NOÉ GARCÍA GOMEZ

México es un país de paradojas y nuestra gente es parte de ellas, el gobierno federal tiene un “gran” programa llamado Cruzada Nacional Contra el Hambre, pero también observamos cómo se lanzan y relanzan programas del gobierno para combatir la obesidad.

Lo que hoy describo es una preocupante paradoja: hay una parte de la población de nuestro país que padece hambre y desnutrición y hay otra, enferma y que muere a causa de la obesidad. Hoy en pleno siglo XXI tenemos millones que están mal alimentados y tienen el sobrepeso y otro tanto de millones sitiados por el hambre.

Hoy en México grandes segmentos poblacionales mueren debido a la pobreza y sus consecuencias: desnutrición y obesidad. Por ejemplo, México es el país con mayores índices de obesidad en el mundo, incluso en obesidad infantil, pero también  a nivel nacional fallecen cada día 23 personas debido a la desnutrición (hambre).

La malnutrición refleja una situación paradójica, pues puede ser deficiente o excesiva en el consumo de algunos nutrientes. En algunas zonas de nuestro país no hemos abatido los problemas de mala nutrición, de falta de acceso a los alimentos, de un insuficiente consumo de calorías cuando, por otro lado, ya tenemos que enfrentar otro gran problema, que es el de sobrepeso y la obesidad. Siete de cada 10 personas en nuestro país padecen de alguna de estas condiciones.

La ausencia de salud política del Estado es la responsable de éste, y de la mayoría de las enfermedades de los pobres. Los menores sin recursos enferman o mueren por el descuido e irresponsabilidad del Estado; los mayores en situación de pobreza porque sacian el hambre y la de los suyos con alimentos ricos en carbohidratos —son los más baratos—, y bajos en proteínas y en fibras.

La pobreza aumenta, el hambre persiste, los niños pobres mueren pobres y si logran sortear la infancia, su carencia sistemática de alimentos genera una necesidad psicológica por satisfacerla con antojos en su edad adulta. Toda su infancia fueron bombardeados por esos productos a los que difícilmente podían acceder, cuando tienen un incipiente poder adquisitivo no optan por nutrirse y comer balanceadamente, corren hacia la pizza, tacos, golosinas, gaseosas, helados, hamburguesas, etcétera.

Los adultos sin recursos por complicaciones de obesidad, viven con enfermedades como la diabetes o hipertensión y entran al círculo vicioso de no poder destinar dinero a cuestiones médicas, sobreviven luchando una gran batalla contra la enfermedad y sus antojos, entrando en una especie de condena de muerte. Esa es la terrorífica realidad.

Hoy vemos cómo es más barato y de mayor acceso comprar una pizza de 70 pesos que alimentar a una familia de 4 integrantes y si agregamos un refresco de 1.5 litros que costará aproximadamente 15 pesos, no pueden competir una comida balanceada preparada en casa pues los costos de frutas, verduras, cereales y carne o pescado más el gas, la luz y el agua utilizada rebasarán en tiempo y costo los 85 pesos que destinarían a pizza y refresco.

Otro ejemplo, para muchas madres de familia es más fácil poner en el almuerzo del niño para la escuela un paquete de frituras de no más de 5 pesos y una bolsa de jugo azucarado que las hay desde 1 peso, que preparar una torta con aguacate, queso, lechuga, jitomate y jamón, sin considerar el agua de alguna fruta de temporada como melón o papaya.

Esa es la terrible realidad de nuestra sociedad, estamos condenando a miles de niños a una mal nutrición, ya sea por la falta de nutrientes en su infancia o el exceso de carbohidratos y grasas saturadas en las siguientes etapas.

La obesidad no es un peligro que concierne solo a quien tiene un poder adquisitivo por encima de la media y el hambre no solo implica a los que padecen algún tipo de pobreza. Según cifras del estudio Epidemiología de la Obesidad en México (Rivera JA y otros) en diferentes magnitudes este aumento se ha registrado en todos los grupos socioeconómicos, en todas las edades, en ambos sexos y en todas las regiones del país.

El derecho a la alimentación puede ser resumido como la garantía humana fundamental de poder alimentarse con dignidad y se tiene que crear verdadera conciencia del problema que aqueja a nuestra gente. Esa conciencia tiene que implicar indudablemente a todos los ámbitos del gobierno y lanzar campañas integrales que no solo queden en boletines de prensa y eventos protocolarios.

El impuesto a las bebidas azucaradas creo que ha tenido algunos resultados, un impuesto similar a comida chatarra de empresas trasnacionales podría ser una buena opción; además de no postergar la instalación de bebederos con filtros de purificación en escuelas y parques públicos, son opciones de corto plazo que podrían ayudar a menguar estas epidemias.

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