RODRIGO ÁVALOS ARIZMENDI

Estaba tratando de ubicar la personalidad histórica del poder en Argentina y me quedo con una frase de Borges que decía: “Descreo de la democracia, porque es una simple expresión de la estadística”. Y cité a Borges para que no digan que yo soy un hereje de la democracia, que se lo reclamen a él…si lo encuentran. Pero, ¿Cómo podemos definir la naturaleza del alma colectiva de Argentina, cuando en menos de un siglo hemos visto estas mutaciones verdaderamente literarias algunas, novelescas otras; de horror; del caudillismo milagroso de Perón y el fenómeno de arrastre social de Evita, convertida en un símbolo casi mágico para el país, después, muchos años después, con sus derivaciones el asunto aquel de Isabel y la historia de Héctor José Campora, un hombre que vive encerrado en una embajada y después regresa. Después vemos toda esta sucesión golpista y el militarismo de los argentinos; alguien decía: “El único país del mundo, en el que los tanques se detienen en los semáforos, cuando van a dar un golpe de estado, es Argentina”. Claro que era una exageración tan grande, como después el horror por el que pasaron durante la Guerra Sucia. Esa guerra que produjo una enorme cantidad de exiliados, muchos de los cuales vinieron a México, algunos a los medios de comunicación, junto con sus correspondientes y contemporáneos de Uruguay. Después se vio como un intento de promoción personal de un generalote, un espadón, como les decían antes, lleva a Argentina a una guerra insensata contra una potencia militar integrante del club atómico, que despedaza sin piedad a muchos jóvenes en las Islas Malvinas, o las Islas Falkland, según de qué lado se vean; y después un asomo democrático que no encuentra toda la colaboración interna con el Doctor Alfonsín; después viene esta frivolidad corrupta de Carlos Menen, que prefería irse a jugar tenis, que ir a una reunión de Estado. Y después viene el Kirchnerismo con todos estos asomos populistas, sobre todo en lo financiero, de “no pagamos”. Kirchner llega después de una sucesión de presidentes que duran pocos días, hasta el papá del novio de Shakira andaba ahí disputándose el poder temporal, muy temporal y muy escaso. Vienen los Kirchner y dan una pequeña estabilidad política pero hacen un desastre financiero.

Ahora vemos que a ese populismo ineficiente, que no se llevaba con los organismos internacionales de las finanzas mundiales, viene el gran bandazo hacia la derecha y ahora tienen al señor Macri, a quien mucho se conoce en México, por sus ligas con el futbol soccer, él llevo a su equipo, el Club Boca Juniors, a 7 campeonatos. En fin.

Uno diría: es que no es cierto que todas estas cosas hayan pasado en un país serio. No sabemos si pasaron en un país serio, lo que sí sabemos es que si pasaron ¡y en serio! Y que todas estas cosas ocurren mientras hoy Argentina no es el país ejemplar que era en los años cuarentas, y quizá cincuentas, del siglo pasado, cuando era el mayor granero del mundo; el mayor surtidor de carne del planeta, y un país de maravilloso urbanismo. Ahora Argentina es un país muy hundido en las contradicciones propias de las naciones emergentes. Hoy, como si ya hubieran ensayado todas las demás variables de la conducta política contemporánea, y ya se hubieran hartado de pasar por todo lo que han pasado, que ha sido en algunos casos muy penoso, muy sangriento, como esa Guerra Sucia, o los miles y miles desaparecidos y torturados y exiliados, hoy dicen: vamos a ver si por la derecha encontramos la solución del problema nacional. Y van con Macri. Ojalá que la historia argentina encuentre en esta nueva etapa de su ensayo nacional de construcción política las respuestas que no ha podido encontrar en sus otros ensayos democráticos, antidemocráticos, oligárquicos, y francamente inaceptables, como los episodios de las dictaduras militares. Vamos a ver como les va.

 

La pérdida de la capacidad ética en el ejercicio del poder público

Las consecuencias inmediatas del señalamiento de la CNDH del uso excesivo de la fuerza a principios del año en los alrededores del palacio municipal de Apatzingán, allá en el corazón de la Tierra Caliente del estado de Michoacán, resultando la muerte de cinco personas y la ejecución extra judicial de una más por parte de la Policía Judicial, son las recomendaciones al Secretario de la Defensa Nacional, al Gobernador de Michoacán y al Comisionado Nacional de Seguridad Pública.

