Por J. Jesús López García 

En el siglo XVIII, denominado como el <<Siglo de las Luces>> –la razón humana como elemento combativo de la ignorancia, tiranía y superstición–, se estaba dejando atrás, en Occidente, el convulso conflicto surgido tras la Reforma protestante de Europa septentrional, cuyo rompimiento con la Iglesia católica produjo sangrientas guerras, y en las artes y la intelectualidad, dos posturas ideológicas y estéticas que tuvieron en el Barroco, sucesor del Manierismo tardo renacentista, a su mejor expresión formal.

De esta manera, el <<Siglo de las Luces>> quiso alejarse de su predecesor el siglo XVII apostando por una nueva hermandad occidental que tras el cisma de la iglesia cristiana, no podía ya fundamentarse en la religión sino en la racionalidad laica. El Barroco fue dejado atrás gradualmente, en primer lugar por Europa del norte –donde lo hubo, pues no fue adoptado en lugares de protestantismo dominante–) y posteriormente por la Europa central y meridional católica, y de ahí en las colonias de ultramar.

A la profusión formal e iconológica barroca se antepuso una especie de asepsia compositiva apoyada en el equilibrio y la mesura, el <<justo medio>> del mundo grecolatino auspiciado por una lógica constructiva pura, que como lo aconsejaba el francés Marc–Antoine Laugier –gran teórico de la arquitectura del siglo XVIII–, debía regresar a la <<cabaña primitiva>> sin artificios gratuitos, sin ornamentos afectados –en su libro Essai sur l’architecture de 1755, analiza conceptos arquitectónicos que él establece como <<errores>>, particularmente en tres elementos: columnas, entablamentos y los frontones–, ya que después de todo, la iconología era un recurso para montar un parecido peculiar con destino a quienes no sabían leer –una gran mayoría de los habitantes–, situación que desde el invento de la imprenta comenzó a cambiar revirtiéndose de forma significativa. De ahí que la lectura de iconos iniciase su proceso de caducidad.

En Europa, el estilo arquitectónico del siglo XVIII fue el neoclásico: racional, sobrio y tendiente a la neutralidad laica en su representación estética; mas en la Nueva España esta centuria continuó dominada por el barroco, pues la religiosidad católica novohispana se resistió hasta fines del siglo al cambio estético. Hay que tener presente que el barroco, fue el estilo de la contrarreforma, y si bien eran los nobles Borbones quienes reinaban en España, en el territorio americano aún prevalecía el espíritu de los antecesores Habsburgo.

Así, el neoclasicismo en nuestro país demoró su adaptación hasta el último tercio del siglo. Primero en las ciudades más importantes y posteriormente en el resto del virreinato. En varias ciudades del territorio mexicano aún podemos admirar un sinfín de excelsos edificios neoclásicos importantes como en los casos del Palacio de Minería (1797–1813) en la Ciudad de México, y el Hospicio Cabañas (1805–1810) en Guadalajara, cuya autoría de ambos pertenece al arquitecto y escultor valenciano Manuel Tolsá y Sarrión; el Teatro Santos Degollado (1855–1866) en la capital tapatía por el arquitecto jalisciense Jacobo Gálvez así como innumerables fincas de Francisco Eduardo Tresguerras en la zona del bajío guanajuatense.

En el caso de Aguascalientes los edificios neoclásicos auténticos –ya que existen algunos eclécticos posteriores que poseen los rasgos del estilo, como el caso del Museo de Aguascalientes– no superan en número a los ejemplares barrocos, sin embargo podemos citar los rasgos atractivos del Camarín de la Virgen en el conjunto de San Diego, con su magnífica cúpula –que comparten escena con otros tantos rasgos barrocos, de manera curiosa estéticamente antitéticos–, de la columna votiva de la Plaza de la Patria, dedicada a Carlos IV, terminada poco antes de iniciar la guerra de Independencia, y del sublime Palacio Municipal, cuya obra original es en clave neoclásica.

Las renovaciones y adiciones que el inmueble ha sufrido con el paso de los años y que hasta hoy en día han continuado, han conservado el inconfundible estilo neoclásico en el cual podemos distinguir su sobria composición en dos cuerpos, y una simetría contundente a partir del acceso y balcón principales; en el cuerpo inferior se aprecia un sencillo peristilo de pilares rectangulares rematados en su eje central por un frontón interrumpido sobre el que descansa un estandarte –posterior en la edificación– con el águila devorando la serpiente, que más que evocación azteca devino en la representación del pacto republicano.

Cornisamentos sencillos y lineales sólo coronados en su parte superior por una balaustrada pautada por trofeos completando la fachada que, salvo el emblema nacional, no posee ninguna otra alusión iconográfica. La fisonomía actual es dominada por la manera en que se recompuso bajo las condiciones del estilo neoclásico en el último cuarto del siglo XVIII, y principios del XIX, junto con la columna de la plaza, poco antes de estallar la guerra de 1810.

El neoclasicismo fue interrumpido en nuestro país, precisamente por el periodo bélico insurgente, sin embargo, volvió después en algunas características formales y constructivas del eclecticismo decimonónico porfiriano. Sin duda alguna el palacio luce toda su sobriedad en cada uno de sus elementos arquitectónicos, así como su disposición en el conjunto del corazón urbano de nuestra hermosa ¡Ciudad de Aguascalientes!