Ómnibus de México

Por J. Jesús López García 

 En el recién inaugurado Patio de las Jacarandas, que se localiza en la colindancia oriente del Teatro Morelos, hasta hace poco sobrevivía de manera muy desdibujada lo que fuese el edificio inicialmente del Servicio Medrano y posteriormente la terminal de Ómnibus de México a partir de los años cincuenta. Original al ser el transporte rodado de motor en aquel entonces no sólo una novedad utilitaria, sino el aviso de lo que sería el principio rector de muchas de las acciones de planeación de la ciudad.

La calle José María Chávez, ahora andador peatonal con un túnel debajo sobre la que estaba dispuesto el edificio, era la vía de llegada al corazón de la ciudad por lo que con el uso cada vez más extensivo del camión como medio alterno –y cada vez más demandado– al ferrocarril, hubo que ensanchar el arroyo, incluso modificando los paramentos de edificios en su parte oriente durante los años sesenta para permitir las maniobras del vehículo y facilitarle su operación. Tal vez ello a nuestra sensibilidad contemporánea resulte incluso bárbaro, pues entre las fincas intervenidas se encontraba el Palacio de Gobierno –aunque, a decir verdad, se hizo con el propósito de alinearlo con respecto a toda la calle, esto en los cincuenta– pero en aquel momento al parecer la modernidad no escatimaba recursos para abrirse paso, de manera literal.

Por otro lado, hay que tener presente que el transporte rodado se involucró en la planeación de las calles de nuestro continente desde hace quinientos años, ya que en tiempos prehispánicos, ante la ausencia de animales de tiro era prácticamente inexistente –las llamas y alpacas andinas son utilizadas para carga, no para tiro–. En varios de los añejos inmuebles de nuestra urbe aún puede apreciarse guardacantones, a manera de basamento en columnas colocadas en las esquinas de las manzanas, ello para cuidar de no despostillar las aristas de los edificios.

Actualmente no es sólo la especificidad técnica del funcionamiento de los vehículos, sino también sus múltiples formas de involucrarse con la ciudad, pues la capacidad de carga y su velocidad son muy superiores a los medios tradicionales, es por ello que la planeación se instrumenta con base en líneas rectas en amplias secciones para facilitar la franqueza y rapidez de los desplazamientos, de ahí que el edificio de Ómnibus de México fuese sólo la cristalización de toda una serie de medidas urbanísticas previas.

El edificio en sí enmarcaba con su uso lo que hace casi setenta años era visto como símbolo de modernidad: especie de puerto de acceso a la ciudad para visitantes foráneos que empleaban un medio de transporte tecnificado, además con una localización en uno de los paramentos de la Plaza de Armas, a un costado de la Catedral, en escuadra a los palacios Municipal y de Gobierno, y a diferencia de ellos, empleando un lenguaje formal identificado plenamente con el siglo XX: el Art Déco.

De ese estilo eran apreciables sus líneas rectas que lo mismo enmarcaban la curvatura que suplía la esquina –modo con el que se ampliaba virtualmente la fachada–, que constituían superficies en una sucesión de componentes que otorgaba textura a los muros base del edificio contrapuntados con los salientes constituidos por balcones y marquesinas. La utilización del concreto armado permitía vanos de proporciones más horizontales que las presentadas por los antiguos vanos verticales, por lo que la obra lucía mucho más <<abierta>> que las fincas contiguas.

El inmueble dispuesto en tres niveles poseía además una escala urbana inédita en su contexto pues no sólo era la altura sino la disposición de utilización de las diferentes plantas lo que permitía distintos grados de infiltración y por tanto, un mayor involucramiento con el contexto que le daba una mayor urbanidad: En el nivel de acceso locales para servicios de intensa actividad y muy abiertos al exterior –antes, como se acotó, de servir como estación de llegada y partida de la empresa Ómnibus de México, lo hizo como gasolinera del Servicio Medrano–, en el segundo piso bufetes y oficinas especializadas dirigidas a un público más filtrado, entre las que se encontraba el despacho del arquitecto Francisco Aguayo Mora, autor del proyecto y construcción de la obra en 1945.

La mayoría de los aguascalentenses que lo tenemos en la memoria, ubicamos lo que quedó de aquel bloque como el edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores, que presentaba fuertes modificaciones provenientes desde los años ochenta; alteraciones que intentaron darle un tratamiento de apariencia <<colonial>> que modificó totalmente fisonomía y posibilidades de habitabilidad, pero no fueron más que un episodio más en una línea de cambios en el terreno que iban desde demoliciones totales –ahí duró cien años el Portal de Jesús y ahora se encuentra el mencionado Patio de las Jacarandas– hasta intervenciones de remozamiento de imagen. Lo cierto es que es buen ejemplo de la capacidad de reinvención de una ciudad a partir de sus edificios. Lo menos que se puede pedir es que cada época exprese la forma de ser y pensar de los habitantes ¡¡¡de su espacio y de su tiempo!!!