Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

Miércoles 1 de abril de 2015. 17.40 hrs. Camino rumbo al barrio del Encino, a comer con mi Venus en El rincón maya. Antes de llegar a mi destino he fotografiado una jacaranda en el costado poniente del templo del Negrito de Triana y luego, en el atrio, he sido testigo de la serenata que un mariachi le ofrecía a un cadáver y deudos que lo acompañaban.

Sigo mi camino hasta el restaurante, en donde ordeno la comida –¡qué suave se oye, esto de ordenar!– De entrada sopa de lima para ambos –consomé de pollo acompañado con trozos de pechuga, un toque especial de lima agria y totopos–, y de salida, para ella Pierna asada a la yucateca bisteck de cerdo adobado en achiote y naranja agria, acompañado de frijoles negros–, y para mí Poc Chucbisteck de cerdo asado, acompañado de salsa de jitomate a base de chile habanero y cebollas asadas–. Para beber, agua de chaya para ambos.

Me siento a esperar a que lleguen mi dulce compañía no me desampares ni de noche ni de día y la comida. Esta hora es muy tardía para comer, pero muy temprana para cenar. Así que el establecimiento está solo, por lo menos en esta zona en donde me he instalado, la que fuera cochera de esta antigua casa.

Mientras espero leo… Abro el volumen que traigo entre manos y leo. Se trata de El imperio, un texto de crónicas del periodista polaco Ryszard Kapuściński. Abro el ejemplar y dejo que las palabras y las ideas; las personas y los paisajes, fluyan hacia mi mente. Y dice: Winnica es el lugar de un asesinato en masa, otro Katyn, en el territorio de Ucrania. En los años 1937-38, el NKDV fusiló aquí a miles y miles de personas… ¡Vaya!, pienso, ¡como en San Fernando y Axotzinapa!; aunque claro, acá no fueron miles y miles, pese a que el clamor haya sido como si lo fueran; por lo menos de ese tamaño fue el reclamo, que ahora se extingue. Sigo leyendo y al rato escucho que allá lejos, el mariachi interpreta Las golondrinas… ¿Habrá un adiós más contundente? Las golondrinas son una manera amable para referirse a lo inevitable; lo que no tiene vuelta atrás, como un cadáver que ha recibido rezos, bendiciones y agua bendita.

Las golondrinas; el adiós definitivo… Las escucho y me imagino la escena: el ataúd en el acto de ser bajado de la entrada del templo a la explanada del Museo Guadalupe Posada, donde espera la carroza fúnebre…

Termina la pieza, que convoca a las lágrimas para que se asomen a la luz del día, hagan un guiño al Sol y luego se sequen al contacto con el aire. Reanudo mi lectura y minutos después, de uno de los cuartos de esta casa habilitada como restaurante, surgen una mujer y un niño. Ella observa la fuente empotrada contra la pared del antiguo comedor, y los adornos, propios de la celebración del Día del niño, juguetes tradicionales: un soldado de plomo, un coche de pedales, juguetes de madera, carritos, tráileres, un bulldozer, una rueda de la fortuna, unos caballitos y un niño al que han elevado un par de papalotes que tienen pintadas aves fabulosas… La mujer observa el paisaje y visualiza una fotografía. Entonces saca su teléfono móvil y se lo entrega al niño, indicándole lo que debe hacer. Luego posa encuadrada en la fuente y la pared del comedor. El niño captura la imagen y regresa el aparato. La mujer lo ve y dice: ¡ay fulanito! –perdóneme el olvido del nombre de la creatura pero, ¿quién se iba a fijar en eso?– Le dice la mujer: ¡ay fulanito, te salió movida!, pero el aludido ya se fue al jardín.

Entonces ella y yo nos miramos, y casi creo adivinar su intención al caer en la cuenta de mi existencia presente. Le ofrezco tomarle la fotografía, a lo que ella acepta. Me entrega el aparato y me explica el procedimiento. Tomo la foto y le pido que la vea, a ver cómo quedó. Ni modo… No fui mejor que el niño. Luego de otro intento le digo: mire, ¿qué le parece si le tomo una fotografía con mi cámara, y se la envío por correo electrónico?, y diciendo y haciendo.

Saco de la bolsa mi artilugio Nikon D5000, y ella pregunta: ¿es usted fotógrafo? No, no lo soy. Soy esposo, padre de familia, huérfano de padre y madre, de abuelos y tíos, y de algunos buenos amigos. Fanático de la música de Ten years afters, y, sobre todo, convencido de que Dios le dictaba a Johann Sebastian Bach sus memorias, y este las traducía a música, para que algo pudiéramos entender… Si amanecía solemne, el de Leipzig componía un concierto de Brandeburgo o un concierto para clavicémbalo, y si se levantaba con vena de atleta le dictaba una fuga. El día que el Sol lo encontró triste por algún humano desaguisado, Bach escribió La pasión según san Mateo, etc. También estoy convencido de que Vivaldi componía con una mujer desnuda al lado, porque sólo una piel suave, unos ojos brillantes y sensuales, y unos miembros firmes y abundantes pueden inspirar maravillas como L’estro Armonico o La stravaganza –¿qué importa que me equivoque; qué importa? Es una delicia experimentar esto a la hora de escuchar.

Tomo la foto, se la muestro y queda satisfecha. Entonces, para enviarle la imagen, le pido una dirección de correo electrónico y la anoto, una serie de números y letras, ¿o fue al revés? Listo. Ahora la mujer se marcha… La veo perderse entre los puestos de artesanías, collares, aretes, redes para atrapar sueños; confundirse con las jacarandas aguascalentenses de marzo y abril… Adiós; hasta nunca.

Ahora que lo pienso, caigo en la cuenta de que no la cuestioné sobre su nombre, pero por las apariencias bien podría llamarse Claudia, Alejandra, Eugenia, Andrea, Valentina y a lo mejor hasta Verónica. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.hotmail.com).