Carlos Reyes Sahagún
Cronista del municipio de Aguascalientes

Ahora sí… En dos entregas termino con aquella visita que hice a Pabellón de Hidalgo en agosto pasado, que por lo que he escrito parece que duró 15 días, y no el par de horas que transcurrieron. Caminamos la Calle Nueva la doctora Patricia Guajardo -por la apariencia debe ser doctora; segurito-, nuestra guía y este fotógrafo aficionado que soy, en este día bendito entre las mujeres. Nos dirigimos a la última casa cuya cocina deberé atrapar en imágenes para ilustrar el recetario de la señora Josefina Velázquez de León que publicó recientemente el ICA. En la casa a la que nos dirigimos vive una mujer sola, la maestra de deshilado del Museo de la Insurgencia. Nuestra guía toca la puerta y sigue tocando, pero nadie atiende a nuestro llamado, porque al fondo se escucha a todo lo que da un estéreo que difunde música perteneciente al género Ahí ustedes perdonen.

Ya por fin a las quinientas viene una mujer que, todo sonrisas, nos introduce en su hogar. Ustedes disculparán, se justifica, pero estoy regresando de la playa, y apenas estoy limpiando. Luego de una pausa en la que acomoda a las damas en la mesa del comedor, proclama: es la primera vez que voy al mar; aquí a Puerto Vallarta. ¿Ah, sí? ¿Su primera vez?, pregunta Patricia. La mesa del comedor está cubierta con un hule grueso que sirve de protección, y debajo varias imágenes de vírgenes y santos que un día ilustraron un calendario y que por no acabar en la basura acabaron aquí, acompañando a una mujer viuda; contemplándola atentas a la hora de comer, salvo porque quizá más bien hace su vida en la cocina, un espacio rectangular, sin ningún detalle que haga la diferencia con cualquiera otra cocina de estos rumbos. O bueno, sí: en la pared angosta de este rectángulo se observa un pequeño horno empotrado de forma cuadrada, en cuyo lecho yacen cenizas, un ladrillo y un pequeño olote, ligeramente quemado. Por cierto, el diccionario de la RAE ofrece como definición de olote la siguiente, casi poética: corazón de la mazorca del maíz.

¿Ah, sí, su primera vez en el mar?, me pregunto en silencio, y agrego, siempre calladito: el asunto atrae; toda primera vez me interesa. ¿Se imagina, estudiado lector, lo que sería de nosotros; cómo seríamos, si pudiéramos recordar toda primera vez, si fuera posible que experimentáramos nuevamente esos sentimientos primigenios; las sensaciones? El primer soplo de luz, el primer rayo de aire, el primer beso, el primer golpe, el primer amanecer al lado de la mujer amada, la primera visión de la Luna, el primer sorbo de leche, la primera decepción, el primer día de escuela, el primer viaje, el primer salario, el primer libro leído. ¿Se imagina? A lo mejor tendríamos una vida más intensa; más sustanciosa y consciente, o quizá seríamos más desagraciados de lo que somos -si le cae el saco, póngaselo-, digo, por el sentimiento de pérdida que esta sensibilidad traería consigo…

En fin. El hecho es que aquí, al alcance de mi oído, está una mujer que recién tuvo su primera experiencia con algo tan abrumador; tan subyugante, como es el océano. El mar: ¡tan enorme y monótono como la mente de un niño; tan hermoso! Así que aguzo el intelecto a ver si me entero, yo, que ya no me acuerdo de cuando estuve en un puerto por última vez, ¡menos la primera!

La mujer acaba de informar que recién está regresando de Puerto Vallarta, y entonces Patricia pregunta: ¿y qué le pareció? La respuesta tarda en llegar. Ella busca la respuesta en la mente, en su corazón, en la piel. Hurga entre los dientes que muestra en una sonrisa nerviosa, en medio de los ojos, pero la contestación esperada no llegará; esa de lugar común según la cual el mar sería ¡espléndido, maravilloso, grandioso! La mujer busca las palabras adecuadas, aquellas que expresen su primera experiencia marítima, y finalmente las encuentra. No me gusta, afirma contundente, y luego da la razón: es que me embrocó, y acto seguido cuenta la manera cómo fue derribada por una ola y rescatada por sus hijos y nietos. Lo cuenta con tanta gracia, que no puedo menos que sentirme conmovido… Casi puedo imaginar el embrocamiento de la mujer, la ola que llega con fuerza y la arrastra, y luego la arena empujada por el agua, metiéndose por todas partes, entre el traje y la piel

Terminamos con la fotografía, la conversación, y regresamos a la plaza, en donde ha quedado estacionada la camioneta en que vinimos. Pero antes de regresar a Aguascalientes; a nuestras vidas, es preciso realizar una visita a la esplendorosa parroquia de San Blas, antes capilla de la hacienda de San Blas de Pabellón. La visita es obligada por el singular retablo que luce, esos objetos característicos del periodo virreinal, y que además en Aguascalientes son excepcionales. De hecho sólo hay dos: éste y el que está en el templo de Jesús Nazareno de Jesús María. Pero además este tiene un detalle que lo hace más raro aún: normalmente son dorados, pero este tiene partes verde pálido, y además está en inmejorables condiciones.

En fin. Hay que ver el retablo porque, señora, señor: ir a Pabellón de Hidalgo y no visitar la parroquia es como ir a San Francisco de los Romo y no comer carnitas empicadas con chile bola, o como ir a Calvillo y no armarse de una buena dotación de chamucos para el café enamorado… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).