Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Paso por la Plaza de Armas, oficialmente Plaza de la Patria y próximamente, creo, Plaza de la Soberana Convención, con su poco jacarandoso Patio de las Jacarandas, estructura modernista con reminiscencias a los maravillosos árboles que a diferencia de aquellos, permanece estática todo el año, y que, adoptado por la población dio nueva vida al paseo por el centro histriónico. Esquivando bicicleteros que son una plaga, que no respetan peatones, ni banquetas, ni plazas, ni señales de tránsito y que creen o actúan como si lo creyeran, que tener una bírula es una patente de corzo alimentada por la inacción de la policía vial contra los grupos de bicicleteros que una o dos veces por semana se adueñan de las vialidades, no respetan semáforos, no respetan preferencias, no respetan peatones, sea por Dios y venga mas.

La plaza de armas, convertida en un tianguis, en que parece la Dirección de Mercados del municipio capital ha seguido la política de Don Perpetuo del Rosal, presidente municipal de San Garabato, Cu., en la inolvidable historieta de Eduardo Rius “Los Supermachos”. Don Perpetuo a quien se le criticaba por permanecer más tiempo en la cantina que en la Presidencia Municipal, tomó la sabia determinación de mediante un bando ordenar el traslado de la Presidencia a la Cantina y asunto terminado. Así aquí, en el Centro Histriónico, para combatir el ambulantaje los permisos seguramente transformaron a los ambulantes en comerciantes semi-fijos y asunto concluido. Como si se explican los puestos de fritangas instalados en el área de la plaza, uno incluso que aprovecha la entrada al sótano de Palacio de Gobierno como almacén provisional.

Los adornos navideños atraen gran número de familias que recorren la explanada jugando entre los diversos motivos navideños que, como bien se ha dicho reviven las tradiciones. Las de Alaska por el gran oso blanco, las de China por los faroles, las de Hollywood por algunos personajes y ambientaciones, aunque uno extraña, quizás esté muy bien escondido o protegido, un misterio (la Virgen, San José y el niño, mas jumento y buey, pastores y ovejas y ya entrados en gastos Reyes Magos). En el imaginario colectivo San Coca Cola, el panzón mofletudo que surgió profanando la imagen de Nicolás el santo obispo de Bari, lo ha suplantado en todo el mundo, y las posadas con su rosario y letanía se sustituyen por las jornadas de visita a tiendas y el ora pro nobis, por el ora aquí compras.

¿Será esta realmente la nueva imagen que sustituirá las bellas tradiciones decembrinas mexicanas? ¿Será la nueva representación social de la Navidad limitada a la apología del consumismo y la pachanga?

Sobrevivo al tránsito por la plaza y llego al remanso de una cafetería. Recuerdo haber leído hace unos días una encuesta practicada por la empresa Ipso Moris, que a eso se dedica, llamada Los Peligros de la Percepción, en donde siguiendo una metodología aceptada científicamente, seleccionó 30 países de todo el mundo para realizar su encuesta. En ella aplicaron una batería de pruebas a sectores semejantes de los diversos países, con preguntas que iban desde inquirir cual consideraban que era el índice de obesidad hasta preguntar el promedio de edad de la población. México resultó en el último lugar, es decir fue el país en que la población tenía percepciones mas falsas de la realidad, al menos de la realidad sectorial de las preguntas que se practicaron. Los resultados completos de la encuesta, así como la metodología, preguntas y lugares y fechas en que se realizó pueden ser consultadas en el sitio de internet de Ipso Moris.

Las implicaciones pueden ser verdaderamente interesantes. Esa proclividad de los mexicanos a tomar como ciertas generalizaciones, esa disposición para aceptar como características de la mexicandad aspectos negativos, esa tendencia a sobrevalorar y plantear casi como paradigma al trasgresor, al pillo, al truhán, parece partir de percepciones que a partir de casos mas o menos representativos o simplemente repetidos terminan por convertirse en representaciones sociales, en el sentido que las conceptuaba Emilio Durkheim. Tomemos por ejemplo “todos los políticos son corruptos” o bien “la política es corrupta”. Probablemente a partir de un caso, o varios, se extiende la afirmación a toda la actividad o a todas las personas que la ejercen. Recuerdo que el Dr. Desiderio Macías Silva señalaba que parecía una incongruencia que se pidiese que los médicos se comportaran de manera humanitaria, cuando que la sociedad toda no lo era. En otras palabras los miembros de una sociedad o de una comunidad no pueden ser diferentes de lo que es la comunidad misma. Aunque curiosamente parece existir un doble rasero para juzgar el comportamiento ajeno, por un lado se condena la conducta corrupta del político pero no se tiene empacho en festinar al “listo” que escamotea el pago de sus impuestos, al “vivo” que se “roba” la señal del cable, al “listillo desde chiquillo” que con un “diablito” elude el pago del consumo de energía eléctrica. En la representación social la corrupción generalizada que se reconoce y condena se convierte en la justificante de la conducta particular que engaña o defrauda al estado, a empresas o a particulares.

Estas disgresiones, distraído lector, vienen a cuento, por una preocupación que se ha manifestado en las reuniones de organismos defensores de los Derechos Humanos, la percepción, habría que decir mas bien, la representación social que cree a pie juntillas que la función primordial por no decir única de las Comisiones de Derechos Humanos es defender a los delincuentes. Si bien, es relativamente sencillo rastrear el origen de esta creencia mas que percepción, a partir de las propias autoridades que se ven obligadas a modificar sus métodos de investigación, constreñidas a respetar la integridad de las personas, obligadas a garantizar un mínimo de derechos del gobernado, a partir también de las notas periodísticas que suplantan a los jueces y condenan anticipadamente a los indiciados sin mas elementos que la detención o la acusación, a partir del sentimiento de inseguridad, de sentirse a merced del hampa, lo que tiende a endurecer la visión y a sentirse desprotegido si se habla de “derechos de los delincuentes”.

Modificar una representación social no es fácil, es cuestión de información, de cultura, de criterio, pero sobre todo de trabajo positivo. Los organismos defensores de los Derechos Humanos tienen, además de la grave responsabilidad de garantizar los derechos fundamentales la de buscar transformar la representación social que los tacha de aliados de la delincuencia.

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