Jesús Álvarez Gutiérrez

ciudad-vivaEn el marco del II Congreso Internacional de Innovación Educativa “Transformando la educación para los retos del futuro”, organizado por el Tecnológico de Monterrey en diciembre pasado, el reconocido futurista Thomas Frey advirtió que están en peligro de extinción las carreras de cuatro años para toda la vida. “Para 2030 las máquinas van a automatizar la mitad de los trabajos actuales… desaparecerán 2 mil millones de empleos… el trabajador promedio tendrá que volver a hacer su carrera seis veces”, por lo que las universidades deberán evolucionar hacia modalidades virtuales, flexibles, abiertas, que puedan convertir rápidamente a una persona en diseñador de impresión 3D, piloto de drones, o experto en actividades que todavía no alcanzamos a visualizar.

En medio de tanta incertidumbre, despejar el futuro resulta una aspiración cada vez más compleja y requiere de diagnósticos muy rigurosos. En este sentido, el analista José Carreño nos invita a leer tres textos extraordinarios. El primero es de Robert J. Gordon: Ascenso y caída del crecimiento estadounidense, quien desestima el “tecno optimismo” reinante en los estudios de futurología, que hace cincuenta años predecían un siglo XXI alucinante para la humanidad por obra y gracia de las tecnologías de la información. El segundo es de Satyayit Das: La era del estancamiento, quien parece concluir que, por el camino que vamos, el crecimiento perpetuo es inalcanzable y la economía global está en peligro. El tercer texto recomendado es de Mohamed A. El-Erian: El único juego en el pueblo, que muestra cómo se ha reducido el margen de maniobra de los bancos centrales para controlar la inestabilidad y esquivar el próximo colapso mundial.

A pesar del panorama oscuro en materia de economía y empleo, en el campo de los tecno optimistas se sitúan analistas, como Víctor Beltri, que predicen adelantos como la venta y distribución de emociones en línea a través de estimulación cerebral, ciudades hechas de materiales orgánicos o la aplicación práctica de la invisibilidad.

Creen que el cuerpo humano se beneficiará pronto de mejoras en su anatomía y fisiología, y “el cuarto de baño se convertirá en una unidad de salud personalizada”, determinando el menú del día y los ejercicios físicos de acuerdo a las necesidades del organismo, dando como resultado una ampliación de la esperanza de vida saludable.

El desarrollo de los robots y la nanotecnología tendrá aplicaciones en la agricultura, y no sólo en la guerra, a través de insectos artificiales, por lo que la pobreza y el hambre podrán ser abatidos aprovechando nuevas capacidades logísticas y de distribución inteligente. Hoy por hoy es lamentable que más de un 15 por ciento de la población mundial padezca hambre severa, mientras las cadenas de distribución desperdician un tercio de los alimentos.

Y, por supuesto, anticipan que las necesidades de energía se atenderán por fuentes alternativas sin contaminar al medio ambiente. Ven cómo la inteligencia artificial está llamada a potenciar nuestras capacidades, así como a borrar los límites entre lo virtual y lo real. Las computadoras, el big data y el internet de las cosas podrán interpretar, y gestionar, los sentimientos de la gente.

¿Debe el vertiginoso avance de las tecnologías volvernos optimistas o pesimistas? Depende de nosotros. Pensar el futuro se ha vuelto una necesidad. De acuerdo a la “teoría de cambio”, debemos hacer ejercicios de visualización del cambio deseado en el futuro para saber hacia dónde vamos y cómo llegamos. Es un proceso reflexivo y crítico sobre las precondiciones e incentivos a seguir para que se produzca el efecto deseado.

Si logramos visualizar un resultado final ideal –una sociedad más igualitaria y justa-, este ideal servirá de guía para la formulación de políticas públicas adecuadas en el presente, así como el establecimiento de metas intermedias, indicadores de desempeño y tareas específicas (instrumentos de monitoreo y evaluación).

Si no definimos desde ahora un futuro deseable, entonces las políticas seguirán siendo desordenadas y continuaremos cometiendo los mismos errores en educación, salud, economía y empleo, como apostarle todo a las exportaciones de maquiladoras extranjeras, a los bajos salarios y a la concentración suicida del ingreso.

En términos del sistema educativo, el gran reto es preparar a los estudiantes de hoy para empresas que todavía no existen, para utilizar tecnologías que aún no se han inventado y para resolver problemas que ni siquiera se sabe cuáles son. Es una tarea nada sencilla. No se trata de desperdiciar el presupuesto educativo llevando a la escuela toda la “pirotecnia digital” disponible en el mercado, como desgraciadamente ha sucedido en la última década y media en México. La propia OCDE advierte en un reciente Informe que “todavía no se ha descubierto una pedagogía adecuada para explotar el probable potencial de la tecnología en el aula: es posible que el desfase entre una pedagogía del siglo XX y una tecnología del siglo XXI sea lo que genere resultados adversos en programas de reparto masivo de computadoras en las escuelas (“Students, computers and learning. Making the connection”, Pisa 2015).

El nuevo paradigma en educación tiene que ver con los fines, no con los medios: se trata de formar, desde preescolar hasta la universidad, personas creativas, innovadoras, emprendedoras, solidarias, justas, impulsoras del cambio. Y todo esto sólo puede hacerlo un buen maestro con capacidad y voluntad de organizar su maravillosa actividad de enseñar de acuerdo a cada uno de sus alumnos, no importa si trabaja en la sierra o en una megaurbe, con o sin computadoras e internet.

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