Por J. Jesús López García 

Es de todos conocido que el estilo barroco se desarrolló durante el siglo XVII, si bien sus inicios formales los encontramos en el <<manierismo>> renacentista del siglo precedente. Las formas simuladas eran un rasgo de ese procedimiento llamado así en italiano –deriva de maniera o manera– pues algunos de los maestros del Renacimiento correspondiente al periodo del Cinquecento –los años que van desde 1501 hasta 1600, particularmente dentro del arte europeo, de modo singular en el italiano–, dentro de los que destaca Leonardo Da Vinci, comenzaron a realizar obras de imaginación excelsa, alejadas cada vez más de cánones renacentistas de la centuria previa –la del Quattrocento, desde 1401 hasta 1500– tal como la escalinata de la Biblioteca Mediceo Laurenziana (1524) en Florencia, Italia, proyectada por Miguel Ángel, y así, en tal o cual edificio se realizaba “alla maniera di…”, <<a la manera de…>> algún maestro en particular.

Ese proceder personal de constituir las coordenadas del diseño y la obra arquitectónica comenzó, en el siglo XVII, a presentar características cada vez más exuberantes y en múltiples ocasiones excéntricas, lo que coincidió con el movimiento de contrarreforma que el clero católico emprendió para neutralizar el avance del protestantismo en Europa y las colonias de ultramar, como México.

Perla de forma irregular era lo que los portugueses llamaban berrueco, de ahí el nombre barroco para aludir un estilo de rica formalidad y espacialidad sinuosa e impactante, estableciendo un discurso contrario a la austeridad protestante manifestada en edificios de relaciones simples igualmente sobrios. El llamado <<horror al vacío>> característico del barroco se expresa en la proliferación formal donde la iconología se entrevera con toda clase de elementos ornamentales de fuerte carga simbólica.

Lo anterior, muy notorio en aquel producido en Italia, se llevó a puntos aún más excéntricos en el barroco ibérico y en las colonias españolas de América, donde la ornamentación se transmitió hasta llegar a puntos delirantes. Gradualmente algunos de esos elementos decorativos se duplicarían para transfigurarse en formas diferentes del original: columnas salomónicas reinterpretadas de múltiples, guardamalletas, capiteles de órdenes compuestos, remates mixtilíneos, entre otros.

El barroco fue entonces un estilo eminentemente católico; parte de los instrumentos de propaganda contra la reforma protestante, en los que se que utilizó la profusión de diseños imbuidos de simbolismo, sin embargo, también tuvo vertientes de índole profana o en su defecto, mundanas.

Por su parte, el barroco francés se muestra mucho menos artificioso que el español, denominándose incluso <<clasicismo>>, el cual presenta una versión para la arquitectura no religiosa, curiosamente más rebuscada y que se denominó <<rococó>> que procede del francés rocaille –piedra– y coquille –concha–  aludiendo a la irregularidad de los elementos naturales como las piedritas marinas, los vegetales o las conchas. Mas el barroco hispano en arquitectura no religiosa no presentó las mismas características en España y sus colonias americanas.

En Aguascalientes el ahora Palacio de Gobierno (1665) es un sublime modelo barroco; residencia elegante y noble de la familia Rincón Gallardo. La mansión es un edificio de dos cuerpos, muy robusto a pesar de que los tableros estucados barrocos primigenios ya cedieron su lugar al tezontle rojo. Vanos verticales donde los superiores aún presentan cartelas con los escudos de los propietarios originales, cornisamentos mixtilíneos al igual que la ornamentación de los arcos deprimidos o escarzanos que conforman sus patios –el segundo de fábrica relativamente reciente.

Al igual que otros palacios o casas de esa naturaleza en el mismo periodo –de los condes de Regla, de Valparaíso, entre otros– a lo largo del territorio de lo que fuese la Nueva España, el simbolismo religioso sigue presente aún en esa arquitectura civil: conchas o veneras que aluden al sacramento del bautismo y al santo patrón de España, el apóstol Santiago, repitiéndose en varias piedras clave de los arcos, serafines, nimbos y demás objetos que se mezclan con formas híbridas de la tradición clásica y del entonces nuevo repertorio barroco.

El inmueble fue vendido en el siglo XIX y el siguiente propietario lo convertiría en mesón durante un breve lapso, que al presentar un deterioro considerable, fue adquirido por el Gobierno del Estado para destinarlo a ser su principal sede en el siglo XX.

En las múltiples intervenciones que se han llevado a cabo gradualmente y durante mucho tiempo, se integró un segundo patio, así como una escalera de cuatro rampas en medio de los dos espacios que conforman los patios; se retiró el recubrimiento original con el propósito de asimilarlo algo al Palacio Presidencial y se modificó el paramento para ampliar la calle José María Chávez. Aun con ello, el inmueble mantiene el espíritu barroco y la presencia señorial en el primer cuadro de la ciudad. Junto con el Centro de Artes Visuales, la Casa Terán y algunas casas grandes de hacienda, es la finca del barroco civil más característico del estilo en el estado acalitano, y a pesar de que pudiese ser comparado con los ejemplares rococó, es adusto y sobrio, sin embargo continúa siendo majestuoso, entronizándose en Aguascalientes como la ¡exuberancia barroca en la arquitectura no religiosa!