A 21 años de su partida, Don Moisés Esparza Flores no olvida el camino que lleva hasta la tumba de su madre, María Vita Flores Reyes, en el Panteón de la Cruz.
Acompañado por su familia, atraviesa el cementerio con ramos de flores por montón en sus brazos, reconoce que debió llevárselas cuando aún estaba viva, pero ahora sólo acompañarán su lápida en el día de las Madres.
El diez de mayo irremediablemente provoca nostalgia en Don Moisés, pues no hay día en el que no tenga en su mente y en sus oraciones a su mamá. “En estos tiempos es cuando la extraña uno más, porque iba a festejarla en su día”.
Durante el trayecto hasta la propiedad en la que descansan los restos de la Señora María Vita, es irremediable notar que la palabra madre hace remolinos en la cabeza de Don Moisés, como si de pronto los abrazos, regaños, y consejos llegaran de golpe.
Para los hijos como Don Moisés, el festejo del Día de las Madres es añoranza, y no duda en advertir que a las mamás hay que festejarlas todos los días si es que todavía se tiene oportunidad de conservarla, al tiempo que avanza lentamente dejando atrás cientos de lápidas, donde se respira el olvido del descanso eterno, que apenas si será interrumpido este martes por los gritos de los niños, los violines de los mariachis y el acordeón de los norteños.
“Las olvidan, y cuando se vuelven ancianas mucho más, deberíamos cuidarlas más pero pareciera que nos estorban, hijos, sobrinos, parientes, nietos, deberíamos estar al pendiente de sus necesidades porque ya lo dieron todo, y siempre les pagamos mal.
Los hijos crecimos con su protección, y eso hace creer que nunca nos van a faltar, en ratos nos olvidamos de ellas y las dejamos solas, tristes, que a veces pareciera que no es nada, pese a que tarde o temprano siempre se necesitan para un consejo”, reflexiona.
“Para comprender el amor de los padres, tienes que convertirte en uno, porque de otra manera llegamos a segarnos por el egoísmo, creyendo que podemos salir adelante solos, olvidándonos de quienes dieron todo por nosotros”, señala don Moisés al tiempo que deja caer agua sobre la tumba, ya repleta de flores.