Carlos Reyes Sahagún

En el pasado, y supongo que todavía ahora, aunque por cuestiones de temporalidad se volvió anacrónico, los medios de comunicación impresa mantuvieron en sus cotidianos una sección que aparecía de manera esporádica. Se llamaba Correo del lector, o Cartas al director; algo así. La dinámica de su funcionamiento era la siguiente: una persona leía alguna noticia, algún artículo que llamaba su atención de manera especial, la suficiente como para tomar pluma y papel, y escribir su cartita dirigida al director del diario, frecuentemente para denunciar, comentar, ampliar y/o desmentir lo leído, y que era debidamente publicada.

En algún caso, El país, por ejemplo, ese diario editado en Madrid que se puede conseguir en los puestos de las inmediaciones de la Plaza de Armas de esta ciudad que se asa en la sartén del Sol de junio, y hasta parece humear de tanto y tan seco calor; esta urbe de nombre paradójico que clama al cielo –ahí sí que al cielo- por un mucho de agua… Digo que en esta urbe se obtiene este diario que incluye una sección denominada Defensor del lector.

Con el crecimiento y expansión de los medios de comunicación electrónica, radio y televisión, la Internet, el Facebook, Twitter y demás artilugios que los acompañan, estas prácticas se han vuelto anacrónicas, y las empresas de impresos han debido replantear su función a fin de subsistir en un mercado por demás competitivo y desventajoso; un mercado en el que los electrónicos ofrecen las noticias en su transcurso, y no hasta la mañana del día siguiente, como los cotidianos. El último ejemplo de esto lo tuvimos hace unos cuantos meses, con el fallido huracán Patricia cuando, en el medio día del oscuro y lluvioso 23 de octubre, un par de estaciones de radio interrumpieron sus transmisiones habituales para traer hasta nuestros oídos, en vivo y dramático color -como diría mi amigo el doctor Andrés Reyes Rodríguez, que por cierto es doctor- las incidencias del paso del meteoro por estas tierras que testificaron mi nacimiento, así como de las medidas que estaban tomándose en la urbe para recibirlo como se merecía, incluida una buena dosis de tensión dramática.

Ese día, lo recuerdo muy bien, comí con la Fregónica en el Mercado Morelos, en donde parecía no ocurrir nada, y el calor de aquellos aromáticos fogones compensaba la frescura de la lluvia suave que caía en la calle. Donde sí ocurría algo fue en el Mercado Terán. Ahí muchos negocios estaban cerrando sus puertas. Además, también se dio el caso de que una buena cantidad de vidrios fueron cruzados con cinta adhesiva, listos para ofrecerle oposición al viento rebelde que nos venía del océano dizque Pacífico.

Esa noche; o más bien dicho, la madrugada del día siguiente, se libró en el cielo una batalla entre las fuerzas titánicas de la naturaleza, en la que el ciclón fue sometido al orden y pulverizado por la firme oposición que le presentaron las montañas, las sierras del Laurel y Fría, todas ellas encabezadas por el comandante Cerro del Muerto. Me acuerdo también de las palmeras de la calle de atrás de donde vivo, inmersas en una danza orgiástica, a baile y baile; de la tembladera de tuberías en la azotea; y del silbido del aire, terco a meterse por los intersticios de puertas y ventanas, pero no más; el asunto no pasó a mayores.

En fin. El hecho fue que al día siguiente los periódicos informaron sobre estas incidencias, que de todos modos ya sabíamos, ya fuera porque las habíamos vivido de cuerpo presente, o porque habíamos escuchado alguna de las estaciones.

Entonces, ante semejante delantera de los medios electrónicos, los impresos se han dedicado, sí, a publicar noticias, pero también a comentarlas, analizarlas y a ofrecer una opinión informada, amplia, que la especificidad del tiempo de radio y televisión no permiten.

Pero además, hoy en día los medios de comunicación electrónica se han convertido, no sólo en vehículo de información, que vive un proceso de decadencia por las razones que expondré, sino en tribunales; en una moderna inquisición.

¿Para qué llevar a alguien a juicio, si ese monstruo difuso, etéreo, que endiosa o arroja a los infiernos; ese ente ciego de miles de cabezas, llamado opinión pública, ya lo condenó o absolvió? ¿Qué necesidad habrá de que el servidor público acuda a la Cámara de Diputados, a explicar el destino del presupuesto que le han encargado ejercer, si bastará con pararse ante un micrófono radiofónico o televisivo a hacer lo propio?

Desde que se inventó la democracia en Aguascalientes –es un decir-, allá por 1995, los gobernadores que han debido ejecutar al lado de un Poder Legislativo en el que predominaba la oposición, ya no informan al Congreso del Estado “del estado que guarda la administración”, sino a la sociedad. Sí, van a la sede legislativa, y en el mejor de los casos pronuncian un discurso que es como comida de astronauta: breve, pero sustancioso. En el peor de ellos se apersonan en la sede legislativa o mandan a un segundón, y entregan el documento, que luego nadie lee. De ahí se van al Teatro de Aguascalientes, o al Museo Descubre y entonces sí, se pone bueno aquello, porque entonces reciben el saludo agradecido de sus invitados.

En fin… Quizá a estas alturas de mi peroración esté usted preguntándose, como yo, a dónde voy a parar con esta reflexión. Aguante una semana y nos amanecemos…

Por cierto que la batalla entre el huracán y las montañas no tuvo lugar en el cielo, que es una entidad metafísica, felizmente aprisionada en el cerebro de muchos, al igual que el infierno, que hace infelices a muchos, sino más bien en el aire. Pero hablar de cielo como que se oye más acá; más efectivo, ¿no cree? (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).