Parroquia de Pabellón de Guadalupe

Por J. Jesús López García 

Por su carga representativa, la arquitectura ha echado mano de toda clase de analogías. Algunas nos son muy familiares, como el de significar con la cúpula, la bóveda celeste; incluso esas semejanzas cambian de sentido al correr de los tiempos: la misma cúpula que desde tiempos romanos era una similitud del cielo, en los tiempos laicos que corren desde el siglo XVIII en Occidente simboliza en muchos casos otros tipos de cobertura metafísica, como la gran bóveda del Capitolio de Washington D.C., (obra terminada en 1800, diseñada de los arquitectos Thornton, Latrobe y Bulfinch, que representa al Estado norteamericano incluyente y democrático.

En Mesoamérica las pirámides aludían a la eternidad de los cerros sagrados, el acristalamiento del gótico lo hacía respecto a la Luz Divina y así un compendio enorme de soluciones formales y espaciales que poco a poco fueron configurando en cada civilización un repertorio de significantes a través de la arquitectura.

Con la abundancia de información escrita y visual que la humanidad ha experimentado desde el siglo XVIII, y que en nuestros días es tan asequible como extensa, esos repertorios se adoptan, adaptan y mezclan con diversa profundidad. En ocasiones el empleo de los acervos espaciales y volumétricos de la arquitectura universal traen como consecuencia edificios de fuerte carga simbólica, como la Gliptoteca de Múnich por Leo von Klenze en 1830, con un frontón y peristilo de filiación griega, buscó enlazar al ascendente Reino de Baviera con el Mundo Clásico antiguo.

Los espacios y perfiles arquitectónicos por si solos poseen connotaciones psicológicas que comparten todas las culturas. Lo cerrado, lo abierto, lo oscuro o diáfano, las escalas grandes, las dimensiones pequeñas, las texturas ásperas o lisas, e inclusive los sonidos en ellos o por ellas generados son una fuente caudalosa de explicaciones. A veces esas interpretaciones son lingüísticas y se <<traducen>> en formas concretas, tal como acontece con las parábolas de algunos templos modernos a manera del Seminario Diocesano o del templo de Guadalupe en Pabellón de Arteaga, cuya eficiencia estructural se complementa muy bien con su capacidad representativa.

El arquitecto Francisco Aguayo Mora, autor de ambos proyectos, persuadió al Obispo Salvador Quezada Limón de la pertinencia de esas estructuras modernas para la configuración de iglesias, en buena medida a la mención de las parábolas de Jesús. Si ese fue el motivo de la aceptación en Aguascalientes de perfiles que en otras latitudes eran vistos con mucho recelo por el clero local, tal y como aconteció en Belo Horizonte frente al templo de San Francisco de Asís de Óscar Niemeyer, es algo no del todo comprobado, sin embargo la anécdota sirve bien para ilustrar un empleo más de la analogía aplicada a la arquitectura.

La disciplina de la arquitectura es tan rica en sus interpretaciones que incluso, echando mano de la sensorialidad que le es natural, con frecuencia se hace uso de palabras para describirla, expresarla o comprenderla, más cercana al léxico que atañe a la música o hasta la cocina. Espacios que cantan, formas dulces, sabores de estilos pasados, composiciones formales arregladas como coros polifónicos, entre otras muchas figuras retóricas, no son ajenas al lenguaje del arquitecto o de quien disfruta de los espacios y volúmenes arquitectónicos.

Lo interesante es que a partir de ello, quien se relaciona con la creación de la arquitectura, puede hacer una utilización casi ilimitada de conceptos y soluciones que perfeccionan el oficio, y con ello enriquecen también la participación de los edificios con la ciudad. La arquitectura emplea todo tipo de analogías, sin embargo también fabrica las suficientes como para exportarlas a otros campos de la experiencia humana. Como tantos elementos que en esa experiencia valen la pena, la disolución de sus campos o el desvanecimiento de las fronteras en las variadas disciplinas, generan una riqueza de situaciones e ideas que serían muy difíciles de ser aprehendidas por una sola práctica humana.

Todo ello, afortunadamente puede ser observado por el aguascalentense en la arquitectura que le rodea y fijar las analogías que desee para disfrutar más de éste antiguo arte, como en los ejemplos de la capilla mayor del Seminario Diocesano de Aguascalientes, así como en la iglesia de la Parroquia de Pabellón de Guadalupe, ambas diseñadas y construidas en la década de los cincuenta del pasado siglo XX. Ésta última inicialmente fue encargada al ingeniero Luis Ortega Douglas por el Obispo José de Jesús López y González en 1945, quien llevó a cabo el basamento con claras reminiscencias neogóticas, las cuales evidentemente estaban desfasadas del espíritu de la época y el tiempo que se vivía. A la llegada del Obispo Quezada Limón, éste invitó al arquitecto Aguayo Mora para que llevara a cabo una propuesta actual y moderna, exhortación que se cumplió con creces en las iglesias citadas.

La solución de paraboloides en las cubiertas, estuvo acorde con lo que en ese momento se edificaba en los templos, baste aludir los innumerables casos del arquitecto Félix Candela Outeriño en la Ciudad de México.