Luis Muñoz Fernández

Nada de esto vale en presencia de la muerte. Nada escapa a la muerte. La muerte engloba absolutamente todos los aspectos de nuestra vida. Y no sólo nos engloba a nosotros, arrastrando en su vórtice todo aquello que nos afecta, sino que además niega luego todo lo que engloba. Un gran amor puede hacernos ver diferentes aspectos de nuestra vida a través de los lentes de dicho amor. El mundo sigue estando ahí para nosotros, aunque tenga un aspecto muy diferente en todos los sentidos del que podría tener de otro modo. Con la muerte, en cambio, el mundo deja de estar ahí para nosotros. No cambia de aspecto. Desaparece.

 

Todd May. La muerte. Una reflexión filosófica, 2009.

El pasado 10 de septiembre de 2015 se conmemoró el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, fecha que en Aguascalientes tiene especial importancia porque, de acuerdo al Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) y según se presentó en el VI Congreso Internacional de Prevención del Suicidio celebrado aquí durante esos días, nuestro estado tiene una de las tasas de suicidio más altas de la República Mexicana: 10.1 suicidios consumados por cada 100 mil habitantes (la tasa nacional es de 5 por cada 100 mil habitantes). Un récord que no puede presumirse ni debe soslayarse. ¿Por qué sucede esto en la Tierra de la gente buena?

Del millón de seres humanos que se suicidan cada año en el mundo según la Organización Mundial de la Salud –lo intenta un total de 10 a 20 millones–, en México se quitan la vida en el mismo lapso unas seis mil personas. Desde enero de 2015, en Aguascalientes se han suicidado ya más de 100 personas.

En mayo de 2014, André Aleman (es holandés y su apellido se escribe sin acento), profesor de neuropsiquiatría cognitiva en la Universidad de Groningen y Damiaan Denys, profesor de psiquiatría en la Universidad de Amsterdam, publicaron en la afamada revista científica Nature un artículo titulado “Un itinerario para la investigación y prevención del suicidio”, en cuyo subtítulo apremian a los responsables de las políticas públicas, los filántropos, los investigadores y los médicos para que se pongan manos a la obra y encaren este grave problema de salud pública.

Para darnos una idea de lo que esto significa, basta saber que la suma anual de suicidas en el mundo supera la de los muertos por asesinato más los muertos en las guerras durante el mismo lapso de tiempo. Los autores llaman la atención hacia una paradoja: a pesar de su enorme impacto social, se ha hecho muy poco para comprender y tratar con bases científicas la conducta suicida.

Gracias a grandes estudios epidemiológicos, sabemos que hasta en un 90% de los que se suicidaron existió un trastorno mental, especialmente la depresión y la adicción al alcohol, que son factores de riesgo importantes. Y que hay evidencia convincente en el sentido de que la prevención de estos trastornos reduce las tasas de suicidio.

Para Aleman y Denys hasta la psiquiatría ha subestimado el tema por mucho tiempo. La más reciente edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5, 2013) no incluye a la conducta suicida, que se percibe más bien como una complicación de otra enfermedad y no como un trastorno independiente. Por cada estudio sobre conducta suicida que se publica en dos de las revistas de psiquiatría más prestigiosas de los Estados Unidos (el American Journal of Psychiatry y JAMA Psychiatry), se publican seis artículos sobre esquizofrenia, enfermedad cuya frecuencia representa sólo una cuarta parte de la frecuencia de la conducta suicida.

Un dato interesante relaciona la mayor frecuencia de suicidios con la situación socioeconómica. En Europa, donde el llamado Estado del bienestar es o había sido una realidad durante varias décadas, se admite que con la crisis económica de 2008 aumentó el número de suicidios y se establece una relación inversamente proporcional entre la calidad de vida de los ciudadanos y la frecuencia de los suicidios.

