Por J. Jesús López García 

La escritura cuneiforme de los sumerios, aquella cuya anotación en tablas de barro permitió inscribir también el paso del tiempo, y por ende finalizar la prehistoria de la humanidad, utilizó el mismo material que era común para la construcción: el barro. De esta manera, la relación entre la arquitectura y la palabra escrita se ha estrechado en infinidad de ocasiones.

Y qué decir de la escritura que es utilizada para contar cotidianidades, que en que se eslabonan una con la otra –arquitectura y palabra escrita–, transitan desde la crónica hasta la historia. En tiempos anteriores a la aparición de la imprenta, la arquitectura era un soporte para una narrativa escultórica o gráfica útil para una población mayoritariamente analfabeta, que en frisos, murales, esculturas y vidrieras podía «leer» de manera práctica, hazañas de los héroes, episodios bíblicos, lecciones morales y cívicas, entre otras, relacionadas al fenómeno de la vida comunitaria, baste citar el caso de Nuestra Señora de París en donde Víctor Hugo (1802-1885) anotó “…a medida que la arquitectura termina, la imprenta se hincha y crece…”, interpretando que lo simple del tiraje permitió el establecimiento de una población crecientemente alfabetizada, lo cual si ocurrió en lo que respecta a la categoría educativa, más no en lo que se refiere a la disciplina arquitectónica pues ésta se desprendió de la imagen figurativa adentrándose en lo abstracto dotado de manera consustancial a su materialidad, a su forma, a sus colores y sombras propios.

Lo anterior aún contando con algo de la función discursiva tradicional todavía sobreviviente, ya que al margen de los casos más ostentosos de utilizarla para colgar toda clase de anuncios y logotipos, ha servido para apuntalar la fuerza de los mensajes impresos: una de las primeras publicaciones en imprenta de gran calado fueron Las 95 tesis de Martín Lutero –El Cuestionamiento al poder y eficacia de las indulgencias– se fijaron –aunque no hay evidencia determinante de ello– en las puertas de la iglesia de Wittenberg. El gesto fue naturalmente meditado, pero pone relevancia en el hecho de que un edificio de significación para un grupo humano por sí solo, es un foco de atención muy poderoso, tenga grandes frisos, imponentes esculturas, elaborados murales o pequeñas hojas de papel impresas.

Sin embargo hay que mencionar que los ejemplos descritos no son lo único que hermana a las letras impresas, la crónica y las ideas con la arquitectura. Nuestro alfabeto latino fue creado en el sur de Italia más de dos milenios, y su definición tipográfica se llevo a cabo por medio de piedra labrada por canteros involucrados en la construcción arquitectónica. Las «serifas» o «puntas» de las letras que hoy utilizamos, son un resabio de las líneas que trazaban los antiguos trabajadores de la piedra a manera de recta para no desviar la horizontalidad de la composición arquitectónica. Con los tipos móviles de las imprentas tradicionales, se conservó la forma de signo que a nuestros días ha llegado como un estilo sobrio y tradicional.

Los espacios y edificios construidos para el ejercicio de la prensa han sido objeto de diseño por parte de sobresalientes arquitectos como la sede del New York Times (2007) del genovés Renzo Piano (1937) en que destacan –como si fuese una gran edición impresa–, las letras del nombre del diario neoyorquino. Las prensas rotativas además poseen un lustre especial, pues siguiendo la línea de las imprentas de tipos móviles primigenias, se relacionan con la modernidad, la pluralidad, la apertura y de manera colateral, con la industrialización, la cual fue de suyo, tema de diseño arquitectónico desde hace más de un siglo –como la Galería o Palacio de las Máquinas cercana al Campo de Marte en París, de 1889.

Podemos afirmar que los periódicos son un fenómeno asociado a la vida urbana; las ciudades con mayor brillo presumen de tenerlos con un brillo similar. Los diarios son espacios de convergencia, de disidencia y de pluralidad, por ello reflejan de forma objetiva el acontecer cotidiano de sus habitantes y la ciudad –otro factor intenso de asociación con la materia arquitectónica.

Con el propósito de vincular aún más a la arquitectura y a la palabra impresa en el Aguascalientes del siglo XXI, Sobre…Arquitectura, desea dejar constancia de ello en LXII Aniversario de El Heraldo de Aguascalientes. Su primera aparición fue el viernes 8 de octubre de 1954, en la cual las felicitaciones se hicieron presentes –Banco del Centro S. A., y el Hotel Imperial– así como la bendición respectiva. Una nota lo expresaba así: “EL EXCMO. OBISPO MONS. QUEZADA LIMÓN, recibió los cordiales saludos de EL HERALDO DE AGUASCALIENTES. Con él, nuestro Director General, Carlos Loret de Mola y nuestro Gerente, Ramiro de la Colina.”

Así, El Heraldo de Aguascalientes, con su fundador Don Mauricio Bercún Melnic, el Director General, Lic. León Mauricio Bercún López, su Director Corporativo, Lic. J. Asunción Gutiérrez Padilla y todo el Equipo que labora en él, a través de su arquitectura –expresada de modo impreso y periódico– se entroniza como un espacio que ha acogido en estos últimos años la crónica y las ideas que rodean el acontecer arquitectónico de Aguascalientes. ¡MUCHAS FELICIDADES!