Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Para Emma y Brenda, con gratitud.

“Laudato si’ mi’ Signore”, cantaba San Francisco de Asís. En este bello cántico se recordaba que la casa común es anchurosa como una hermana, con la que compartimos la existencia, y como una bella madre que nos recoge en sus brazos: “Laudato si’, mi’ Signore, por nuestra madre Tierra, que nos sustenta y gobierna, y produce frutos diversos, flores coloridas y hierbas.

Pero esta hermana protesta por el mal que le hacemos, a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a saquearla. La violencia que en el corazón humano se ha producido por el pecado se manifiesta ampliamente en los síntomas de enfermedad que advertimos en la tierra, en el agua, en el aire y en todos los seres vivientes.

 

Con estas duras, impresionantes pero bellas palabras, que presento en una traducción libre por la que ofrezco disculpas, empieza la “Carta Encíclica Laudato Si’ del Santo Padre Francisco acerca del cuidado de la Casa Común”. Encíclica que Su Santidad anunciará el próximo jueves y que como una primicia tienen la víspera los pacientes lectores de esta columneja. La versión a la que tuve acceso es en italiano y consta de todas las características de los talleres del Vaticano y fue dada a conocer en un blog que comenta oportunamente o antes, como en este caso, las noticias relevantes de la Santa Sede.

Su Santidad se inspira en el bellísimo Cántico de las Criaturas de su tocayo el mínimo y dulce Francisco de Asís que fundara la orden mendicante que tanto bien ha esparcido en la humanidad. Recorre también en las páginas de la Encíclica las referencias a sus antecesores inmediatos, aunque, hay que decirlo, ninguno enfocó el problema específico de la Ecología a la luz del Evangelio, lo que de alguna forma ya se prefiguraba en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, también del Papa Francisco, Resulta particularmente interesante que la visión cristiana y en especial la católica se detenga a reflexionar sobre un tema que ha ocupado el interés de una gran parte de la comunidad científica, ante el aparente desapego de los gobiernos, en particular de las potencias como es el caso de Estados Unidos reacio a suscribir la Carta de Tokio, entre otras normativas internacionales.

La tradición judaica, por no decir la religión judaica a la que el Cristianismo por razones históricas reconoce como antecedente, aunque basta comparar las diferencias abismales entre el terrible, vengativo y crudelísimo Yahvé con el Dios de Amor del Evangelio, para sospechar que se reconoce como un ancestro tan diferente como puede ser el Neanderthal del Homo Sapiens Sapiens. La tradición judaica apoyada en el Génesis, primer libro de la Biblia concibe, ¡pero como no!, al Hombre como Rey de la Creación y a la mujer como Reina consorte, porque a decir verdad su papel no es tanto de compañera cuanto de asistente o auxiliar, ¡Qué le vamos a hacer! Es un libro sagrado y solo nos queda acercarnos a él con una perspectiva hermenéutica de igualdad de los sexos.

Yahvé hizo todo, casi todo, en cinco días, terminó con el caos, aunque luego los políticos especialmente los mexicanos lo han restaurado, separó la tierra de las aguas y creó las luminarias, para que después las cobraran los Ayuntamientos, creó todos los animales aunque no se ocupó de bautizarlos, y en fin dejó bien acomodadito un mundo para su creación máxima (eso pensaba) el Hombre, al que de entrada lo hizo criticón y disgustado. Se sentía solo, no le bastaba la maravillosa creación y Yahvé le proporcionó la Maravilla de la Creación: la Mujer. Lilith o Eva, que para todo hay gustos.

Pero ser Rey de la Creación implicaba que todo se encontraba al servicio, para el confort y el capricho reales. En esa visión mitológica la tierra como fuente inagotable de bienes y productos, se mostraba pródiga aunque fuera mediante la tarifa establecida del sudor de la frente consecuencia del Pecado Original, que viéndolo bien no fue tan original, ya había incurrido en él Lucifer, el mas bello de los arcángeles, el portador de la luz, el pecado de la soberbia, en el que sin importarnos la falta de originalidad incurrimos una y otra vez casi todos. Frente a esa visión idílica de un cuerno de la abundancia feraz e inagotable, del que el ser humano era recipendario, en la cosmovisión de algunos presocráticos el “antropos” era un ente mas, un eslabón mas, un peldaño mas de una anábasis, Tito Lucrecio Caro, el romano, lo sintetiza magistralmente en su célebre apotegma : “natura non nisi parendo vincitur”, a la naturaleza solo se le vence obedeciéndola, de su obra “De rerum natura” citado por Rogerio ¿o sería Francis? Bacon. Esa concepción del cosmos está presente también en las filosofías orientales, ¿habrá que decir en las religiones orientales?, particularmente las que devienen del Budismo, tanto en sus vertientes de la Gran como de la pequeña Vía y por supuesto el Zen. El ser humano no es ni más ni menos que la más pequeña partícula. Expresado maravillosamente en el Koan: Si comprendes las cosas son como son, si no comprendes las cosas son como son, ¿Comprendes?.

Cita S.S. Francisco al “Papa Bueno” a S.S. Juan XXIII en su encíclica Pacem in Terris en la que no sólo se limitó a condenar la guerra haciendo una apología de la paz dirigida no solo al “mondo cattolico” sino a todos los hombres de buena voluntad, advirtiendo también sobre el deterioro global del planeta. El Papa Sabio (digo yo) Paulo VI en su carta apostólica Octogesima Advenius se refirió a la problematicidad ecoloógica como una consecuencia dramática de la actividad “incontrollata” de los seres humanos, que nos podría llevar a una auténtica catástrofe ecológica. San Juan Pablo II en su primera encíclica se refirió con interés creciente al deterioro ecológico invitando a una conversión ecológica global.

Si bien otros Santos Padres habían aludido al cuidado de la cosa común como un tema complementario o marginal para la preservación de la humanidad y su crecimiento espiritual, por primera vez la “creación”, la cosa común, es sujeto de la atención del Papa hablando ex-cátedra. Como dijera Paulo VI “se necesita un cambio radical en la conducta de la humanidad”.

¡A qué S.S. Francisco! Humano, demasiado humano, por citar a un exaltado.

Señor, danos tu poder y tu luz para proteger toda la vida, para preparar un futuro mejor, a fin de que venga tu reino de justicia, de paz, de amor y de belleza, ¡Alabado seas!

Así termina su encíclica S.S. Francisco.

Amén.

 

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