Los padres no deben olvidar que son los primeros y principales educadores de sus propios hijos, y en este campo tienen incluso una competencia fundamental: son educadores por ser padres. Y también en el hogar se enseñan los valores cristianos y morales, por lo que los papás no deben endosar esa responsabilidad a otros, sólo deben compartirla, destacó el Pbro. Carlos Alberto Alvarado Quezada.
Comparten su misión educativa con otras personas e instituciones, como la Iglesia y el Estado; sin embargo, esto debe hacerse siempre aplicando correctamente el principio de subsidiariedad, lo que implica la legitimidad e incluso el deber de una ayuda a los padres, pero encuentra su límite intrínseco e insuperable en su derecho prevalente y en sus posibilidades efectivas.
Lamentó el hecho de que hay familias que todavía no comprenden el porqué y para qué educar a los hijos; quizá “no hemos entendido la importancia de la educación y en qué consiste”.
La educación es un proceso singular en el que la recíproca comunión de las personas está llena de grandes significados. El educador es una persona que “engendra” en sentido espiritual; bajo esta perspectiva, la educación puede ser considerada un verdadero apostolado.
La paternidad y la maternidad suponen la coexistencia y la interacción de sujetos autónomos. Esto es muy evidente en la madre cuando concibe un nuevo ser humano, los primeros meses de su presencia en el seno materno crean un vínculo particular, que ya tiene un valor educativo. La madre, ya durante el embarazo, forma no sólo el organismo del hijo, sino indirectamente toda su humanidad.
La educación es, ante todo, una “dádiva” de humanidad por parte de ambos padres: ellos transmiten juntos su humanidad madura al recién nacido, el cual, a su vez, les da la novedad y el frescor de la humanidad que trae consigo al mundo.
Esto se verifica incluso en el caso de niños marcados por limitaciones psíquicas o físicas; en tal caso su situación puede desarrollar una fuerza educativa muy particular.
La comunión de personas, que al comienzo de la familia se expresa como amor conyugal, se completa y se perfecciona extendiéndose a los hijos con la educación. La potencial riqueza, constituida por cada hombre que nace y crece en la familia, es asumida responsablemente de modo que no degenere ni se pierda, sino que se realice en una humanidad cada vez más madura.
Con motivo del regreso a clases, pidió a los papás estar muy al pendiente de sus hijos, de sus compañías, de su desarrollo; pedir ayuda en caso necesario, ya sea al párroco, al médico o a una persona de confianza, y no dejar que los hijos tomen el mal camino, al dejar las aulas.