Por J. Jesús López García

115. Capilla Beato Juan Pablo IIQuienes entienden de vinos disfrutan de ellos, más ese gozo no sólo radica en el sabor que deja la bebida en el paladar. Parece que esos expertos poseen un don ajeno al común de los mortales; tal vez, pero esa cualidad si bien puede ser con base en alguna predisposición personal, también quizá se adquiera a través del aprendizaje.

La manera de <<pasear>> el vino por diferentes puntos de la boca con el propósito de identificar los cuatro sabores esenciales: ácido, amargo, dulce y salado; la apreciación de los colores por medio de la vista para estimar la edad del vino y a través de la nariz percibir el aroma que desprende el vino –bouquet- en reposo y agitado, todo ello acompañado de un conocimiento de la clase de uva seleccionada, la región de origen, el proceso que se llevó a cabo en la elaboración del caldo, así como un cúmulo de competencias complejas y disfrutables pues quien domina un tema abundante le complace también compartirlo con otros colegas.

Bernardo Clemente del Río al referirse a su trabajo de escritor en la novela El vals estrepitoso menciona que “La elección de los temas musicales…fue…tan agradable como el escuchar la propia música.” Así, a través del ensayo, es aceptable sustituir el término <<música>> por tantas otras que designen alguna práctica del quehacer humano y la experiencia continuará funcionando.

En la disciplina arquitectónica se advierte algo similar, ya que quien gusta la arquitectura busca referencias del tiempo en que el edificio fue realizado, sobre sus autores, sus diferentes intervenciones, sus rasgos constructivos y plásticos –en el sentido de la forma arquitectónica- el uso que han tenido los inmuebles a través de los años, lo que en ellos ha acontecido y las manifestaciones inherentes de su constitución física, las características que explican o han definido el significado de algunas fincas para su comunidad, las herencias estilísticas recibidas y por supuesto la experimentación del espacio: temperatura, el modo en que la luz practica claroscuros en los volúmenes, la resonancia que en ellos se hace presente, los colores que se transforman a lo largo del día dependiendo de lapsos o de fenómenos climáticos, las características táctiles de sus materiales, en suma la sensación que las circunstancias operan en quien la percibe por medio de los sentidos: el tacto, olfato, vista, gusto y oído.

Ahora bien, si complementamos las experiencias expuestas con mas referencias arquitectónicas, disfrutaremos de una serie de evocaciones sobre otros edificios, distintas corrientes de diseño, tal vez diferentes tiempos, de más modos de vivir en la cotidianeidad y en las ocasiones importantes pues la arquitectura nos hace partícipes del <<estar ahí>>, eventos o hábitos que van formando la memoria de nuestra vida personal.

Cuando un edificio está proyectado de manera precisa, así como cuando su utilidad pública es probada, podemos apreciar en él muchas de las prácticas habituales. La modesta capilla dedicada a Juan Pablo II sobre la Calle Montenegro -Monte Cristo- sin número, esquina La Peña, colonia Trojes de Oriente II, es un modelo de ello pues en su sobriedad formal, además de obedecer lo dispuesto en materia de construcción de templos por el Concilio Vaticano II, se manifiesta por parte de su diseñador rasgos comunes a corrientes arquitectónicas del siglo XX que van del rigor geométrico de la arquitectura de Giuseppe Terragni y continuando por la filiación italiana, la restitución de las características del material constructivo sin la necesidad de revestirlo, en la línea de varias de las propuestas de Carlo Scarpa para terminar con la volumetría simple de algunos de los ejemplos de La Tendenza.

De herencia mediterránea, tal vez se hace un eco más directo a obras de Álvaro Siza, el maestro portugués ganador del Premio Pritzker de 1992 -el Nobel de arquitectura- entre tantos otros galardones, que trata la volumetría tradicional de los edificios con el pliegue de los planos que la forman dando continuidad a las líneas que definen cubiertas y muros.

Como en la literatura donde encontramos autores con una indudable cultura libresca, manifestada a veces de manera instintiva, en la arquitectura, la cultura edificatoria del autor también se expresa en su obra con rasgos y elementos que nos hablan del gusto de una época y un sitio, pero también de la personalidad del proyectista.

Ver arquitectura para aprender a disfrutar de ésta es un ejercicio recomendable para quien quiera ampliar los horizontes de su ilustración personal, así como para aquél que desee conocer una ciudad y a la comunidad que la habita. Pero ver y sentir el espacio y la forma en modelos de autores, épocas, estilos y geografías diferentes es indispensable para proponer renovada arquitectura, y para comprender que no obstante su posible novedad o presunta originalidad, seguirá siendo un eslabón en una cadena de influencias que no se termina, pues afortunadamente, la buena arquitectura es fuente inagotable de disfrute lo mismo en su aprecio así como en su producción.