Carlos Reyes Sahagún
Cronista del municipio de Aguascalientes

 Pabellón de Hidalgo se llama así en recuerdo del paso del Padre de la Patria por este pueblo, en enero de 1811, pero algunas personas se refieren a este lugar como “La hacienda”. Así lo indican también muchas combis que van a esa demarcación. ¿Por qué esta disparidad? El hecho me llama la atención, en la medida en que ambos nombres evocan cosas distintas, y hasta contradictorias.

La primera recuerda la lucha por la libertad y procede de la decisión gubernamental de recordar al Padre de la Patria, no sólo con el nombre del lugar, sino también con el museo que, como usted recordará, fue el primero que hubo en Aguascalientes. A esto hay que sumar la influencia que esta institución ha ejercido sobre la comunidad a lo largo de poco más de 50 años. Por cierto, si usted busca el poblado en Google maps, lo primero que aparecerá en la pantalla no será el museo, sino una industria farmacéutica, un taller de arreglo de teléfonos móviles y un negocio de micheladas. ¿Significará esto algo?

El segundo nombre recuerda a la empresa agropecuaria que tuvo ahí su sede, la Hacienda de San Blas de Pabellón, una de las más grandes de la región –unas 45,000 hectáreas-. La hacienda, usted lo sabe, fue la unidad productiva que los gobiernos emanados de la revolución decidieron que era el monumento a la ignominia nacional, uno de los pilares del odiado régimen porfirista, fuente del sometimiento y la explotación del campesino. La hacienda fue durante décadas el trozo de carne que nuestros libertadores arrojaron a los ideólogos del régimen para que se alimentaran y nos alimentaran; a los historiadores oficialistas, los compositores de corridos, los guionistas de cine y dramaturgos, para que todos los mexicanos aprendiéramos a ver en la hacienda, en la prepotencia de los patrones y en la tienda de raya, los signos más obvios de esclavitud…

Pero esta disparidad en los nombres es un asunto muy peliagudo como para resolver en el lapso del par de horas que estaré aquí, para la toma de fotografías de cocinas que ilustrarán el libro “Cocina de Aguascalientes”, de Josefina Velázquez de León, a publicar por el ICA. Ando en la Calle Nueva, en la entrada de la Escuela Secundaria General No. 28, General Ignacio Allende y he visto, patio de por medio, un edificio cuya pared tiene una pintura mural que muestra la escena del despojo al padre Hidalgo del mando del ejército insurgente por parte de los jefes rebeldes. Como la reja del centro escolar no tiene candado, entro y me encamino hacia el patio, en donde está el edificio que tiene el muro pintado, y entre tanto grito algo así como ¡buenos días! o, ¡hay alguien ahí?; algo así. No vaya a ser que en estos tiempos de corrección política y desconfianza, me acusen de allanamiento de morada, despojo, o algo así.

Pronto se apersona ante mí el intendente, un hombre de unos 35 años, robusto, metido en pantalones de mezclilla y una playera azul, y le explico el por qué de mi intromisión. ¡Ándele, sí!, dice ¡pásele!, y le paso a ver el mural; a fotografiarlo. Avanzo no sin pensar que este hombre al que no conozco ni me conoce, me ha recibido con una sencilla amabilidad, y me ha dejado entrar sin previa averiguación de por medio. Esto me conmueve, y mientras acribillo a Hidalgo y a Allende; a Jiménez e Iriarte, me pregunto qué será el progreso, porque por aquí no veo mucho que digamos. Pero en contraste pareciera que este señor lo tiene todo, incluyendo educación y amabilidad, y me recibe como si me conociera de toda la vida. En cambio en Aguascalientes, en donde hay harto progreso, nos hemos vuelto desconfiados, hoscos, extraños unos de otros… ¿Qué es el progreso?

Lástima que la cornisa del edificio proyecta una sombra sobre la pintura mural, que desmerece en las imágenes que estoy obteniendo. El mural es una reproducción de la pintura que llevó a cabo el maestro Alfredo Zermeño en el Museo de la Insurgencia hacia 1964, y muestra el momento de la discusión entre los jefes de la rebelión anti española. Por cierto que esta reproducción es lamentable. El brazo de Allende es tan largo que se torna monstruoso, las manos de todos resultan casi simiescas, y a uno de los personajes, creo que Iriarte, su cráneo, su pelo blanco… Pareciera un vendaje colocado ahí luego de una operación del cerebro, y luego está el escorzo, esa técnica que permite representar los objetos de manera perpendicular a punto de observación, dándoles la suficiente profundidad, que en este caso resulta fallido, y si de perfiles hablamos, la cosa no mejora.

Independientemente de esto me interesa documentarlo, y para ello lo fotografío. Veo las imágenes y no… No acaban de gustarme, pero a esta hora no hay de otra. Así que sería bueno venir en la tarde, cuando el Sol esté del otro lado y no haya sombra que estorbe. ¡Ándele!, dice el hombre, ¡cuando guste! Entonces vuelvo a preguntarme: ¿Qué fue el progreso, pues?

Pero ya vienen de regreso la directora editorial del ICA, Patricia Guajardo, y los damnificados del balón ponchado por la camioneta en que llegamos a esta, como decían los antiguos, comprensión administrativa. Vienen los niños triunfantes, con un balón nuevecito; listo para ser debida y gozosamente pateado, y entonces Patricia y yo nos encaminamos de regreso al Museo de la Insurgencia.

Mientras llega la persona que nos conducirá a las casas cuyas reinas y señoras facilitarán la cocina para ser fotografiada, recorro la exposición temporal dedicada a Manuel M. Ponce, con objetos que pertenecieron al compositor del poema sinfónico Ferial, un espléndido conjunto escultórico, pequeño, que representa a doña Mariquita de la Asunción en el acto de ser llevada al cielo, unos muebles, fotografías…

Pero ya llega Fabiola, quien nos guiará por el pueblo para alcanzar nuestro objetivo. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).