Carlos Reyes Sahagún
Cronista del municipio de Aguascalientes

En Pabellón de Hidalgo, Rincón de Romos, como en prácticamente cualquier urbe, pueblo y rancho de México, los nombres de las calles recuerdan a los héroes que nos han dado Patria, pero que aquí se limitan a aquellos que actuaron en la guerra de independencia, Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Mariano Jiménez, Ignacio Aldama, Mariano Abasolo… Dos excepciones son notables, porque no corresponden a aquella época: Enrique Olivares Santana, gobernador del estado entre 1962 y 1968, bajo cuyo mandato se creó el Museo de la Insurgencia, y otra, la que corresponde a la más oriental de las arterias de la demarcación, seguramente bautizada por Perogrullo con el novedoso y profundo apelativo de “Calle Nueva”.

Otra cosa que abunda en esta geografía de Aguascalientes –pero no en la capital– son los letreros que dan razón de la calle, la casa y la familia que ahí vive. Generalmente se acompañan las palabras con una imagen religiosa, el Sagrado Corazón de Jesús, la Virgen de Guadalupe, san Judas Tadeo, y la declaración de fe, casi una advertencia para que todo aquel que llegue a ese lugar sepa a qué atenerse: Este hogar es católico… También los he visto que agregan que no se admite propaganda protestante.

Me encantaría encontrarme con una placa que informara, por ejemplo: en esta casa rechazamos la corrupción, o somos republicanos o, ya de perdida: le vamos a las Chivas o a los Rieleros, algo así, pero no. Pabellón de Hidalgo no se caracteriza por su diversidad cultural y mucho menos política… Para muchas de estas personas la religión lo es todo, o casi, el asidero obligado de cara a una vida incierta y hasta peligrosa. A propósito de esto, en la calle Mariano Abasolo, en plena banqueta, alguien construyó una estructura en forma de prisma pero con techo de dos aguas, y tres lados de vidrio que permiten observar una estatua del castísimo señor san José, con todo y Niño Jesús y azucena, sus ramos de flores de plástico, y al lado, un par de macetas de forma cilíndrica, por si va usted por ahí y se le antoja detenerse a rezar en plena calle. También recuerdo que la mesa del comedor de la última casa que visitamos en la búsqueda de cocinas para fotografiar, entre el plástico que la cubría y el aglomerado, abundaban las imágenes de viejos santos y viejos calendarios; imágenes grandes y gastadas, por las que el Sol había pasado en incontables ocasiones. Religión en las casas, en las calles, en el cielo, la tierra y en todo lugar.

Pero volviendo al asunto de las placas de las casas, encuentro una diversa a las religiosas. Está en un domicilio de la calle Mariano Jiménez, y sobre la información se ve a un vaquero –no a un charro– que jinetea a una yegua, y al lado de éste, encima del número, un mapa de Texas con todo y estrella solitaria, una cabeza de caballo y una herradura… Veo el objeto y se me figura que expresa la relación que esta familia mantiene con la cultura estadounidense, posiblemente originada por la estancia pasada o presente de algún familiar en Houston o en Dallas.

Por esta última Calle Nueva andamos la directora editorial del Instituto Cultural de Aguascalientes, la maestra Patricia Guajardo –la observo y advierto que la actriz italiana Monica Belucci se le parece, y mucho–, Fabiola, trabajadora del museo que actúa como nuestra guía y este servidor de la palabra, que ha encontrado en la fotografía un analgésico capaz de neutralizar más de algún dolor del ánima.

Recorremos las calles en busca de cocinas para fotografiar; imágenes que ilustren una nueva edición del legendario recetario de Josefina Velázquez de León publicado por el ICA, y mientras caminamos no falta la conversación. Fabiola anuncia que en fecha próxima vendrá “el segundo” del papa… ¡Órale!, ¿estará en esta tierra de nopales y elecciones anuladas el eminentísimo señor Pietro cardenal Parolin, secretario de Estado de Su Santidad? Con todo respeto lo dudo pero me callo mientras ella habla de la organización que se está montando para la recepción de tan alto dignatario. Dice que el motivo del fasto es la conmemoración del 25 aniversario de la erección de la parroquia de san Blas, y que su titular se ha constituido en dirigente de la comunidad y pedido a la feligresía, es decir, a todo el mundo aquí, que pinte las fachadas de las casas; que las adorne. Mientras la mujer habla le doy vueltas al asunto, hasta que se me ocurre proponer: será más bien el nuncio de Su Santidad quien viene, ¿no? Ese, dice ella; ese es el que va a venir. ¡Ah bueno!; así es más creíble.

La influencia de este líder comunitario –el párroco– ha sido tal, que incluso se ha logrado, mediante delicada negociación –digo–, que la industria farmacéutica del lugar no labore ese día para que todo el mundo asista a la fiesta –desde luego a cambio de otra fecha a laborar.

Llegamos a la segunda casa, cuya cocina está unida al comedor, y colgados en las paredes de este, una infinidad de jarritos. En la estufa está la olla de barro de los frijoles, veterana de su labor, tal y como indica el profundo ennegrecimiento de la base. Mientras fotografío distintos ángulos del espacio se habla un poco de la alquimia que significa preparar este, que es uno de los alimentos de los dioses mexicanos. La reina de esta cocina jarreada se muestra orgullosa de su lugar, es una anciana que, dada su apariencia, en su juventud debió romper más de algún corazón. La dama proclama: en una olla así los frijoles tardan una hora y media en estar listos, pero hay que poner la sal al final, porque de otra forma se hacen duros. Pues mucho gusto, pienso, yo, que lo más que sé de cocina es comer… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.migrante@gmail.com).