Los profesores Aleman y Denys proponen un plan de cuatro puntos. El primero es considerar al suicidio como una enfermedad propiamente dicha. Que la comunidad psiquiátrica tome la responsabilidad de definir adecuadamente la conducta suicida, incorporándola a las clasificaciones vigentes de los trastornos mentales y diseñando escalas para medir el riesgo, evaluar la gravedad y analizar las opciones de tratamiento.

El segundo es comprender los mecanismos, las raíces del suicidio, tanto psicológicas como neurobiológicas. De las primeras destacan la ansiedad, un menor control de los impulsos y una mayor agresividad. Además, las personas con conducta suicida tienden a suprimir sus emociones y tienen dificultades para identificar sus sentimientos. Esta conducta se asocia con la desesperanza, una especial sensibilidad al rechazo social y cierta incapacidad para imaginar aspectos positivos en el futuro. Algunos reaccionan de manera exagerada ante la muerte de un ser querido, la pérdida de un empleo y no pueden lidiar con la adversidad.

Respecto a las raíces neurobiológicas, han sido especialmente útiles las técnicas que permiten el estudio dinámico de las funciones cerebrales en personas consideradas en riesgo de suicidio. Estos estudios han revelado varias alteraciones en algunas regiones del encéfalo (la parte anterior de la circunvolución del cíngulo y la corteza prefrontal) relacionadas con el control cognitivo y la monitorización de ciertas actividades. Tal parece que el mayor esfuerzo para procesar los errores y enfrentar el estrés hace que estas personas sean más proclives a suicidarse.

El tercer punto del plan tiene que ver con la financiación: los gobiernos y las diversas agencias no gubernamentales deben invertir más en la investigación del suicidio. Especialmente en la definición de criterios válidos para que la conducta suicida sea considerada un trastorno mental en sí misma y en el estudio de las anormalidades de los circuitos cerebrales de la regulación de las emociones que se relacionen con esta conducta.

El cuarto punto es la prevención. Los autores señalan que los gobiernos deberían invertir en la prevención del suicidio lo mismo que destinan a reducir la tasa de accidentes de tránsito fatales. En Inglaterra, por ejemplo, donde lo invertido en la prevención de accidentes viales entre 2008 y 2009 alcanzó los 19 millones de euros, sólo se destinó a la prevención del suicidio un millón y medio de euros. En aquel país, durante las últimas décadas, se ha observado una reducción persistente de los accidentes de tráfico, mientras que las tasas de suicidio no sólo se han mantenido estables, sino que han aumentado.

Estos programas de prevención deben incorporar los últimos avances en el conocimiento del tema. Sólo Finlandia, Escocia y el ejército de los Estados Unidos han implementado este tipo de estrategias que permiten una mayor conciencia e información sobre salud mental y los signos de alarma para la población en general, una mejor educación en este tema para los profesionales de la salud y facilitan el acceso a los centros de ayuda y el monitoreo de las personas en riesgo.

Entre nosotros, el discurso oficial va por otros derroteros. Aquí se atribuyen los suicidios a problemas personales o familiares de las víctimas: depresión, consumo de alcohol y/o drogas, entorno familiar desfavorable, pérdida de valores, etc. De la situación socioeconómica adversa que afecta a muchísimos aguascalentenses, para quienes las oportunidades de crecimiento personal están vedadas o simplemente no existen, poco o nada se dice. Un silencio muy conveniente.

El problema no estriba tanto en conocer la verdad, como en el hecho de que todavía no hemos visto un esfuerzo conjunto de nuestra sociedad (médicos psiquiatras y neurólogos, psicólogos, sociólogos, epidemiólogos, autoridades sanitarias, universidades, el sector privado, etc.) para diseñar, financiar y llevar a cabo un estudio científico, con sólido rigor metodológico, que nos permita acercarnos con razonable certeza a los orígenes de esto que algunos llaman “la gran epidemia silenciosa”. Mientras ese estudio no exista, como con otros problemas de salud, seguiremos caminando a tientas y dando palos de ciego.

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