Luis Muñoz Fernández

Los problemas a los que hemos de enfrentarnos son, cada vez más, las crisis mundiales de un organismo global, no la contaminación de un arroyo sino la contaminación de la atmósfera y el océano. Cada vez más, la muerte que ocupa la imaginación del ser humano no es su propia muerte sino la de todo el ciclo vital del planeta Tierra, con respecto al cual cada uno de nosotros no es más que la célula de un organismo.

 

C.D. Stone. Shouldtreeshave standing?Toward legal rightsfor natural objects, 1972.

 

En relación al párrafo que abre este escrito, el poeta, filósofo y activista ecológico Jorge Riechmann (Un mundo vulnerable, 2005) comenta lo siguiente:

Aunque habrá sin duda quien encuentre inadecuada la última analogía –al fin y al cabo, nosotros como “células” poseemos consciencia, y la Tierra como “organismo” no la posee–, la observación de Stone da en el clavo al identificar un cambio de trascendental importancia. Se trata, en efecto, de la “aparición de la biósfera como una entidad finita, mortal, vulnerable y amenazada por la acción humana”; y también en este caso la ética –y la poética, claro está– deben intentar ponerse a su altura. Ética, ecología: dos campos de problemas cuya vastedad sobrecoge. La “nueva” vulnerabilidad del mundo nos interpela dramáticamente como agentes morales.

El verbo interpelar tiene tres acepciones en el Diccionario de la Real Academia. La primera es exigir que se cumpla una obligación. La segunda, plantear un debate amplio. La tercera, al parecer en desuso por la secularización del mundo, es implorar el auxilio divino. En relación a la situación actual que podemos calificar sin exagerar de devastación planetaria, los tres significados de interpelar –el tercero habrá que ponerlo de nuevo en circulación son más indispensables que nunca.

Los geólogos han dividido la historia del planeta en diferentes etapas. Lo han hecho estudiando los estratos o capas de tierra y rocas que se han ido asentando a lo largo de dilatados períodos de tiempo. Sus unidades temporales desafían nuestra imaginación, pero permiten disponer de un marco cronológico que, además de ofrecer una visión panorámica de la formación y evolución de la Tierra, también sirve de fondo para entender y describir la historia de la vida que se ha desarrollado en ella. Los avatares de la biósfera.

Hace 65 millones de años que se acercó a la Tierra un meteorito de 12 kilómetros de diámetro. Viajaba a una velocidad de 20 kilómetros por segundo y chocó en un punto de la costa yucateca que hoy llamamos Chicxulub (“pulga del diablo”, en maya). El impacto dejó un cráter de 10 kilómetros de profundidad y 180 kilómetros de diámetro.

Como resultado de la colisión, se extinguió el 70% de las especies que en aquel entonces poblaban la Tierra; y con ello terminó la Era Mesozoica, en la que se habían enseñoreado los reptiles, para dar paso a la Era Cenozoica, la de los mamíferos. Con un regusto de ese antropocentrismo que no encandiló por siglos y que tanto se ha empeñado en apuntalar el discurso católico, se dice que los seres humanos somos el producto final del Cenozoico.

Según la combinación de plantas y animales particulares de cada momento, los estudiosos dividen la Era Cenozoica en siete épocas: el Paleoceno, el Eoceno, el Oligoceno, el Mioceno, el Plioceno, el Pleistoceno y el Holoceno. Uno supondría que en estos momentos vivimos en el Holoceno, pero no es así. Los científicos han llegado a la conclusión de que por primera vez en la historia de la Tierra, el hombre, esa célula a la que hace referencia el epígrafe, ha impreso por sus propios medios una huella en el planeta que supera las dimensiones del Cráter de Chicxulub. Y por la naturaleza de esa huella, la célula humana es maligna. Ya lo dijo Aldo Leopold: “El hombre es el cáncer de la Tierra”.

Recientemente, un grupo de científicos acordaron tras siete años de estudios que desde 1950 hemos entrado en una nueva época geológica a la que han llamado el Antropoceno, si bien ellos no inventaron el nombre que fue acuñado por Paul Crutzen y Eugene Stoermer en al años 2000. Alejandro Cearreta, el único español en el Grupo de Trabajo sobre el Antropoceno (AWG, por sus siglas en inglés), lo define como “el momento en el que los humanos conseguimos cambiar el ciclo vital del planeta, cuando los humanos sacamos al planeta de su variabilidad natural” (Bienvenidos al Atropoceno. El País, 9 de septiembre de 2016).

Aunque ya anteriormente se había propuesto el inicio del Antropoceno en 1800, coincidiendo con la Revolución Industrial, luego se desechó la propuesta ya que el inicio de la Revolución Industrial no dejó una huella física global y sincrónica en los estratos geológicos. Si ahora se ha determinado fijarlo en 1950 se debe a que en esa época se hicieron numerosos ensayos de bombas atómicas que dejaron residuos de plutonio y otros isótopos radioactivos que pueden ser detectados hoy en los estratos terrestres de todo el planeta y que son resultado de aquellas explosiones a mediados del siglo pasado.

La huella humana que ha provocado este cambio tan profundo se debe además a “los humanos y sus plásticos, sus emisiones de gases, los desechos de sus industrias, la alteración de ecosistemas, la desaparición masiva de biodiversidad, la acidificación de los mares… Muchos de estos cambios son geológicamente de larga duración, y algunos son irreversibles”, señalan los miembros del AWG.

Para Edward O. Wilson, el concepto del Antropoceno tiene pleno sentido. Así lo afirma en Half-Earth. Our’s planet fight for life (La mitad de la Tierra. La lucha de nuestro planeta por la vida, 2016):

Supongamos que en un futuro lejano los geólogos excavaran en la corteza terrestre para estudiar los estratos de los últimos mil años de nuestra época. Encontrarían capas bien definidas de suelo modificado por sustancias químicas. Reconocerían las señales físicas y químicas de los cambios climáticos acelerados. Descubrirían abundantes restos fósiles de animales y plantas domesticados que habían reemplazado súbita y globalmente a la mayor parte de la fauna y flora anterior a la llegada del hombre. Encontrarían fragmentos de máquinas y un auténtico museo de armas letales.

“El Antropoceno”, dirían aquellos futuros geólogos. “Desafortunadamente, combinaron el rápido progreso tecnológico con lo peor de la naturaleza humana. ¡Qué época tan terrible para los seres humanos y para el resto de los seres vivos!”.

¿Estamos todavía a tiempo de evitar un destino terrible para nosotros y, sobre todo, para las futuras generaciones? Volvamos a las reflexiones de Jorge Riechmann:

Mientras el desenlace sea incierto, tenemos que seguir oponiéndonos a la catástrofe. Y se pueden hacer cosas: muchas. Para mí, tres son esenciales:

  • Una transformación interior: abandonar la pasividad.
  • Una transformación personal: cambiar de modo de vida.
  • Una transformación de nuestras relaciones sociales: optar por la acción colectiva; organizarnos para defender valores de justicia, solidaridad, emancipación y respeto por la naturaleza; exigir más democracia y luchar por conseguirla.

 

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