Carlos Reyes Sahagún
Cronista del municipio de Aguascalientes

En un par de ocasiones tuve la oportunidad de contemplar el pueblo de Pabellón de Hidalgo desde el techo de la parroquia… Aparte del espléndido paisaje serrano que se divisa desde esa barroca altura, con su abrupta elevación, sus partes verdes y sus relices, es posible observar, diseminadas en varias zonas del pueblo, las evidencias de la gran hacienda que fue ese lugar; los restos de las instalaciones que sirvieron para almacenar y/o procesar los frutos de la tierra y del trabajo del hombre, y los implementos para su producción y cuidado.

Ahora que rememoro esta imagen; que veo en mi mente los techos de las casas, los tinacos, las tuberías, los chiribitiles, me acuerdo de un par de textos del poeta José Juan Tablada, que constan en su libro de memorias “La feria de la vida”. Y dice: “Después de aquel pueblo he visto mil, y ninguno me hizo el efecto de ser próspero… Todos parecen en decadencia; todos cuentan una historia de grandeza desvanecida, de un pasado mejor venido a menos”. Posteriormente, en el mismo volumen, recuerda “la desolada tristeza de los pueblos nuestros, que parecen deshacerse en ruinas lenta y dolorosamente, sin acabar de desplomarse de una vez”.

Así se me figura que es, en parte, Pabellón de Hidalgo, con los restos de la hacienda expuestos al Sol, recuerdos de un pasado de grandeza; unos que parecen cadáveres insepultos, y otros que han adquirido una nueva vida, como la casa grande, hoy Museo de la Insurgencia –la capilla se convirtió en parroquia y la presa sigue cumpliendo la misma función que cuando fue edificada.

Pero lo que yo no sabía es que no todo el edificio corresponde a la institución cultural. Ambos extremos, norte y sur, son casas. De hecho, en la del lado norte comenzamos el recorrido de fotografía de cocinas, la maestra Patricia Guajardo, directora editorial del ICA, y este servidor de la palabra devenido en fotógrafo aficionado.

Mientras busco el mejor encuadre posible y acciono la cámara; conversamos con la reina de este espacio. Recuerdo la primera ocasión en que me apersoné en este lugar, hace… unos 30 años, por invitación de Consuelo Meza Márquez y su compañero, Javier Buj, que tenían una casita allá en el poniente, en el fin de la civilización presente en este pueblo y el principio de la naturaleza… Y resulta que la señora de la casa los conoció. Entonces, el momento nos sirve también para actualizar nuestra información sobre ellos.

Y bueno, yo debo a ambos personajes cosas importantes de esta vida, y que por eso mismo mantengo una deuda imperecedera: a ella mi incorporación a la universidad, y a él la enseñanza de tres preguntas fundamentales de la existencia: ¿quién soy; para qué estoy aquí; dónde cobro?…

Y a propósito de cuestionamientos importantes, ¿qué fue, pues, el progreso? ¿Qué es? Le doy vueltas al tema mientras recorremos el pueblo, rumbo hacia otra cocina para fotografiar. La pregunta surge, regresa, ante la contemplación del lugar, que a esta hora, medio día, hace gala de una tranquilidad envidiable, de auténtica calidad de vida. Caminamos por calles cuyo arroyo ha sido embaldosado, y ciertamente a más de una casa no le vendría mal una manita de tigre a fin de mejorar su apariencia y funcionalidad pero señora, señor: teniendo en cuenta aquella máxima de Antoine de Saint-Exupéry, de que lo esencial es invisible a los ojos; sólo se ve bien con el corazón, lo que el mío observa es una calma muy propicia para instalarse cómodamente en la contemplación de las estrellas; ver si el claro de luna llena alcanza a reflejarse en la piedra viva de la serranía cercana –¿por qué se utilizará la expresión piedra viva en referencia a algo que no es orgánico; que carece de vida? De seguro será por la misma razón que se habla de piedra desnuda; será por eso–. En verdad ya quisiéramos semejante tranquilidad en esta capital regional del progreso.

Pensándolo bien, es precisamente la hacienda; sus restos, lo que le da su personalidad a Pabellón de Hidalgo; esa singularidad que lo caracteriza, un paisaje urbano que nadie más en Aguascalientes tiene. Pero basta salir de la zona, digamos, hacendaria, y la urbe pierde su fisonomía especial y adquiere aquella otra que comparten esos mil pueblos de que hablaba el poeta Tablada, o por lo menos infinidad de ellos en Aguascalientes, pueblos, comunidades y ranchos: calles silenciosas, roto el silencio de cuando en cuando por el paso de una camionetota con el estéreo a todo volumen, exhalando música de banda casi hasta el límite de sus fuerzas, banquetas angostas, vehículos con placas extranjeras, muchos de ellos viejos, fuertes candidatos al desguace, camiones de volteo desvencijados o en plena faena de reparación, y entre las banquetas y el arroyo de la calle, un espacio de tierra cubierto con arbustos y arbolitos que ofrecen a la vista coquetas flores que casi estorban la marcha del viandante, como si de esta forma dijeran; nos dijeran: detente caminante. ¿Qué prisa llevas? ¡Hay más tiempo que vida y mucho por contemplar! Detente un instante y permite que tu ánima se solace con mis formas y colores; con mis texturas.

De nueva cuenta me rezago de la procesión en la que ando, y por un momento me dejo atrapar por el panorama vegetal. Entonces me acuerdo de aquella canción de Facundo Cabral, cuya letra dice: “pobrecito mi patrón, piensa que el pobre soy yo”. Quizá así le dijera Pabellón de Hidalgo a Aguascalientes… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).