José Luis Gómez Serrano
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No entiendo bien cómo fue electo Jimmy Carter presidente de los Estados Unidos en 1977. Era y es un personaje marginal entre los presidentes, alguien que no nació rico, que no apoya incondicionalmente a Israel, que fue el artífice de la reconciliación entre árabes y judíos, y que ha dedicado el resto de su vida no a la política sino a campañas para erradicar enfermedades, como la lombriz de Guinea. Declaró recientemente que cuando le descubrieron el cáncer pensó que sería bueno “vivir más tiempo que la lombriz de Guinea”, y efectivamente ha bajado mucho este problema, de unos 9500 casos en 2007 a 14 casos en 2015, en parte gracias a los esfuerzos de la Fundación Carter. Creo que es una manera hermosa de hacerse viejo y eventualmente de morir: poniendo la mente y el corazón en algo que es de beneficio humano, no en el engrandecimiento de un país ni en el éxito en ninguna guerra.

Los otros presidentes de Estados Unidos han sido muy diferentes: Kennedy era miembro de una familia rica, un hombre con gran carisma, a quien le tocó lidiar con la crisis de los misiles en Cuba; Ronald Regan fue actor antes de ser presidente, no esperaban gran cosa de él al principio pero inició una carrera armamentista que al día de hoy no ha parado y que consume el 20% del presupuesto federal; los dos Bush, padre e hijo, sacaron adelante sus propias guerras contra países árabes, casualmente muy ricos en petróleo (Kuwait e Iraq); Obama prometió que terminaría con la ocupación en Afganistán, pero recientemente reconoció que no sucedería esto durante su mandato. Usualmente los presidentes se mantienen en un discreto estado de honrosa jubilación, con ingreso y protección asegurados de por vida, y llevan una vida relativamente recluida, sin cometer el pecado de criticar a los siguientes presidentes. George W Bush, torpe como siempre, es la excepción, porque ha criticado a Obama por su manejo de la situación en Irak, problema que el mismo Bush creó.

Carter ha continuado hasta una edad muy avanzada activo en su fundación y no teme en alzar la voz para señalar lo que en su opinión son problemas importantes. En un artículo publicado el pasado 3 de febrero en TheGuardian[1], el expresidente dice que el cambio más importante en el terreno político desde su administración, que terminó en 1981, es la entrada directa y abierta de los millonarios y billonarios en la escena política: en el caso CitizensUnited, la Suprema Corte de Justicia decidió que cualquier persona puede ejercer su derecho a opinar en público, lo que no es sino parafrasear la Primera Enmienda, pero que puede opinar… dando dinero. Efectivamente, en su infinita sabiduría, la SCJ consideró que lo mismo un lavaplatos de un restaurante de tercera en Seattle como Lloyd Blankfein pueden decir en público su opinión, pero que pueden elegir entre pararse en la plaza pública y decir su verdad encima de una caja, o lo pueden hacer donando los millones que quieran para apoyar a los políticos que ellos decidan. El lavaplatos seguirá perorando en la plaza, pero Lloyd Blankfein, que es el CEO de Goldman Sachs, tiene muchísimas más maneras de “expresar” su opinión, porque gana bastantes millones al año.

Yo ya expresé mi opinión sobre este tema en un artículo reciente[2], pero vale la pena conocer los argumentos de Carter, es alguien con más autoridad que yo en la materia.

Cito palabras suyas, tomadas del artículo en TheGuardian:

La errónea decisión de la Suprema Corte, donde millonarios y billonarios pueden aportar cantidades ilimitadas de dinero ha dado al soborno la oportunidad de prevalecer, puesto que todos los candidatos, sean honestos o no, sean demócratas o republicanos, dependen de esas infusiones masivas de los muy ricos para tener dinero en sus campañas…Como los ricos financian las campañas, cuando los candidatos llegan al puesto hacen lo que quieren los ricos.

De esta manera la democracia norteamericana se ha convertido en una plutocracia, donde gobiernan los ricos directamente o a través de su influencia en los gobernantes. Es triste que un país que comenzó con un grupo relativamente homogéneo y unido de colonos, que plasmó palabras tan bellas en su Declaración de Independencia, que Thomas Jefferson imaginaba con una nación de granjeros, y que ha atesorado y proclamado la libertad como supremo valor, en nombre de esa libertad, concretamente la libertad de expresión, los más ricos han entrado por la puerta trasera a apoderarse de los políticos.

Yo creo que lo que sucede en Estados Unidos es un problema intrínseco de la democracia y del intento de aplicarla como forma de gobierno a comunidades grandes y chicas, a países de tres o de trescientos millones. Las virtudes del voto se diluyen grandemente cuando se trata de un grupo humano muy grande. Por ejemplo, se pretende que el voto sea libre, y yo pregunto: ¿qué tan libre es la elección entre tres candidatos, ninguno de los cuales me gusta? Los candidatos son determinados por los partidos, y esa decisión es resultado de acomodos internos y de luchas de poder, no es el mejor individuo es que es postulado. También se supone que el voto es informado, es decir el votante conoce las virtudes y defectos de los candidatos y emite su voto basándose en este análisis. Pero la información que tenemos de prácticamente cualquier candidato es pequeña en lo esencial, no los conocemos como persona, y lo que conocemos son las descalificaciones que se lanzan todos los candidatos.

En el caso de México y Estados Unidos, las elecciones se han convertido en un circo mediático, y semejante a una guerra que se va escalando, en los años han venido usándose los medios en forma cada vez más intensa y más absurda. Por ejemplo en nuestro país tenemos las banderas que ondean en cada esquina, los mítines de acarreados, los spots de 30 segundos (¿qué tanto puede decirse en medio minuto?), los espectaculares y las entrevistas de televisión pagadas. Además de que todos esos ejemplos son una perversión del mensaje, son una degradación del arte de comunicar, son enormemente caros y los candidatos necesitan más y más dinero para “estar en la mente del público”, porque de lo que se trata es de mover la voluntad del votante como se mueve al público consumidor: con imágenes, palabrería y mensajes subliminales. En México, al menos oficialmente los particulares no podemos hacer donaciones a las campañas, pero en Estados Unidos sí, ante la ley tienen el mismo sentido de libertad de expresión el comentario de un ciudadano a un artículo periodístico que los millones aportados por algún magnate a cierto candidato.

El resultado, tanto en Estados Unidos como aquí, es que no conocemos a los candidatos porque no sabemos los compromisos que tienen, y cuando llegan al poder, sirven a los compromisos que los llevaron al poder, no al ciudadano. En México las obligaciones son con los partidos, en Estados unidos con los donadores. Pero quizá no hay mucha diferencia entre nuestros países: un hombre muy sabio, el Prof. Carlos Hank González, declaró para la ignominia que “un político pobre es un pobre político”.

 

[1]http://www.theguardian.com/us-news/2016/feb/03/carter-says-campaign-finance-2010-citizens-united-ruling-legalised-bribery

[2]http://jlgs.com.mx/articulos/mundo-actual/democracia-s-a/