Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

23 de mayo de 2015. En el Estadio Victoria se juega el partido por el ascenso a la primera división, entre Dorados de Culiacán y Rayos de Necaxa. Arranca el partido, y esto señala el momento de la primer muertita, aunque ciertamente, y con las horas de espera a cuestas, a estas alturas más de alguno debe ir por la tercera o cuarta, pero no yo, que soy conductor resignado… ¡Una cerveza! Pero nada de cubetero, que está atorado allá, arriba de la gradería.

Delante de nosotros, mi Venus y yo, está uno de esos típicos aficionados, apasionado, justiciero, conocedor del juego hasta más que los propios jugadores; que el mismísimo profe que entrena al equipo. Grita, gesticula, alza los brazos y muestra su índice de fuego, señalando a los jugadores las posiciones que en su muy estudiada opinión deberían tomar. Si hay una falta en contra de un rojiblanco se levanta, grita y maldice, al ofensor, al árbitro y a lo peor hasta a la vida, aun cuando el nazareno sancione en favor de los locales. Desde luego no cae en la cuenta de que nadie en la cancha repara en su presencia; en sus consejos, cosa que, por otra parte, tampoco le importa. Por momentos –pero sólo por momentos- resulta más atractivo observar a este y a otros jóvenes, que el partido…

Corre el minuto 35 de la primera mitad. El mercado de las muertitas está cañón; ¡nomás no llegan! ¡Cerveza, cerveza, cerveza heladaaaa! ¡Vaya dilema!: atender al partido o permanecer al acecho del cubetero cervecero. En el mejor de los casos el hombre, abrumado por las solicitudes, voltea y dice: pérate tantito, pero nada. ¡Ay, qué tiempos aquellos, en los que había dos cubeteros por cada espectador…!

Viene la pausa del descanso y luego la reanudación del cotejo. La noche se viene encima pero relampaguea. Muy cerca del estadio el firmamento se ilumina tenuemente, una y otra vez, aquí y allá; acribillado incesantemente por la luz de estos relámpagos de mayo.

¡OOOH! ¡Rayos va a volver, a volver, a volveeer! ¡Rayos va a volveeer! El canto es apremiante, rápido, y crece… ¡Rayos! ¿Cómo es posible que estos Dorados resistan semejante presión? Una falta del No. 57 de los sinaloenses que provoca tarjeta amarilla se sobrepone al grito, que luego regresa, hasta que, 7.20 minutos después de haber iniciado, cesa, sustituido por un saque de meta del arquero enemigo, que usted sabe cómo se saluda. ¿Qué le gritan? ¿Bruto? ¿Tubo?

El sonido local da cuenta de la asistencia de esta noche: 23,839 personas, y agradece a todos su presencia. Es el minuto 30. ¡OOOH! ¡Rayos va a volver, a volver, a volveeer! ¡Rayos va a volveeer! Ahora el grito dura justo hasta que se produce el milagro, pero al revés; en contra, pues… Raúl Enríquez supera a Chuchito Gallardo y perfora su meta.

Recuperados de la impresión, los gritones vuelven a la carga, aunque ciertamente con menos intensidad. También regresa la lluvia; la siento en mi playera necaxista; en mis brazos, pero no la veo. ¡No importa, carajo; no importa! ¡Ahorita nos recuperamos! ¡Es nomás pa’cerla de emoción, pero ahorita llegan los goles!, ¡ahorita!… Un nuevo grito ensaya esta multitud, en tanto los rayos caen una y otra vez, la furia de Zeus necaxista desatada por este atrevimiento dorado: ¡Sí se puede, sí se puede! No es lluvia propiamente lo que cae, sino la promesa de ella. ¡Ora, cabrones, que vamos perdiendo! En el suroeste continúa el relampagueo. Las porras se acaban; ya sólo queda el grito caótico, emocionado, que va y viene, y alcanza su máxima cresta en el minuto 81, cuando Dorados anota por segunda vez.

Es el fin; el 2 a 0 definitivo. Como dijera mi maestro, don José Dávila Rodríguez: ya valió lo que se unta al queso… Todavía no lo sabemos, pero aquí acabó todo; no tenemos conciencia de ello porque los cantos están a todo lo que dan. ¡Todavía hay tiempo, todavía hay tiempo! ¡Ahorita se recuperan!… Pero el tiempo se acorta en tanto las caras se alargan. En la tribuna se inicia un aventadero de cosas, vasos, restos de botana. La policía corre hacia la zona de bancas, a fin de resguardarla. ¡Ora, perros! No sean así!… ¿Qué no ven que somos gente buena?

El desorden crece, la ira y la decepción se abren paso a un grado tal, que desde el sonido local se pide a los aficionados no arrojar objetos a la cancha. Esto perjudica más al equipo local y al estadio.

