Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Para Enrique Castaingts N., aficionado chipén, in memoriam.

Nadie sabe con certeza el origen de la expresión “olé”. Una versión socorrida que además de ser bonita tiene un respaldo en la tradición de esta fiesta secular que es la de Toros, quiere entenderla como el apócope de la frase “Oj’Alá” que en árabe significa lo quiera Dios o Alá para llamarle por su nombre, y que tendría un sentido de plegaria, que pasaría al castellano como un ruego al Todopoderoso y luego al español como la formulación de un buen deseo, y finalmente a la afición taurina como la invocación al Creador ante la contemplación de una tarea bien hecha, que se le ofrece en trasunto de su sentido primigenio de ofrenda ritual de un mito táurico que se pierde en la memoria escondida del inconsciente colectivo y que, por lo mismo concita la emoción en que el feligrés se incorpora como concelebrante a la par del sumo sacerdote que prepara la ofrenda, desarrolla la ceremonia y consuma el sacrificio.

Alguien dirá, tal vez, que se trata de un espectáculo cruel en que los espectadores participan de un rito anacrónico y cruento, que incita a la violencia y que transforma en seres violentos a los humanos que sin saber el alcance mágico que le atribuyen, experimentarán el efecto Lucifer convirtiéndose en licántropos que a falta de sangre ingieren cerveza y a falta de carne devoran “nachos”. Al margen de “creencias” una realidad comprobable es que la fiesta de Toros ha florecido en países con una sólida cultura, con una fuerte tradición religiosa, con un desarrollo armónico de las artes y la literatura y que, no son ni por mucho más violentos que los países de la comunidad en la que se originó el box y el fútbol. Que nunca en las plazas de toros y en sus aficionados, muchos de ellos pasionales, se han dado los espectáculos bochornosos de los “hinchas”, de las “barras” o de los “hooligans”. Que el “oficiante” y el “feligrés” taurinos han de pasar por una especie de noviciado en que se aprenden los fundamentos de la fiesta, se conoce indispensablemente su origen tradicional, se es catequizado por los “cabales” y preparado para el ritual en que como sucede con cualquier otro ritual místico, puede resultar “elegido”, “iluminado”, “tocado” o simplemente permanecer entre los “legos” en tanto pueda experimentar el “soplo” que quizás nunca recibirá.

¿Que la fiesta de toros es una fiesta elitista? Lo es. El espectador habrá de experimentar un proceso de aprendizaje y desarrollo de sensibilidad para llegar a convertirse en “aficionado”. No es discriminación, es la simple constatación de un hecho. Sin ánimo peyorativo, hay espectáculos deportivos tan sencillos, que su regla más complicada puede ser comprendida en tres minutos por el espectador más neófito. No es desdoro, así es. El toreo es, simple constatación, insondable como toda expresión artística y, ya se sabe que el arte no tiene límites, pretender acotarlo como diría Octavio Paz, sería como pretender poner puertas al campo. La maravilla del toreo, como la del ballet, estriba en su novedad o desde el enfoque contrario en su necesaria efímeridad por los elementos con los que se desarrolla. Por eso el toreo es conjunción de vida y muerte. Y si algo da sentido a la vida es el eros. Simbiosis de Eros y Tanatos, eso es el Toreo.

Aguascalientes ha honrado una tradición centenaria en el toreo y milenaria en los ritos táuricos al reconocer como patrimonio cultural intangible la fiesta de toros. Muchos siglos antes de que Santo Santiago disfrazado de Quetzalcoatl, o al revés, llegara y luego se perdiera en el horizonte marino del depósito de la Atlántica, las tribus nómadas en la altiplanicie en que se desplanta nuestra ciudad, perseguían a los búfalos, los cazaban, pero también los hacían partícipes de rituales lúdicos y religiosos.

La fiesta de Toros es, y probablemente algún día dejará de serlo, referente cultural en Aguascalientes. En sus expresiones coloquiales, en su música, en su pintura, en sus atuendos, se vive intensamente el Toreo. Comprenderlo y preservarlo es comprender y preservar una idiosincrasia que nos da simbólicamente una identidad. Por hoy ¡Viva Aguascalientes! Y ¡Olé!

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