Paloma Villanueva 
Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.- “¡Fa…fe…fi…fo…fuuu! Ya llega la gigante comeniños chillones”, se escucha en la sala de quimioterapia y los niños que lloraban se quedan calladitos estirando el cuello para ver a quién pertenece esa voz de ogresa.
Es Sara Judith Rodríguez, pediatra del Hospital Juárez de México, que ya terminó sus consultas del día y visita a los hospitalizados para narrarles “Jack y las habichuelas mágicas”.
“Es como magia. Hay niños que están muy malitos pero la enfermedad se les olvida por un momento. Se meten en el cuento con su imaginación que es infinita, se ríen  y hasta a los papás les sacamos una sonrisa”, cuenta.
La médica es una de las tres cuentacuentos, todas alumnas de la Unidad de Vinculación Artística del Centro Cultural Universitario Tlatelolco de la UNAM que desde hace dos años recorren el cuarto piso del hospital donde están los niños que han sido sometidos a cirugías y los que están luchando contra el cáncer.
La audióloga Ivonne Cárdenas  hace mucho que superó la pena de un inicio.
“En ese momento no eres tú. No eres el médico, eres el chango, el pollo, el suricato, eres Nina la gallina y no te importa hacerle: ‘¡clo-clo-clo-clo!'”, comparte.
Y qué suerte para Santiago de 4 años, que fue operado por amigdalitis y escucha divertido, el cuento del suricato bromista.

Compartir
Artículo anteriorEn el olvido
Artículo siguienteDe la consola a la mesa