José Luis Gómez Serrano
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 ¿Puede un evento inesperado torcer los destinos del mundo? ¿Era ese evento realmente inesperado, fue algo espontáneo o fue preparado? Muchos detonantes de sucesos de primer nivel mundial tuvieron esa característica de imprevisibilidad; al menos así nos dicen la mayoría de los recuentos. Por ejemplo, el repentino bombardeo de Pearl Harbor por los japoneses en diciembre de 1941, que obligó a EEUU a entrar en guerra contra Japón y contra Alemania; han circulado versiones de que Pearl Harbor fue dejado ahí como cebo, precisamente para que los japoneses lo atacaran. El telegrama que irritó a los franceses en 1870 y desató la guerra franco-prusiana, después de la guerra se descubrió que había sido manipulado por Bismarck, precisamente para ofender a Francia. México era cortejado por Alemania Nazi para crear una amenaza a EEUU en su frontera, y repentinamente, un submarino alemán hunde al buque petrolero Potrero del Llano frente a las costas de Florida en agosto de 1942, y hasta México, que nada tenía que ver con Alemania Nazi, se ve obligado a declarar la guerra.

Después de la Segunda Guerra Mundial, todas las demás guerras –no ha habido un año sin guerra- son libradas a menor escala, en lugares bien localizados; cuando alguna potencia participa, usualmente del otro lado solamente aparecen países más pequeños. Deliberadamente Estados Unidos, Rusia, China, Francia e Inglaterra han evitado entrar en conflicto directo entre sí, por la amenaza de la guerra total, aquella donde se lleguen a emplear bombas atómicas. Pero a menor escala, casi todos esos países siguen participando en guerras como si la vida les fuera en ello. Entiendo las razones a ambos lados tratándose de una guerra entre árabes y judíos, pero después de veinticinco años sigo sin comprender qué hacían la URSS y EEUU en Afganistán, ese país no tiene grandes riquezas ni es lugar de cruce de ningún camino y su territorio es hostil en grado extremo, es “tumba de imperios”, como dicen los afganos. Posiblemente los cultivos de amapola podrían interesar, ya que Afganistán es el mayor productor ilegal de amapola.

Con los años he llegado a creer que prácticamente todas las guerras son provocadas y prolongadas deliberadamente. Tomemos por ejemplo el inesperado derribamiento de un caza ruso en la frontera entre Turquía y Siria, del cual va a ser muy difícil saber si efectivamente invadía espacio aéreo turco y si le dieron suficientes advertencias para que se retirara. Sucede en momentos en que el presidente francés Hollande quiere formar una gran alianza para combatir a ISIS, y necesita que se pongan de acuerdo, entre muchos otros, Rusia y Estados Unidos; se habían logrado ciertos avances, cuando los turcos tumban el avión ruso. Como consecuencia, Rusia y Turquía están a punto de llegar a las manos, si esto se hiciera Rusia entraría en guerra contra Turquía y la OTAN, conflicto que no tiene interés en crear Putin, así que se conforma con imponer sanciones económicas a Turquía (aproximadamente US$10 billones dejarán de gastarse en Turquía por los turistas rusos en un año), con lo cual Turquía sale muy lastimada económicamente y Rusia continúa enojada. Como consecuencia inmediata, las negociaciones de Hollande para integrar una coalición anti-ISIS se enfrían y corren peligro de fracasar. ¿Quién sale ganando? ISIS y cualquiera que intente crear conflicto entre Rusia y la OTAN, por ejemplo los de la línea dura en Estados Unidos. O cualquiera que tenga interés en conflictos per-se, verbigracia la industria armamentista, porque unos cuantos millones más se gastarán en la prolongación del conflicto en el Medio Oriente.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el común denominador que encuentro en cualquier guerra es el interés de la industria armamentista: sin ver quién pelea contra quién, lo importante es que se consumen millones en tanques, ametralladoras, aviones, radares, cañones, equipo de radiocomunicación y asesoría. La guerra se ha convertido en un negocio descarado: actualmente los Estados Unidos “subcontratan” a empresas para que hagan las guerras que por cualquier razón, no es conveniente que las libren los ejércitos oficiales.

