Alonso Vera
Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.- Me parece que habitar la superficie terrestre es, ha sido, y seguirá siendo, un privilegio. Ya sea por condiciones climáticas o por conflictos bélicos, nuestra especie ha encontrado la manera de sobreponerse a tales adversidades viviendo bajo tierra. Además de la subsistencia, el resultado de semejante ingenuidad es motivo de admiración y fuente inagotable de inspiración, desde ciudades trogloditas convertidas en atractivos turísticos hasta películas de avanzada en los más diversos contextos postapocalípticos.

Al viajar me fascina la idea de habitar más cerca del núcleo planetario, aún cuando la cercanía sea sólo simbólica. Y la primera ocasión que tuve oportunidad de probar los rigores y bondades de una vida subterránea fue en los túneles de Cu Chi, cerca de la ciudad Ho Chi Minh, conocida como Saigón cuando fuera capital de Vietnam del Sur.
Símbolo de la tenacidad, sus túneles fueron creados y utilizados por la guerrilla del Viet Cong durante la invasión estadounidense de los años sesenta.
Son más de 250 kilómetros de corredores y cámaras convertidas en hospitales, alojamientos y rutas de comunicación. Tuve muchos problemas para entrar, y una vez ahí, lo único en lo que pensaba era en salir. Hoy son un destino de peregrinaje para los estudiantes locales y los turistas curiosos.
Otro ejemplo lo hallé en Japón, en donde como consecuencia de la explosión demográfica existen diversas ampliaciones debajo del asfalto, en el centro de Tokio, acondicionadas con todo tipo de comercios e interconectadas por medio del sistema de metro.
También en Beijing hay una ciudad subterránea con más de 85 kilómetros cuadrados que abrió sus puertas al turismo masivo, tras caer en desuso en los años setenta.
Sin embargo, al menos en la era moderna, me parece que Canadá resguarda los mejores ejemplos de una infraestructura que permite la subsistencia bajo la tierra de manera ininterrumpida, como la ville souterraine en Montreal. Son más de 32 kilómetros de túneles que conectan siete estaciones de metro y al menos 40 manzanas con hoteles, oficinas y tiendas donde conviven más de medio millón de ciudadanos al día.
El ejemplo perfecto es Capadocia, en donde las erupciones de los volcanes Erciyes y Hasan cubrieron sus planicies con lava, lodo y ceniza formando una capa de roca suave llamada toba.
Esta región turca es reconocida como la “cuna de la historia”, pues por ahí llegó el Neolítico a Europa.
Ahí también se han encontrado más de 200 ciudades subterráneas. Dichas urbes llegaron a tener 10 niveles y más de 55 metros de profundidad, con interconexiones de hasta 65 kilómetros.
Mi favorita es Derinkuyu, ya que ofrece iluminación para apreciar los espacios, tanto establos, cocinas y pozos; como sistemas de oxigenación y defensa. Dentro se hacía pan, vino y aceite.
Incluso se han encontrado hoteles o caravanserais para las caravanas durante su “Ruta de la Seda”. Y una de mis experiencias favoritas en Capadocia fue dormir en una habitación de lo que hace mil años fuera un monasterio bajo tierra, luego de visitar las iglesias trogloditas en Göreme.

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