Entonces la llovizna se convierte en vendaval. Fuerte, impulsada por el viento, el agua ahuyenta al respetable de la tribuna, en busca de la popa del Titanic. ¡Sálvese quien pueda! Nos vamos hacia arriba, mi Venus por delante, todo en el más completo orden, salvo aquella señora, que sube a empellones con un niño en brazos. Bueno… Se entiende. ¿Y qué decir de esas otras, mujeres con niños de muy tierna edad, también de brazos, asustados por este despliegue de fuerza y ruido, o dormidos?

De ahí en más nos hacemos lugar unos a otros. Por mi parte me pierdo el juego; se me escapa, ¿ya qué? Pero no es el 2 a 0 lo que me distrae, sino esta lucha por mantener el equilibrio entre tanta gente, y en plena escalera. Y además está la lluvia, que cae hacia un lado y hacia otro, movida por el viento. ¡Qué espectáculo alucinante! ¿Qué importa mojarse? ¡Qué maravilla la lluvia! El diluvio iluminado por las luces del estadio, de una intensidad tal que el otro extremo del Derrota se observa desdibujado, como si se tratara de un cuadro de Vincent Van Gogh, quizá La noche estrellada sobre el Ródano, o El jardín del doctor Gachet en Auvers; alguno de estos cuadros maravillosos.

El tiempo llega a su plenitud y el nazareno pita su silbato por última vez y levanta el brazo. Se acabó. Otra vez la burra al trigo… Lástima que, terminado el juego, los jugadores rojiblancos se hayan ido al vestidor, cediendo a los visitantes la recién conquistada cancha. Se fueron sin siquiera ir al centro a despedirse, como obliga la más elemental educación y el homenaje a la afición de cada 15 días. Ir al centro aunque fuera sólo para recibir una rechifla monumental, o a lo mejor hasta un aplauso. Pero no. Los jugadores se pierden; se desvanecen de la misma forma en que Dorados desvaneció la esperanza… Quizá sea esta actitud la forma que asume la conciencia de lo ocurrido, la manera en que nos dicen: pudimos pero no quisimos, o la tuvimos al alcance de los pies, pero la dejamos ir.

Ni modo; Necaxa no pasó de año, y se queda a repetir. Los campeones reciben el trofeo, y dan la vuelta a la cancha, sólo para recibir, de cuando en cuando, algún vaso de plástico vacío, el grito insultante; impotente, que en alguna medida mitigue la frustración; ¡lo que haya a la mano pa’ventarles! Los policías observan esto y refuerzan su presencia detrás de la portería norte, donde sigue la porra, y alzan los escudos. A despecho de la presencia policial, también de ahí caen algunos vasos de plástico. Pero nada de esto importa a estos jóvenes que siguen su carrera, felices de haber alcanzado el triunfo. Visten una nueva camiseta, que muestra la leyenda: la hicimos de pez. El sonido local emite el lugar común de estos momentos, la canción del grupo de rock Queen, Somos los campeones/no hay tiempo para perdedores/porque somos los campeones… A esta sigue Me vale, de Maná… ¡No me importa lo que piensa la gente de mí! … ¡Me vale lo que piensen, hablen de mí! ¡Es mi vida y yo soy así! Me vale, vale, vale, me vale todooo! ¿A quién le vale; qué es lo que le vale? ¿Qué Necaxa haya perdido, que Dorados haya ganado, que mucha gente se vaya frustrada; decepcionada? ¿Eso es lo que le vale a la directiva; a los jugadores? ¡Si no me entienden o comprenden, pues ya ni modo, porque me vale, vale, vale; me vale todo!… Francamente la inclusión de esta pieza además de impertinente, me parece una provocación.

La última y nos vamos. De maná viene el salsero Marc Anthony y su Vivir la vida: A veces llega la lluvia/Para limpiar las heridas/A veces solo una gota/Puede vencer la sequía… En la pantalla del anfiteatro se lee: Nos vemos el próximo torneo. Gracias, afición. Afuera, en la oscuridad nocturna, sigue la fiesta, algunas partes de la explanada anegadas, el agua formando pequeñas corrientes en el arroyo de la calle Manuel C. Escobedo. Dentro del estadio la porra sigue proclamando el regreso de Necaxa…

3 epílogos 3.

1: En el lado poniente del estadio, en la puerta cochera de los vestidores de los jugadores locales, está una pareja de jóvenes, ella medio ahogada en cerveza. Llora y grita: ¿para eso el viaje; para que me paguen así? ¡Hijos de la chingada; no tienen madre!

2: ¡Todo es culpa de la diputada Tere Jiménez, por haber tocado el trofeo antes del juego!

3: Necaxa parece ser el eterno campeón de los torneos cortos; el ya merito que parece haber llegado para quedarse. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.hotmail.com).