Me fascinaba la idea de visitar Singapur, la ciudad-estado. Durante el cruce de su frontera admiré la severidad con la que un letrero intentaba explicar a los visitantes las reglas del juego en aquel pequeño y próspero país ubicado en el corazón del sureste de Asia. Estaba prohibido mascar chicle, y la multa era el equivalente a un par de semanas de hospedaje, alimentos y bebidas en otras países de la región.
También estaba prohibido cruzar las calles de la manera en la que aprendí a hacerlo cuando era niño. Igualmente estaba prohibido fumar y comer en público la rica fruta llamada durian debido a su olor. No había que olvidar la pena de muerte por entrar al país con drogas ilegales. Tanta severidad inhibe al corazón.
Antes de ser la República de Singapur fungió como guarida para muchos de los piratas que adoré durante mi infancia. Emilio Salgari hizo lo que quiso con mi mente y mi corazón por medio de sus libros. Las aventuras de El Corsario Negro son todo lo que un niño necesita para desarrollarse sano y fuerte. Cada página es como una centena de vacunas, caricias maternas, puestas de sol, mascotas, juguetes y amigos imaginarios. Sin embargo, cuando la realidad sustituyó al fin a la ficción me pareció una burla de lo que había preconcebido.
Resulta ser que la isla de Temasek fue bautizada como Singapur en el siglo 14 por un próspero principado comercial ubicado a medio camino de la ruta entre los océanos Índico y el Pacífico. Sin embargo, fue conquistado por los vecinos javaneses, quienes al término de su ocupación “le echaron sal a la tierra” para que nada volviese a crecer allí.
La isla fue abandonada y tomada por los piratas que prosperaron en torno al Estrecho de Malaca, un importante corredor marítimo de 800 kilómetros de largo, el cual llega a tener 320 kilómetros en su parte más ancha. Sin embargo, tiene sólo 2.8 kilómetros en su parte más angosta, la cual sucede precisamente en el Estrecho de Singapur.
Eso hizo de aquel territorio, el sitio perfecto para poder atacar y volver a casa con el botín todavía con tiempo para una siesta antes del almuerzo. De hecho, hasta la fecha ahí sucede una tercera parte de los ataques piratas.
Se dice que fue un tal Thomas Stamford Raffles quien desembarcó en el año de 1819 para fundar una colonia en la isla en nombre de los intereses comerciales del Imperio Británico. Amante de la botánica y la zoología, Raffles nació cerca de las costas de Jamaica a bordo de un barco que traficaba esclavos. El barco era capitaneado por su propio padre.
Se dice también que Raffles rigió con una mano tan dura y recibió de Dios unas tablas de la ley tan injustamente escritas que hasta logró prohibir la goma de mascar, lo cual muy probablemente fue el motivo por el cual huyeron todos los piratas, convirtiendo a Singapur en uno de los destinos más aburridos del mundo para un adolescente que busca las aventuras más exóticas y emocionantes posibles.
Singapur es, pues, solamente un país muy próspero, casi antiséptico, lleno de orquídeas, volcado a las compras, al turismo de lujo y al deseo por las más nuevas tecnologías. Es un destino excepcional en todo el sentido de la palabra, sólo que no es para mí. Sin embargo, es también un ejemplo de congruencia y prosperidad, ya que sin importar la cantidad de piratas que le habitaron hasta hace poco tiempo, hoy ahí se vive en paz y con dignidad.
Es también una magnífica oportunidad para aprender a guardar distancia de las expectativas, ya que el buen clima es un estado de ánimo y el destino perfecto depende de nuestra capacidad de apreciación.