Hace unos días vi en Netflix la película La Batalla de Haditha (BattleforHaditha), que narra un incidente verídico de la Guerra de Irak. Un grupo de marines es entrevistado al principio del film para dar su opinión sobre esa guerra; básicamente, todos dicen que están ahí para matar a los malos, pero uno de ellos dice que Irak es el “culo” del mundo, y que los marines están ahí para ensuciarse haciendo la limpieza; su trabajo es básicamente patrullar la zona en Humvees. Paralelamente son presentado ciudadanos pacíficos y un par de iraquíes que van a reunirse con extremistas islámicos quienes los entrenan y les dan material para construir y sembrar bombas en el camino, con la intención de volar vehículos norteamericanos; estos dos iraquíes son alentados en su lucha con unos cuantos dólares, que les dan los fundamentalistas. Una bomba explota, vuela un Humvee, mata y hiere a sus ocupantes, y los otros compañeros del grupo se dan a la tarea de buscar en las casas alrededor del camino a los perpetradores; no los encuentran, pero se desquitan con los hombres, mujeres, ancianos y niños que encuentran, matándolos a mansalva. Los que sembraron la bomba, que “nada más” querían matar unos pocos marines, se horrorizan ante las represalias de los soldados y se dan cuenta que sin querer ellos mismos, han traído más violencia contra su propio pueblo.

Esta película es una versión comprimida de los conflictos mundiales: un grupo interesado se busca a unos cuantos idealistas para que cometan un atentado, alentando a los idealistas, si es necesario, con algunos dólares norteamericanos, de esos que no tienen ideología. El bando contrario sufre el atentado, toma represalias y la guerra o la situación anterior se mueven un escalón hacia arriba, creando más conflicto en la zona, más agravios por ambos lados, más guerra y más muertes.

En todo conflicto, o en todo evento inexplicable (como el avión caza ruso derribado por los turcos), hay que buscar no a los culpables directos, sino a los beneficiarios directos. La batalla de Haditha está basada en un hecho sucedido en la Guerra de Irak, presentado como una historia convincente de un país que aborrece tener que ir al “culo” del mundo, y un pueblo invadido por una potencia; ambos se odian y ambos quisieran que terminara el conflicto, al menos a nivel de gente común y corriente y a nivel de soldados. Pero todos ellos son manipulados. A los soldados se les lava el cerebro diciendo que van a ir a “luchar por la patria”, y a los iraquíes, que van a luchar por expulsar al invasor; la primera razón es de risa, la segunda totalmente convincente, pero ambas funcionan, en un caso por la disciplina militar y en otro por el patriotismo. ¿Quiénes salieron ganando en ese conflicto en Haditha? Por el lado árabe, los fundamentalistas; por el lado norteamericano, los fabricantes de armas. Y llegamos a la paradoja que soldados norteamericanos y ciudadanos iraquíes, aunque combatiendo en bandos opuestos, todos ellos son peones en el mismo ajedrez de la guerra.

Leí hace poco que en Estados Unidos hay aproximadamente un arma por cada ciudadano, unos 320 millones, lo que es una poderosa razón para que la NRA defienda la 2ª Enmienda y el derecho de los texanos a circular por la calle enseñando pistolas y rifles. Sin embargo, ¿qué tanto puede valer 320 millones de pistolas? Una miseria, comparada con lo que se gasta en las guerras que libra Estados Unidos: el Humvee, vehículo oficial de los marines en Irak, cuesta US$220,000 dólares, y la Guerra de Irak tuvo un costo de $1.7 trillones de dólares (= US$1.7 multiplicado por 1,000,000,000,000), pero ésta es una estimación baja; otras fuentes calculan entre 3 y 6 trillones de dólares. Estados Unidos está condenado a buscar permanentemente guerras así porque el 20% del presupuesto del gobierno federal se va en gastos de defensa, dinero que en una gran parte termina en los bolsillos de Lockheed-Martin y empresas semejantes. Esto significa que aunque resucitaran a Martin Luther King para hacerlo presidente, no podría terminar con las guerras porque eso significaría acabar con la economía norteamericana.

De manera que La Batalla de Haditha es una muy buena película, bien lograda y actuada, contando una historia impactante, verídica, creíble y de actualidad; pero la película es lo de menos, lo de más es lo que significa.