Un dintel en una puerta profana e infernal muestra grabadas estas proféticas palabras, acompañadas de otras igual de ominosas que le dotan al mensaje en su totalidad un aire de desaliento y pavor: “Feria de San Marcos 2016”… así es, la verbena popular que, como cada año, viene a ungir a la ciudad de Aguascalientes con las esencias acostumbradas de fluidos, secreciones y excreciones, una pizca de violencia y otra tanta de berridos incomprensibles proferidos cada bendita noche en el Palenque, semeja aquel círculo dimensional que describe Dante Allighieri y que da pie a la cita inicial. Pero también invita a elaborar una retrospectiva sobre las festividades carnavalescas que siempre han fascinado al cine, casi desde sus inicios, debido al pagano y fascinante enlace existente en todo espectáculo que vincula la morbidez absoluta de la exhibición de serpientes de dos cabezas con la bizarra algarabía de una masa estridente que vitorea el sacrificio público de un bovino de lidia. Casi sublime en un contexto surrealista. Tal vez por ello el 7º Arte se vio seducido irremediable e inevitablemente, prácticamente desde sus orígenes, a explorar el lado oscuro que mora entre las risas, la música y carruseles multicolores.
Es así que, en 1920, el cineasta alemán Robert Wiene toma como pretexto el auge de las ferias ambulantes a principios del siglo XX para desarrollar uno de los títulos clave tanto en su filmografía como de la cinematografía mundial: “El Gabinete del Dr. Caligari”, cinta sombría y macabra que explora las andanzas del galeno del título quien controla a lo que también podríamos considerar el primer zombi en celuloide: César el Sonámbulo, un hombre desojado de voluntad reflejado en su pálida tez y ojos sombríos que podría estar detrás de los misteriosos asesinatos que se suceden en cada pueblo donde Caligari lo explota como atracción principal. Una película indispensable en el movimiento expresionista y rica en su propuesta plástica y técnica.
Por otro lado, inspirado en el éxito de la anterior cinta, el norteamericano Tod Browning, fresco de llevar a la pantalla grande “Drácula” con Bela Lugosi, dirige en 1932 la inquietante “Fenómenos”, todo un discurso fílmico centrado en las carpas de un carnaval donde temas como el romance, la intolerancia y la muerte son provistos por los sujetos deformes y discapacitados (verdaderos muestrarios de los espectáculos itinerantes sensacionalistas del tipo P.T. Barnum) quienes ofrecen una o dos de las secuencias más escalofriantes en la historia del cine y se consolidan como las genuinas estrellas de la película, gracias sobre todo a la madurez y visión concreta de su director, comprometido a ofrendar al público un espectáculo de horrores cobrado con la moneda de los temores primigenios. Un filme tan impactante que hasta la fecha no se ha editado en formato de video casero en nuestro país, así como “La Feria de las Tinieblas” (Clayton, E. U., 1983), una producción de la casa Disney y que adapta el clásico cuento del legendario Ray Bradbury “Something Wicked This Way Comes” de forma correcta y con un excelente manejo de atmósferas inquietantes y evocativas. La trama se sitúa en un pequeño pueblo del medioeste norteamericano de la década de los 30´s donde dos pequeños niños deberán confrontar sus carencias familiares, sus propios demonios y tal vez uno real en la forma de Mr. Dark (Jonathan Pryce), líder de una feria ambulante cuyos integrantes otorgan a los habitantes de dicha comunidad su más caro deseo, pero claro, por un faustiano precio. Jason Robards es el padre de uno de los infantes y todo el peso psicológico y dramático recae en sus experimentados hombros, por lo que la calidad histriónica está garantizada.
Existen otros proyectos que buscan atenuar el fulgor de tan oropelescas festividades como: “Funhouse, la Feria de los Horrores” (Hooper, E. U., 1981) donde torpemente se pretende circunscribir el temor inherente que puede generar una casa de sustos de carnaval en el subgénero denominado “Slasher” (armas punzocortantes al por mayor que por lo general se alojan en múltiples y anatómicos destinos, salpicando la pantalla de hemoglobina) cuando unos adolescentes quedan atrapados en dicha atracción y son diezmados por un personaje monstruoso de patética caracterización , o “Clownhouse” (Salva, E. U., 1989), película minimalista y efectiva que saca partido al universal fenómeno conocido como coulrofobia para mostrar el asedio del que son objeto tres hermanos (siendo el mayor un adolescente Sam Rockwell en su debut cinematográfico) por parte de tres psicópatas disfrazados ni más ni menos que de payasos.
Tal vez la muestra más singular que se haya capturado en celuloide sobre una feria y su comportamiento es aquella titulada precisamente “La Feria de San Marcos” (Solares, México, 1958), una fantasía pueblerina con un Aguascalientes gobernado por una alcaldesa machorra por obra y gracia del extinto cineasta Gilberto Martínez Solares (otrora director de cabecera de “Tin Tan”) que encuentra la horma de su zapato con la llegada a la ciudad de dos amigos ávidos por desbancar el casino local: Pedro Vargas y Miguel Aceves Mejía, quien por supuesto canta y luce orgulloso su caprichoso mechón blanco mientras coquetea con Ana Bertha Lepe.
“Abandonad toda esperanza”, en efecto, pero más gratificante confrontar estos horrores de ficción en una pantalla que hacerlo en la vida real, mientras la atronadora tambora y los gritos del borracho anuncian el inexcusable fenecer de neuronas y voluntad. Más Dantesco, imposible.
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