Prof. Flaviano Jiménez Jiménez
En días pasados, cuando se designó a Aurelio Nuño como nuevo Secretario de Educación, varios maestros se preguntaban entre ellos ¿Quién es él? Alguien, tal vez de los más enterados, aventuró a decir que “hasta unos días antes de su nombramiento tenía un alto cargo en el ámbito de la Presidencia de la República”. Una maestra, no muy conforme con la respuesta, insistió: “Lo que queremos saber es ¿qué méritos tiene en el ámbito educativo?, ¿qué experiencias tiene en la educación o qué puestos ha desempeñado en la gestión educativa? Nadie supo contestar a estas preguntas de la maestra. “Una de dos –dijo otro maestro– o nosotros desconocemos las virtudes que tiene en el campo educativo o él no tiene experiencia alguna en el manejo del sistema escolar”.
Palabras más, palabras menos, fueron los comentarios que se hicieron entre los maestros; lo que indica que hay desconocimiento sobre la trayectoria del nuevo Secretario de Educación en la gestión del ramo. Desde luego, esto no es impedimento para que sea un buen Secretario; es más, se espera que sea un excelente Secretario de Educación, pues de ser así redundaría en beneficio de todos: de los niños, de los maestros, de los padres de familia, de la sociedad y del país entero. Sin embargo, sólo cuenta con tres años, de la presente administración, para lograr grandes cosas en la educación; de los cuales se llevaría el primer año para entender los intríngulis cíclicos del Sistema Educativo Nacional; el segundo sería para reorientar y fortalecer políticas educativas y el tercero, último año, ya sería de estridentes campañas políticas, las cuales mediatizan todo intento de mejorar la educación, como trastornan muchas otras cosas. Y peor aún, si el nuevo Secretario llegó a ese cargo para ser impulsado hacia metas políticas superiores. Tener aspiraciones políticas es un derecho legítimo de todo ciudadano, pero en este caso sería nocivo para la educación, toda vez que se ejercerían las responsabilidades más con miras políticas y de imagen que en razón de lo que realmente se requiere para brindar servicios educativos de calidad. En las últimas décadas fue precisamente lo que sucedió: la política mal entendida, de los que ostentaban el poder, postró y pervirtió al Sistema Educativo hasta la saciedad. Postración de la que apenas se está tratando de levantar y perversión de la que apenas se está intentando revertir. Por tanto, y para evitar la repetición de la misma historia, es deseable que el nuevo Secretario de Educación se dedique íntegramente a atender y mejorar la educación. Por el momento, puede no ser conocido en el ámbito educativo, pero puede ser recordado como un excelente Secretario de Educación Pública, siempre y cuando haga lo suficiente para igualar y hasta superar a los Secretarios de Educación que figuran como los mejores en la historia de la educación mexicana.
El anterior Secretario cumplió parcialmente con la encomienda: recuperó la rectoría de la educación; si no totalmente, pero avanzó de manera importante; y, por otro lado, inició con los primeros pasos de la Reforma Educativa, de la que aún se esperan servicios educativos de alto y largo alcance. Corresponde al nuevo Secretario consolidar los preceptos constitucionales sobre la rectoría y de llevar a la Reforma Educativa hacia estadios superiores, fundamentalmente en lo referente a los aprendizajes; así como para abatir los ancestrales rezagos educativos que laceran a gran parte de la población mexicana, pero para ello Aurelio Nuño necesita emular, con su propia personalidad y en los tiempos actuales, la sabiduría, la visión, las estrategias y el espíritu de servicio de José Vasconcelos y de Jaime Torres Bodet. Y entonces sí puede proyectarse y hacerse acreedor, por méritos propios y buenos resultados, a la postulación del más alto cargo de la República, no antes. Los hechos que tengan lugar durante los días, los meses y los años por transcurrir, darán cuenta de lo que fue posible.