados de muy bajo presupuesto; “Los Niños del Maíz”(Kiersch, E.U., 1984), penosa adaptación al relato corto de Stephen King sobre un pueblo agrícola de Nebraska que se ve asolado cuando los querubines deciden sembrar con hemoglobina los sembradíos por obra y gracia de un pequeño predicador. Con una patética idea sobre la dirección y actuaciones de hecatombe que, sin embargo, gozó de gran aceptación popular, la cinta ha erogado en, ni mas ni menos, 6 secuelas, cada una peor que la anterior; “El Ángel Malvado”(Ruben, E.U., 1994), una cinta banal que intenta explorar la naturaleza perversa de la infancia y que se ve beneficiada tan solo por la gratificante muerte a cuadro del indigesto Macauley Culkin, “Los Niños” (Shankland, G.B., 2008), producción británica que sacrifica toda gratuidad en el impacto de imágenes con mozalbetes blandiendo armas punzocortantes por un inteligente reconocimiento de las vías de maldad y “Cooties” (Milot/Murnion, E.U., 2014), horrores diminutos en bis cómica sobre un grupo de maestros atrapado en sus aulas cuando un virus se esparce en el alumnado infantil y los transforma en críos sedientos de sangre, algo así como una versión adorable de “Exterminio” (Boyle, G.B., 2002)
Por estas y algunas otras razones, este 30 de abril, no olvidemos felicitar acaloradamente a nuestros niños. Más vale…
Nota: Los títulos mencionados se encuentran disponibles a la renta en la Videoteca del C. C. Casa Jesús Terán
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