Carlos Reyes Sahagún

Con su licencia, voy a contarle ahora del Castillo Ortega, esa insólita construcción europea enclavada en el altiplano mexicano de Aguascalientes, en un enorme terreno situado en la acera sur de la avenida que nuestra ciudad dedicó al gobernador porfirista Alejandro Vázquez del Mercado, a un paso del templo de San Antonio entre las calles de Zaragoza y Durango, que Armida, mi esposa, y este servidor de la palabra, tuvimos el privilegio de conocer el pasado cinco de enero.

Hicimos la visita por intermediación de mi primo hermano, el señor Juan Reyes Llaguno, sobrino político de quien ordenara la construcción de este edificio excepcional, el abogado Edmundo Ortega Douglas, hijo del médico José Guadalupe Ortega Romo de Vivar y de la señora Adela Douglas Valencia, aquella que en 1914 encabezó a un grupo de mujeres que se atrincheraron en el cercano templo de San Antonio para rechazar a los revolucionarios que pretendieron convertir en recinto legislativo el santuario dedicado al santo ilustre de Padua.

Por tanto el licenciado Ortega fue nieto del empresario inglés John Douglas, y no, la casa del jurisconsulto no es; no fue, “Castillo Douglas”, como cree mucha gente, e incluso como se afirma en la placa adosada en la puerta por la Secretaría de Turismo, y como se le empezó a conocer desde los años ochenta, cuando comenzaron a hacerse intentos para que se le regalara al gobierno, nos dice la persona que nos recibe en el lugar y nos lo muestra, el señor Juan Dávila Muñoz, jubilado de la Presidencia Municipal, en donde se desempeñó en el área de alumbrado público, y un defensor de esta importante porción del patrimonio arquitectónico de Aguascalientes y de su nombre, que es, insiste, Castillo Ortega.

El señor Dávila tiene 67 años de edad, y está relacionado con la edificación desde 1955. “Si gusta que le platique la historia del castillo, me la sé mejor que cualquier historiador, por el motivo de que yo ando aquí desde 1955”, nos dice tan seguro como que el sol calienta, y nos enseña un libro no sin decir, muy orgulloso: “Ahí en los méritos está mi nombre”. Se trata del volumen “En Aguascalientes Refugio Reyes se revalora”, una publicación de 2013 de la Presidencia Municipal cuando ocupó el cargo principal la licenciada Lorena Martínez Rodríguez. Me ofrece el libro, me voy al final y, efectivamente, ahí en los agradecimientos -que él llama méritos-, está su nombre al lado de personajes como Marcela López Arellano, Tita Topete Ceballos, y otros.

“Pero está mal lo que dicen, fíjese aquí”. Abre el texto en la página 175, y me lo da a leer: “existen dos versiones acerca de su origen, la primera y aceptada por la mayoría […] refiere que en 1917, Juan Douglas, escocés de nacimiento y prominente empresario de esta ciudad, fundador de la “Fábrica de harinas finas La Perla”, precursor de la Compañía de Luz y Fuerza Eléctrica, mandó edificar para una residencia un castillo escocés medieval, con foso y puente levadizo al no menos importante arquitecto doctor en Bellas Artes y maestro Emérito de la Escuela Nacional de Arquitectura, Federico E. Mariscal, quien aceptó dirigir la obra si contaba con un maestro de obras de excelente capacidad que se encargara de ella como residente, pues él no podía atender adecuadamente el desarrollo de la construcción, por lo que se eligió a Refugio Reyes (quien también en sus notas apunta por ese año “Juan Douglas”, quizá por el compromiso adquirido o alguna cita con el empresario).

En esta obra, Reyes contó con toda la autoridad para realizar los trabajos y modificar lo necesario, con lo que adquirió la libertad de plasmar en ella su peculiar sello”.

No es cierto”, dice contundente nuestro anfitrión, y nos muestra el escudo que pende de la entrada, justo encima de la puerta que se puede ver desde la calle. “¿Qué dice ahí?”, nos pregunta con un tono de invitación a ver lo obvio. Observo el escudo y, bueno: usted me disculpará, aplaudido lector, pero yo para esto de la heráldica no soy bueno; de hecho no soy nada. Así que va como Dios me da a entender.

El escudo es de cantera rosa, tiene una forma más o menos rectangular y está en perfectas condiciones de conservación. Está dividido en dos partes, la más grande es el escudo propiamente dicho, de dos cuarteles, separados por una banda diagonal en la que se lee la leyenda “amore – ne vanitate”, que en buen castilla significaría “no por vanidad, sino por amor”. En la parte baja, a la derecha, se observa un trébol de cuatro hojas, y en la parte alta un león rampante -¿o es sólo un gato? Digo, ya sé que un león es un gatote, pero la cabeza de éste hace pensar en uno pequeño- que afianza una especie de cetro y nos mira al tiempo que nos saca la lengua. Encima, marco y guirnalda de por medio, está un casco medieval cuyas plumas están enlamadas. Lo que importa destacar; lo que el señor Dávila quiere hacernos notar, es lo que viene a continuación: las iniciales escritas con caracteres enmarados con líneas góticas, plasmadas sobre dos círculos: EJO y CLL, que significan Edmundo Javier Ortega y Carmen Llaguno. “¿Qué más prueba quiere de que no es Castillo Douglas; que John Douglas no tuvo nada que ver aquí?”

(Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).