Carlos Reyes Sahagún
Cronista del municipio de Aguascalientes

Ya se divisa en lontananza el fin de este año de tormenta tropical que tuvo una fallida vocación de huracán. En abierta violación del refrán que proclama que “no por mucho madrugar amanece más temprano”, hace días que comenzaron a aparecer los signos de la temporada. En algunos lugares se solicitan personas que le den un empujoncito al Niño Dios, para que muchos que sí son niños, pero no dioses, reciban en navidad un regalo que avive su esperanza; algún artilugio que curve sus labios, aunque sea de plástico. Los comercios se pertrechan para librar la batalla por el aguinaldo, en tanto se desempolvan los árboles anglosajones, se ofrecen arcones y otros productos de temporada. Finalmente, es seguro que ya un montón de abejitas, flores y soldados de plomo ensayan el Cascanueces, para hacer las delicias de sus amantísimos padres y amigos que los acompañen, aparte de que los diablos sacan lustre a sus cuernos y los ángeles perfuman sus alas para disputarse a los pastores que de seguro; segurito, irán a Belén… Todo ello en medio de unos calores extemporáneos; de fin del mundo, que hemos padecido.

En fin, que este año se ha enfermado, y próximamente entrará en una agonía de la que no se recuperará, para pasar a mejor vida muy puntualmente en la media noche del 31 de diciembre. Así que preciso comenzar a cerrar algunos temas que abrí durante el periodo, básicamente tres: el 180 aniversario de la fundación del estado de Aguascalientes, el 50 aniversario de la constitución del municipio de Pabellón de Arteaga y el balón de futbol siniestrado en Pabellón de Hidalgo -que en realidad es sólo el pretexto para hablar de este lugar, por el que tengo cierta predilección-, aparte de que tal vez dedique una nueva entrega al tema de la Segunda Guerra Mundial, que también abordé en meses pasados.

Si bien es cierto que finiquité este último asunto, hace unos días recibí un ensayo por demás interesante, escrito por el señor contador Jorge Romo, cuyos aspectos principales quiero compartir con usted, aplaudido lector, y si digo que “tal vez”, es porque para mí ya le queda poco tiempo a este lapso: sólo seis entregas de aquí al fin de año, y si luego sucede que le envío alguna postal navideña, pues menos acabo en tiempo y forma.

Aparte de estos temas, también es justo y necesario dedicar una entrega al desaparecido profesor J. Refugio Esparza Reyes, otra al libro de cocina que me llevó a Pabellón de Hidalgo en meses pasados, una más a un congreso de investigación que tuvo a la UAA como sede, otra a un libro de la doctora Cecilia Pérez Talamantes, que se presentará próximamente, etc. O sea que por temas no paro, y lo bueno es que a mí no me importa cerrar este año por ahí de febrero o marzo del próximo -es un decir-.

Así que corre y se va, primero con el asunto del balón y Pabellón de Hidalgo. Como ya hice de su conocimiento, hace unos meses fotografié una serie de cocinas que ilustraron una nueva edición del libro Cocina de Aguascalientes, de la paisana Josefina Velázquez de León, publicado recientemente por el Instituto Cultural de Aguascalientes.

Varias de las instalaciones fotografiadas están en Pabellón de Hidalgo, a donde acompañé a la directora editorial del ICA, la maestra Patricia Guajardo, para realizar esta tarea. Nada más entrar al poblado la camioneta en que íbamos cometió un balonicidio -diría el tremendo juez de La tremenda corte-… Una pelota que vino rodando desde un espacio empastado, en el lado sur de la plaza, explotó incapaz de soportar el peso del automotor. Estacionado el vehículo a las puertas del Museo de la Insurgencia, vinieron los dolientes del balón fallecido. La maestra Guajardo, que estaba a cargo de la expedición, se comprometió a satisfacer la demanda de los niños futbolistas. Entonces recorrimos la parte oriente del poblado en busca de un comercio donde reponer al difunto, y mientras caminamos las calles que honran con su nombre a los héroes que nos dieron Patria, hablamos de futbol, hasta que cambié de tema. Interesado por la visión de estos infantes, les pregunté si conocían Aguascalientes. Todos a una contestaron que sí.

No crea que se trata de una pregunta obvia, o de lugar común; no. Quizá le asombraría saber que hay aguascalentenses que no han estado en la capital. He conocido niños -en Mesillas, Tepazalá, por ejemplo- que nunca han venido a esta metrópoli, y no se me olvida una señora -en un rancho de Pabellón de Arteaga-, que evitaba a toda costa apersonarse en esta urbe, que porque se engentaba. Pero estos niños sí conocen; sí han estado aquí. Como su tema predilecto es el futbol, acto seguido les pregunto si han ido al Estadio Victoria, y ahí sí, todos niegan.

En fin, pero hay otras cosas que me interesan más que el futbol, y pronto me rezago de la procesión, en principio atraído por un mural que vislumbro en la Escuela Secundaria General Ignacio Allende que, siendo sábado, está vacía y cerrada, aunque no con candado.

A propósito de la escuela y de esta pintura, que honra una vieja tradición de muralismo escolar, y que retrata el momento de la discusión entre los jefes insurgentes, ocurrida en algún momento del 24 o el 25 de enero de 1811 en la casa grande de la Hacienda de San Blas, es posible afirmar que muchas cosas en este lugar parecen girar en torno a estos hechos; comenzando por el nombre del poblado.

Como digo, muchas cosas aquí hacen referencia al episodio independentista, la vieja casa grande de la hacienda, hoy convertida en Museo de la Insurgencia, los nombres de las calles, los de las escuelas, las obras de teatro que se presentan de cuando en cuando. Pero algunas personas siguen refiriéndose a este lugar como “la hacienda”… Esto me invita a preguntarme hasta qué punto la gente se ha apropiado de los hechos históricos ocurridos aquí. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.migrante@gmail.com).