Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

Hace unos meses tuve la privilegiada oportunidad de participar en un proyecto editorial del Instituto Cultural de Aguascalientes, y lo hice de manera novedosa para mí, no escribiendo y/o editando, sino a través de la fotografía.

El proyecto de referencia fue la reedición de un recetario de Aguascalientes, un clásico de los años cincuenta publicado por un personaje originario de esta ciudad, que en su tema, la gastronomía, fue autoridad nacional. Desde luego me refiero a Josefina Velázquez de León. Ya le contaré con algún detalle sobre este interesante trabajo en el que participé con la toma de fotografías de una serie de cocinas que ilustrarían el volumen, pero ahora quiero ocuparme de Pabellón de Hidalgo, a donde acudimos a levantar imagen, la directora editorial del ICA, Patricia Guajardo, y este servidor de la palabra, devenido en fotógrafo.

Pabellón de Hidalgo, usted lo sabe, está en el municipio de Rincón de Romos. Para llegar ahí se toma la carretera a Zacatecas rumbo al norte, se pasa el crucero de entrada a Pabellón de Arteaga y se abandona la autopista un par de kilómetros adelante, más o menos, en una desviación a la izquierda. Unos metros después nace un camino que llega hasta este pueblo, y que casi está recargado en la Sierra de Pabellón, ese escalón que conduce a la Sierra Fría.

De entrada esta ruta es sumamente agradable a la vista. Se transita entre grandes árboles y al frente se contempla la abrupta altura, con sus orgullosos relices, muy firmes y parejos y, como remate, esa saliente de piedra y su árbol, que en población llaman El Pabelloncito

Llegamos a Pabellón y nuestro periplo inició con una desgracia: recorrimos la calle de entrada y al llegar a la plaza la camioneta que nos transportaba viró hacia la derecha, para llegar al Museo de la Insurgencia. Justo en el momento de la maniobra un balón de futbol vino rodando desde la plaza, fuera de control; alocado, y en choque desigual terminó atropellado…

El vehículo fue a estacionarse casi en la puerta del museo. Hacia ahí se dirige el cortejo fúnebre del balón, cinco chiquillos que se habían quedado sin el objeto de sus patadas… Sus edades fluctúan entre los cinco y los 10 años, más o menos, y se acercan en plan belicoso, aunque sólo quien trae en su regazo el flácido objeto habla. Su discurso tiene dos puntos básicos: la camioneta había atropellado al balón y el daño debía ser reparado…

Lo dijo como si se tratara de la cosa más natural del mundo, sin vergüenza alguna, sin sentimiento de culpabilidad porque, señora, señor: ¿acaso la plaza pública es un campo de juego, o lo es el arroyo de las calles? No que yo sepa. Entonces, el balón pagó con su aire un tiro desviado, una mala atajada del arquero –¡qué chido se oye: ar-que-ro!– y allá fue a dar, bajo una llanta de la camioneta, en donde exhaló su último tronido.

Vienen los niños en son de amable, educado, pero enérgico reclamo. Patricia los recibe y escucha al deudo del balón. Luego de una breve negociación promete resarcir el daño, pero no en efectivo, sino en especie. O sea que de acuerdo a una versión actualizada de la ley del talión, el conflicto se zanjará con un balón por balón.

¿Dónde es posible, en esta urbe, adquirir uno de estos objetos? Aquí no existe esa indudable muestra de progreso –aunque sea del que es para todos– que es el supermercado, y mucho menos una tienda de artículos deportivos. Pero no hay problema: los niños señalan un establecimiento al otro lado de la plaza, en el costado oriente; uno de esos comercios que no faltan en los pueblos, en los que hay un poco; un poquito de todo: mercería, juguetería, refrigerador de refrescos, de helados, y a lo mejor hasta un poco de ferretes... Y hacia allá nos dirigimos, pero nada, esta vez falló la suposición, porque ahí no venden lo que buscamos. Entonces abandonamos la plaza en la búsqueda del balón perdido, o más bien ponchado, en un recorrido que nos lleva por medio pueblo, y por un momento hablamos de futbol.

Yo le voy al Barcelona, dice el damnificado de la pelota atropellada; yo al Real, afirma otro. ¡Vaya!, ¡qué cosmopolitas salieron! ¿Cómo harán para enterarse? ¿Habrá llegado acá la televisión por cable?, o ¿siguen la inercia de la televisión abierta, ese desmesurado interés por el futbol europeo y el ridículo seguimiento de los mexicanos en aquel balompié? –hoy El chicharito jugó 15 minutos, falló dos tiros a gol, estornudó tres veces, lo tumbaron cuatro y puso un pase para gol, pese a lo cual su equipo perdió…– o quizá escuchan a sus mayores, y entonces, con el deseo de ser mayores, terminan imitando. ¿Cómo saber? Es una pena que no les haya preguntado…

Bueno, les digo: yo me conformo con irle al Necaxa, aunque le tenga miedo –el Necaxa– a la primera división, y otro niño, menos humilde que yo, pero más que los partidarios de los europeos, señala que le va al Toluca, que aquí es así como para preguntar: ¿y eso qué? Entonces se me ocurre cuestionar a los infantes sobre algo que quizá sea usted quien me diga: ¿y eso qué?, porque lo que les pregunto es, fíjese bien: ¿Conocen Aguascalientes? Entonces, como un solo niño, todos contestan que sí.

Otro día le cuento por qué de ninguna manera es esta una pregunta impertinente. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).