Carlos Reyes Sahagún
Cronista del municipio de Aguascalientes

Antes de iniciar con esta, mi peroración semanal, quiero recordar que ayer se cumplieron dos años de que se instalara el Consejo de la Crónica del Municipio de Aguascalientes. Ahí a ver para cuando gustan sus mercedes…

Y ahora sí, que venga la navidad. Habéis oído decir: “pienso, luego existo”. Mas yo os digo que hoy en día la divisa que marca la marcha de la ciudad es aquella que clama, proclama y reclama: “compro, luego existo”. Compro, luego existo; luego soy y valgo. Eso es vivir a tiempo, ser vigente. Por todas partes, en el centro y en las periferias del norte y el sur –no en el poniente y menos en el oriente–, las cajas registradoras de los negocios dan vertiginosas vueltas, impulsadas por el sonido embriagador del dinero, y entonces lo que nos enseñan en la casa, en la escuela, en el templo, nos lo desenseñan los comerciantes, los medios de comunicación. ¿Regalar afecto? ¡Por supuesto! ¡El que se expresa en una prenda de vestir, un juguete, un aparato electrónico, un accesorio!, que para abrazos y sonrisas y besos queda el resto del año, pero no ahora señora, señor; no ahora, que es navidad. (Quizá el cínico dijera; el que sólo es, apenas, un poco menos peor que el avaro capitalista mister Scrooge, dijera: ¿para qué regalar afecto, si puedo comprarlo?).

El espectáculo es casi apocalíptico. La calle Juárez se convierte en la arteria aorta de la ciudad, y el hacinamiento de personas alcanza su tope. Por ahí transitan la humanidad y sus desechos, entre aromas de pizzas, de comida china, hamburguesas a 2 por $25 y perros calientes a 3 por… ¿De a cómo eran? No sé; ya no alcancé a ver. Ya pasé y ni modo de regresarme, porque este río de humanidad me arrastra –o quizá me dejo arrastrar–. El espacio para el tránsito de personas se ve sensiblemente disminuido por los vendedores ambulantes y sus fritangas y la gente que se detiene a contemplar aparadores como si se le hubiera aparecido la gloriosa “Libertad guiando al pueblo”, del pintor francés Eugène Delacroix -¿verdad, David Emmanuel?- y la observara atentamente, concentrado en la mirada de esa mujer portentosa, que parece no ver a nadie, sino a la igualdad y a la fraternidad. Ver aparadores, soñar y quizá llegar a la conclusión de que no es que sea caro esto o aquello; más bien es que no podemos pagarlo.

¿Y qué decir de los niños ante los escaparates rebosantes de juguetes? En este maremágnum su sonrisa actúa como redención de esta ebriedad comercial; de este hacinamiento malsano y el disgusto musical que vomitan diversos aparatos de sonido. De cara a esta conspiración tendiente a exprimir bolsillos y volverlo a uno loco, el brillo inocente en los ojos que la vida todavía no ha opacado o empañado es un soplo de esperanza.

Soñar, desear, comprar, consumir. Consumo, luego existo… Y al final de la jornada todo el mundo a casa. ¿Qué importa que más tarde, cuando la noche le robe al día sus colores y al aire el calor del Sol, los gigantescos contenedores de basura instalados en Rivero y Gutiérrez, frente al templo de san Diego, ofrezcan un espectáculo que bien podría inspirar a Dante en la descripción del infierno? Es aquel un monumento al desperdicio y el desecho, la mezcla de aromas que van de lo nuevo a lo podrido, lo químico y lo natural. ¿Qué importa nada, si el capital alcanza su obligada valorización; si en sus casas los compradores se sienten satisfechos con lo adquirido?

En fin; así las cosas. Ha llegado navidad y entonces acostumbramos a decir: por si no te veo –cosa más que probable– que te la pases muy bien… ¿Con quién te la vas a pasar? ¿Dónde te la pasas?

Se trata de expresiones muy comunes en estos días que, la verdad, me causan cierta extrañeza a propósito de su posible origen y/o significado, aparte de que, con todo respeto, se me figura que se trata de pobres expresiones que difícilmente expresan los significados y convivencias de navidad y fin de año… Porque, en lugar de decir algo así como: que la luz del Niño de Belén irradie en tu corazón, y perdure durante todo el año, y de una vez el resto de tu vida… En lugar de decir algo así, que ya se nos gastó, decimos: que te la pases muy bien. ¿Qué será lo que voy a pasarme? ¿Por dónde me lo voy a pasar?…

Por otra parte, y lo más probable es que me equivoque, pero la frase y sus variantes opciones, evocan para mí una circunstancia preñada de dificultades, el cáliz que todos querríamos que pasara de largo, un trance frente al cual es preciso expresar ese buen deseo, a manera de conjuro, como si dijéramos: está todo tan difícil, tan complicado, que ojalá y te la pases muy bien… Pero, como le digo, seguramente me equivoco…

Dicho lo anterior, yo no deseo que usted se pase nada por ningún lado, y más bien me adhiero a la proclama del compositor argentino Ariel Ramírez, que en su “Navidad en verano” proclama: “Paz a todos los hombres, paz en la Tierra. En mi tierra caliente y en la que nieva”. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).