Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

Ir a Pabellón de Hidalgo y no ver el retablo de la parroquia, es como ir a Calvillo y no visitar al santo Señor del Salitre, o como andar en Aguascalientes y no circular por calles llenas de topes; algo así… En verdad esta obra plástica del periodo virreinal es una maravilla, y afortunadamente la mantienen en magníficas condiciones, además de las pinturas que cuelgan de los muros. La visita es rápida porque hay mucha gente, y sigue llegando más, signo inequívoco de que está por comenzar una ceremonia.

Mientras salgo me encuentro con una joven pareja de veinteañeros, ella con una niña en brazos que no debe tener más de un mes de haber visto la luz que irradia este, nuestro Sol, esa chispa de luz incandescente que transcurre por la vasta oscuridad del espacio, y abierto los ojos al cielo que es azul, pero que no sabe que es cielo y que es azul. ¡Vaya, la niña ni siquiera sabe que es!; que ella es, que existe y duerme plácidamente en brazos de la mamá. Duerme, indefensa, frágil, segura, sus propios brazos abiertos a la vida… La madre, de cuando mucho unos 25 años, luce un vestido negro que combina la elegancia con la sencillez, su cabellera luciendo un peinado de salón, en tanto él trae puesta una camisa vaquera, azul, pantalones negros, botas y tejana en el mismo color, y en las manos un gran biberón y una cajita. A simple vista, lo que ambos tienen en común es que se ven impecables, vestidos para el día de fiesta. No es para menos: traen a su hija a que reciba la otra luz; la Luz de Cristodemos gracias a Dios. Sé que es una niña porque su frente está surcada por una diadema de tela, que prácticamente le cubre media cabeza, casi como si se tratara de un vendaje…

Ellos entran y yo salgo; ellos, que tienen toda la vida por delante, y yo que mejor aquí le dejo. Ellos entran y yo salgo, y casi en el acto retiembla en su centro la tierra con la voz del celebrante que, a través de la bocina colocada encima de la puerta, proclama urbe et orbe: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…” Para que todo Pabellón y sus inmediaciones aéreas y subterráneas se enteren, está comenzando la misa. Francamente, esto es un abuso por parte del omnipotente señor párroco; una invasión del espacio público para un asunto que corresponde a la esfera de lo privado.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, pregona el sacerdote y su oración se escucha por todas partes, entre las ramas de los árboles y más allá de las piedras pero, ¿qué tal que esté uno cómodamente instalado en la cocina de la casa, desayunando -que al cabo para algo debe servir el sábado; para levantarse tarde-, o durmiendo o, mejor aún, haciendo denodados esfuerzos para traer una nueva vida a este mundo. ¿Qué tal que esté uno en un lance de esos?… ¡No hay derecho de que le quitan a uno la inspiración! Pero, dígaselo al cura, aléguele al ampayer, gánele al PRI… Aunque bueno, esto último ya no funciona; ya no es así…

Pero total, ¿a mí qué? Yo ni vivo aquí y ya me voy; ahí que se queje la representación liberal masónica del poblado, si es que existe…

Emprendemos el regreso la doctora Patricia Guajardo, el chofer y este fotógrafo aficionado con aspiraciones… El camino es ilustrativo de lo que ocurre actualmente en Aguascalientes. De entrada observo algo que me permite comprender el sentido de la expresión piedra viva. Allá al fondo, al poniente de esta carretera 45, modernísima versión del Camino Real de Tierra Adentro; allá al fondo, en la Sierra, la Tierra ha sido despojada de su piel. Se ha arrancado la vegetación -y de seguro con ella expulsado a los animalitos del campo-, dejando a la vista un claro de piedra, esto por obra y gracia de una empresa pedrera, o quebradora. Piedra viva, Tierra herida, para construir más edificios, más casas, más fábricas, más progreso…

En segundo lugar está la abundancia de factorías de nombres japoneses, los auténticos gobernados de Aguascalientes, y el crecimiento de las urbes, el brote -así parece- de viviendas pequeñas, amontonadas una al lado de la otra.

Me acuerdo de hace unos 20 o 25 años… Cuando iba uno a comer carnitas a San Pancho, esta población terminaba justo al norte del nuevo templo, y entre ahí y el segundo anillo de circunvalación lo único que había era campo; harto campo, aparte de la vinícola de don Nazario Ortiz Garza, y alguna otra empresa, la refrigeradora de la esquina de esta carretera con la de Jesús María, que por cierto ya se convirtió en avenida…

No es que sea un nostálgico del pasado; no. O bueno: sí, aunque sólo sea poquito. Pero sea pasado, presente o futuro; sea como sea, lo que no me gusta es este hacinamiento de gente, de cosas, de tensiones, de progreso…

Al sur de San Francisco de los Romo, que cada vez es menos pueblo y más parque industrial, veo un anuncio monumental que dice: “San Francisco IV, Industrial Park, Available land”, y un número telefónico para que usted se comunique y compre su cachito de tierra disponible y monte una empresa que, para variar, sea subsidiaria de la automotriz… ¿Para qué pondrían semejante anuncio aquí?, ¿para que lo vean los campesinos que vienen a Aguascalientes, o los obreros que acuden a trabajar, algunos de ellos procedentes de zonas tan remotas como Pinos, Zacatecas? ¿Para qué, si aquellos a quienes está dirigida semejante promoción normalmente se mueven en avión?

Esto me recuerda otra publicidad relacionada con el crecimiento económico experimentado en años recientes aquella del mentado pequeño gigante. Se me figura que un pequeño gigante es, a final de cuentas, un enano… Una persona que desarrolla exageradamente algunas dimensiones de su ser, en tanto que otras están deprimidas, si no es que atrofiadas; un enano.

Y sobre el recetario; el libro que motivó este periplo a Pabellón, diré como la mosca que anduvo arando: ¡si viera qué bonito nos quedó?… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).