O cómo el canon heroico nacional transmutó de un libro de la SEP a viñetas y 24 cuadros X segundo

México es un país que padece un vitalicio estigma de orfandad por el constante abandono de una guía cultural y social, prolongado durante un tumultuoso siglo XX por un gobierno emparentado a la fuerza con el superego colectivo,  colocándose firmemente como una inexpugnable figura paterna que velaba por sus intereses pero que finalmente sucumbe a su ordinaria naturaleza de un actuar desobligado incapaz de conciliar o abrigar a sus herederos naturales y territoriales, exiliando a éstos al refugio de los mitos documentados donde las efigies de quienes se tomaron como paladines cuasi totémicos reciben con singular alegría a sus huestes masificadas y convencidas de que la memoria histórica es la única salida de emergencia ante su vano presente. Mas como todo idílico constructo cultural, incluso el Cura Hidalgo y su gesta se ven diluidos ante la inmolación diaria de la mexicanidad en el vulgar tabernáculo donde se venera a “La Rosa de Guadalupe” y Carmen Salinas, así que la desagregación genuina del colectivo se da en el universo de los arquetipos a cuatro tintas, sublimada representación impresa de las fantasías masivas que jamás desamparan las expectativas de sus fieles y siempre cumpliendo su eterna premisa: sin importar lo que suceda en la troceada economía nacional o el color del poder en turno, Kalimán y Chanoc, virtuosos y desinteresados, quimerizarán una noción de redención. Y esa desvinculación de nuestro consciente ante la conformista deificación de nuestros insignes patriotas, para bien o para mal, es una evidente simiente de la independencia, aun si ésta sólo se genera en el pensamiento.
Cada uno con sus particularidades y manías, los héroes de historieta mexicanos (conocidos afectuosamente por nuestro querido pópolo como “monos”) colonizaron los ancestrales “pepines” justo cuando el planteamiento de equidad social comenzaba a incubarse en la percepción de la República al despedir de la silla mayor a Don Porfirio e hinchas, avanzando a un punto en el que la amalgama de la sensibilidad global procreó una gama de personajes con propiedades y condición étnicas indiscutibles pero depurados emocional y operacionalmente para consolidarse como ecuménicas conceptualizaciones humanas de utopía y semi-perfección que viven para servir a todo concepto occidental del Bien y, por supuesto, neutralizar al Mal en un despliegue maniqueo de conductas e historias producto de una época donde palabras como “reaccionario” y “subversión” solo las enunciaban los malintencionados y comunistas. Por ello, su estatus legendario prevaleció y se extendió allende las fronteras de las viñetas para posarse en el cine, el medio ideal donde esparcir su exótica construcción visual y anecdótica a través de varios proyectos que, en su mayoría, lograron consolidarse como éxitos taquilleros.
Aunque parezca increíble, Kalimán, uno de los personajes con mayor penetración cultural y aceptación multitudinaria (tanto en su versión radiofónica como dibujada) tuvo tan sólo dos versiones cinematográficas: “Kalimán, El Hombre Increíble” (1972) y “Kalimán en el Siniestro Mundo de Humanón” (1976), ambas dirigidas por Alberto Mariscal y protagonizadas por el canadiense Jeff Cooper, quien logró comprender los manierismos de un personaje con atuendo hindú y trasfondo tibetano que comparte la fobias de Bruce Wayne/Batman hacia las armas de fuego. La primera cinta era básicamente una adaptación a la primera aventura de Kalimán en los cómics (“Profanadores de Tumbas”) con ambiciosos escenarios naturales egipcios y que narra el primer encuentro entre el místico oriental y su protegido Solín (¡Nino del Arco!), pequeño combatiente de linaje regio. Una producción majestuosa pocas veces vista en las modestas pretensiones del cine nacional, y que destaca por la correcta dirección de Mariscal y la actuación de Cooper, quien logra repetir la hazaña en la secuela, mucho más circunscrita en los parámetros de la serie “B” y más modesta en su ejecución (aún así, se ha vuelto una obra de culto por su delirante humor involuntario y escenografías que se perciben fraudulentas cuando debieran remitir ominosidad y pavor).
Más afortunado fue Chanoc, creado por Martin Lucenay y Ángel Mora con un ojo puesto en la preservación de la cultura maya (Chanoc = Rojo en dicha cultura, lo que explica su invariable atuendo de entallada playera carmesí), ya que su serie se prolongó a un total de 8 cintas, usualmente interpretado por diferentes actores pero curiosamente identificado por lo general con la encarnación que proveyera Andrés García en la cinta debut “Chanoc, Aventuras de Mar y Selva” (González, 1968), que plantea la costeña sensibilidad del personaje junto a su padrino Tsekub Baloyán e intereses románticos varios, ya que diferencia del asexuado Kalimán, Chanoc fue investido de cualidades eróticas subyacentes que jamás se excedieron de un cálido beso en las playas de Veracruz. Sus aventuras variaron desde enfrentamientos con adversarios de carne y hueso (“Chanoc en las Garras de las Fieras”) hasta aquellas amenazas de índole sobrenatural (“Chanoc Vs. El Tigre y el Vampiro”), mostrando una estoicidad y aire lúdico que rivalizan con cualquier personaje de Gene Autrey, llegando a medir fuerzas incluso con el mismo Santo (bueno, su vástago) en “Chanoc y el Hijo del Santo Vs. Los Vampiros Asesinos” (Grovas, 1981). Ingenuas e inocuas, su principal atractivo recaía en presenciar como el mítico pachuco “Tin Tan” cavaba su propia fosa de ignominia cada vez que interpretaba a Tsekub.
Por otro lado,  “Alma Grande” y “El Payo” se alejaron completamente de las características fantásticas que estos personajes proveían para establecerse como impartidores de justicia campirana, el primero como el primer (y único) carácter yaqui impasible e implacable ante las adversidades de su pueblo y el cruel caciquismo que lo oprime, manifestándose en tres cintas de amplia aceptación: “El Yaqui Justiciero” (Urueta, 1965), “Alma Grande en el desierto”  (Urueta, 1966) y “El Hijo de Alma Grande” (1970), semejando más un western a la vieja usanza que una exploración coloquial sobre la condición rural en el México Echeverrista (exceptuando la última, donde incluso al paladín étnico se le empareja con Blue Demon en un contexto meramente urbano). De igual manera “El Payo”, encarnado por Jorge Rivero en la única cinta del personaje filmada en 1969, no pasó de una correría charra donde el personaje se extravió entre canciones sobradas y un Rivero de pétreo histrionismo.
Personajes más, personajes menos, han desfilado por la pantalla grande tratando de purgar la fantasía escapista e independentista de nuestros coterráneos, abordando tan solo aquellos que poseen cualidades heroicas que suplantan sin problema los ensoñamientos populares de los anales históricos (por ello, nada de Hermelinda Linda o Los Supermachos), ya que para héroes patrios, en ocasiones solo basta una entelequia.

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