Carlos Reyes Sahagún

Algún día de principios de la década de los años setenta, escuché una frase que me marcó de por vida. Fue aquella una afirmación como un golpe de luz, una de esas cosas que le abren a uno la mente y le expanden la conciencia, cosa más que evidente si ahora le digo que la recuerdo. Era, si la memoria no me engaña, una afirmación hecha por un teólogo protestante, y decía más o menos así; fíjese bien: el hombre de hoy debe tener en una mano la biblia, y en la otra el periódico…

Entonces, y sigo pensando lo mismo, me pareció que la frase sintetizaba la idea de que nuestra actualidad, expresada en el ejemplar de un periódico diario, debía observarse, analizarse, y todo lo que termine en “se”, teniendo como marco de referencia la biblia, lo escrito en ésta, que es una de las obras fundacionales de la humanidad, o por lo menos de ciertos sectores de ella, la nuestra, verbigracia…

No todo, desde luego. No, por ejemplo, los textos plagados de prescripciones de lo que debe o no hacerse, que a la larga provocaron que el rito se volviera más importante que la persona, la apariencia que la esencia, la cáscara que la entraña, o aquellos otros que expresan cosas que de manera franca y evidente resultan anacrónicas para el mundo de hoy, y que fueron dichas para un pueblo testarudo y de cabeza durísima o, finalmente, aquellos que la realidad se ha encargado de refutar incesante y alegremente, una y otra vez, y que al parecer son los buenos deseos del redactor… Pero prácticamente no hay texto que no contenga alguna buena palanca para la enseñanza y la reflexión, del Génesis al Apocalipsis, del Libro de la Sabiduría a los profetas.

Pero eso, señora, señor, es cosa del pasado, porque el hombre de hoy ya no tiene en una mano la biblia y en la otra el periódico, sino el control de alguna máquina, la televisión, el estéreo, pero principalmente el video juego, que prácticamente es casi lo único que controla, esto debido a la ofuscación de su mente, mientras que en la otra extremidad empuña el teléfono móvil…

Si para designar el proceso evolutivo de la humanidad se han catalogado los diversos restos óseos y alrededores que los acompañan como erectus, ergaster, habilis -que supongo será el mismo que el faber-, sapiens, ludens, todos ellos homos, y quizá algunos más que ahora se me escapan, la versión más contemporánea de esta creatura es la de homo celularis

En efecto, el hombre de hoy, si me permite la arbitrariedad de la expresión que acabo de inventar, es el homo celularis, u homo loquordistantia… que querría yo que significara algo así como “hombre que habla a distancia”, más o menos, y si quiero ser el campeón de la precisión, más bien tendría que decir que se trata del “hombre que envía mensajes,” porque el saldo no le alcanza para más.

Pero no es un hombre quien lo utiliza -o mujer-, todavía, sino un joven, adolescente, o niño, nacido, cuando muy tarde, en 1980, porque parece haberse establecido una ecuación cuya fórmula sería, más o menos, la siguiente: a menor edad, mayor uso del artilugio, aunque, claro, tampoco es regla. Claro; habrá que ver si cuando estos ejemplares del homo celulares alcancen la humana decrepitud; si entonces siguen utilizando con tanta pasión; con una entrega ejemplar, su aparatito.

En efecto, todavía no podemos saber si los que serán viejos dentro de 30 ó 40 años seguirán marcando teclas con una energía digna de mejor causa, puesto que semejantes engendros comenzaron a proliferar a principios de los años noventa del siglo pasado (seguramente son una de las últimas maldiciones que ese siglo desgraciado nos dejó, como la gran guerra, Hitler y los fascismos, la bomba atómica, la telebasura, la música grupera y la industria contaminante).

Nada más de ver a uno de estos especímenes del homo celularis me acuerdo de un texto de Martín Luis Guzmán, que consta en su crónica “El águila y la serpiente” –no sé por qué hay quienes creen que es una novela-; un texto que versa sobre la relación que mi general Francisco Villa sostenía con su pistola… El escrito se llama La pistola de Pancho Villa, y es el capítulo III del libro segundo. Y dice: “Este hombre no existiría si no existiese la pistola -pensé-. La pistola no es sólo su útil de acción: es su instrumento fundamental, el centro de su obra y su juego, la expresión constante de su personalidad íntima, su alma hecha forma. Entre la concavidad carnosa de que es capaz su índice y la concavidad rígida del gatillo hay una relación que establece el contacto de ser a ser. Al disparar, no será la pistola quien haga fuego, sino él mismo: de sus propias entrañas ha de venir la bala cuando abandone el cañón siniestro. Él y su pistola son una sola cosa”.

Pues así sucede con los jóvenes: en ellos el teléfono móvil resulta ser una prolongación de la mano; un apéndice. Convertido en adicción, andan para todas partes con el artilugio, consultándolo a cada momento, como aquellos discos con grabaciones musicales llamados extended play, que se tocaban a 45 revoluciones por minuto. Así consultan su aparato, si algo en la pantalla cambió del segundo anterior a este.

Y uno puede estar en clase, explicando la trascendencia de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, o los Sentimientos de la Nación, o la Ley Juárez, y entre tanta enjundia observa a uno de estos prototipos, accionando el aparato, para luego sonreír con una discreción tal, que todo el mundo se da cuenta…

¿Y qué tanto leen; la Divina Comedia, el Popol Vuh, El quijote, Macbeth? ¡No!, nada de eso, que son textos en extremo aburridos. Más bien se ponen de acuerdo sobre lo que harán el fin de semana, o se chulearán la nueva foto de portada, o comentarán sobre algo ocurrido en la última reunión, algún dicho y hecho; nada que merezca el recuerdo cinco minutos después de recordarse.

Y luego resulta que no se curan; que se quedan así, y crecen y se casan y tienen hijos, todo el tiempo pegados al aparatito. El otro día, por ejemplo, fui a que me cortaran el pelo. Mientras esperaba turno me senté al lado de una pareja de tres. Ella, la mamá, cargaba a una niña de no más de un mes de nacida -supe que era niña porque él, el papá, le decía, todo ternura; todo cariño: ¡pinche vieja! ¡pinche vieja!-. Estaba ella dándole el biberón artificial, y cuando terminó, entregó a la niña al papá, que la puso en una cunita portátil. Acto seguido sacó ella el teléfono y se puso a jugar un videojuego…

¡Qué maravilla!, pensé, combinar algo tan trascendente como tener un hijo, con algo tan irrelevante como un telefónico videojuego, ¡y sin transición de por medio! En verdad os digo que me estoy haciendo viejo. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).