Además de abundar un poco en las consecuencias de esta recomendación, deseo encuadrar todo esto en lo que podríamos llamar, para el gobierno mexicano en materia de Derechos Humanos, usando la expresión de la reina de Inglaterra, un Annus Horibilis. Ha sido pavoroso el balance que el gobierno mexicano tiene en cuanto a la vigencia, la observancia en su conducta de los derechos humanos en México. Toda esta cantidad de señalamientos comenzó con las relatorías y los informes de los comisionados, y de la gente de las Naciones Unidas; el informe sobre la tortura, los informes sobre migración, sobre los desaparecidos, y no ha habido uno solo de los casos examinados por las organizaciones internacionales, y aun por las nacionales, ya sean oficiales, como la CNDH; o de ciudadanos, como otras muchas que hay y que están permanentemente expidiendo sus diagnósticos, no hay una sola que le haya dado el alivio al gobierno mexicano de decir que estamos viviendo, en una situación lejana a la crisis de los derechos humanos. Esto es muy preocupante para los ciudadanos, pero debía ser también para el gobierno porque se le han venido juntando cosas: la primera, esta recomendación sobre la cual se tendrá que revisar la actuación completa de la policía y evidentemente de las fuerzas federales de seguridad, incluyendo a las fuerzas armadas. Las ejecuciones extra judiciales, es una forma eufónica de decir “lo mató la policía.” Así de rápido se dice lo que es una ejecución extra judicial. En este país no puede haber ejecuciones ni extra judiciales ni judiciales, porque no hay pena de muerte, basta con decir una ejecución a manos de la policía. Pero en el lenguaje de los derechos humanos así se le conoce. Esto viene a agregarse a lo que dijo en el senado Alejandro Gómez, en el sentido de que la Procuraduría de Justicia del Estado de México no alteró el escenario de las 22 muertes en Tlatlaya. Que quién alteró el escenario de esa bodega de Tlatlaya, fue el ejército. Claro, alterar la escena de un multi homicidio no es una violación de los derechos humanos, pero cualquiera puede decir que se hizo para encubrir una violación de los derechos humanos, o sea para encubrir las acciones que posiblemente haya cometido un miembro del ejército, y de las cuales esta misma comisión nacional ya se había pronunciado como un caso de violaciones graves a los derechos humanos.

Y por si algo faltaba, este tema de los derechos humanos vuelve a tomar una relevancia que será sumamente desfavorable para el gobierno, y que va a ocurrir en la propia casa presidencial, cuando se le entregue el Premio Nacional de los Derechos Humanos a Consuelo Gloria Morales, que es una religiosa de esta congregación de Notre Dame y también integrante del grupo de ciudadanos en apoyo a los derechos humanos, que ha trabajado mucho el asunto de los desaparecidos. Y en México la palabra desaparecidos tiene pies, camina y lleva a Iguala, Cocula y Ayotzinapa. Por ello la pregunta: ¿Qué le espera al gobierno en el balance de este año? Una calificación sumamente desfavorable en lo nacional y en lo internacional. Y el agravamiento de muchas posturas de los cuerpos de seguridad cuya labor se ve disminuida, frenada, sufre una subvaluación cada vez que se comprueba que en el ejercicio de la protección han incurrido en violaciones a los derechos humanos. Sobre el caso que ahora tratamos ¿Qué consecuencias tiene? Pues la primera es el inmediato desprestigio de la policía federal. Después la confirmación de los dichos de los opositores al gobierno. Y enseguida el estricto cumplimiento de la recomendación, en la cual está el gobierno de Michoacán, la policía federal y el ejército. Esto quiere decir una pérdida de la capacidad ética en el ejercicio del poder público. Esa es la consecuencia. Una violación de los derechos humanos comprobada y consignada por los organismos internacionales, o por los grupos nacionales que a eso se dedican. O por un órgano del estado, como es la CNDH. Esto implica la pérdida de confianza. Eso es lo más grave que le puede pasar a los órganos de seguridad pública.