Luis Muñoz Fernández

Se introdujeron nuevos programas de instrucción médica, nuevos conceptos de la enfermedad y nuevas prácticas de investigación. El resultado fue la original medicina de hospital parisina que se caracterizaba por la observación científica, que se basaba en la anatomía patológica, el paradigma de la lesión, la cuantificación y, no de menor importancia, en la fe sublime de su propia superioridad.

Roy Porter.The geatest benefit to mankind: a medical history of humanity,1999.

Este jueves 18 de mayo de 2017 ha terminado el curso de Historia y Filosofía de la Medicina impartido por primera vez en la Escuela de Medicina de la Universidad Cuauhtémoc Plantel Aguascalientes. Sólo resta el examen final y el cálculo de las calificaciones definitivas que habrán de plasmarse en el acta respectiva y que, si todo sale como esperamos, será el cierre de esta experiencia inédita en la carrera de Médico Cirujano Integral de esta universidad.

Quien dijo que “la mejor forma de aprender es tener que enseñar” tenía toda la razón. No es lo mismo ser un aficionado a la lectura errática de biografías de médicos y científicos famosos o de los relatos de aquellos acontecimientos que han dejado una marca en el devenir histórico de nuestra profesión, que enseñar a lo largo de varios meses la evolución de la medicina desde la remota antigüedad hasta nuestros días. Enseñanza que debe hacerse de manera ordenada y, a la vez, como si fuese una novela que capta y mantiene la atención de sus lectores.

Experiencia enriquecedora en varios sentidos. El primero es la recuperación de los conocimientos elementales de la historia universal. El despliegue, como si de un tapiz se tratara, de las diferentes épocas que conforman la historia de la humanidad y la oportunidad de comparar los sucesos ocurridos simultáneamente en diferentes partes del planeta.

La revisión sistemática de estos temas nos ha permitido colocar en el contexto histórico general a los personajes y a los acontecimientos particulares, dotándolos así de un sentido de trascendencia desconocido hasta este momento para este aficionado a la historia de la medicina. Comprender al protagonista a la luz del conocimiento de la época y sus relaciones tanto con las precedentes como con las que le siguieron arroja una luz mucho más amplia y profunda que el estudio de la biografía aislada.

Le lección de la humildad profesional es tal vez la más valiosa. Inmersos en el presente y especulando sobre un futuro que nos parece más prometedor que nunca, nos suponemos inmunes a los errores que se cometieron en épocas pretéritas. Eso es un espejismo.

Al repasar la historia, aparecen tendencias y concepciones de la profesión, confianzas excesivas en el progreso y promesas incumplidas sobre nuestro verdadero poder para combatir y derrotar a la enfermedad, que no difieren casi nada de las convicciones que hoy abrigamos ante las promesas de la revolución genómica. ¿Qué pruebas tenemos para mantener y promover esa fe ciega en la biotecnología? Ni siquiera la sólida base científica que hoy tiene la profesión es garantía suficiente de que pronto tendremos en las manos el control de nuestra biología. Debemos ser prudentes.

Pongamos un ejemplo. A finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, cuando la medicina de bases científicas se iba imponiendo a siglos de superstición y empirismo, dos protagonistas de la época opinaban sobre su forma de ver la profesión. Uno de ellos era William Heberden (1710-1801), médico inglés que describió, entre otras cosas, la forma clásica de la angina de pecho, tenía una visión optimista. Al dirigirse a su colega y amigo Thomas Percival, le decía en 1794:

Me complace pensar que el método de enseñar el arte de curar se hace cada día más acorde con lo que exigen la razón y la naturaleza, que los errores de la superstición y de la falsa filosofía van de retirada y que el conocimiento médico, que depende de la observación y la experiencia, aumenta continuamente. La generación actual de médicos posee ciertas reglas para ejercer la profesión que antes era desconocidas incluso para los médicos más capaces, sin exceptuar a Hipócrates y Esculapio.

Una opinión completamente opuesta tenía Thomas Jefferson (1743-1826), el tercer presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, amante de la Ilustración, aunque desconfiaba de los médicos. En 1806 dijo lo siguiente:

El descubrimiento de la circulación de la sangre por Harvey fue una hermosa aportación a nuestro conocimiento de la economía animal, pero observando la práctica de la medicina antes y después de esa época, yo no veo ningún beneficio sustancial que podamos atribuir a ese conocimiento.

Dos contemporáneos con opiniones no sólo distintas, sino totalmente opuestas. No debe extrañarnos por tanto que hoy, contando con la medicina más avanzada y confiable de toda la historia, exista simultáneamente cierto sentimiento de duda, incluso de temor, ante los desafíos que nos plantea la tecnología médica. Y hacemos bien en mantener cierto nivel de escepticismo porque no será la primera vez que la complejidad de la realidad a la que los médicos nos enfrentamos acabe rebajando el nivel de las excesivas expectativas que tenemos sobre nuestros propios poderes.

En esta singladura a lo largo de los siglos hemos contado con una guía invaluable. Roy Porter (1946-2002), destacado historiador inglés que en 1979 se unió al prestigioso Instituto Wellcome para la Historia de la Medicina, uno de los centros académicos más importantes en este tema. Sus escritos han sido la fuente principal para documentar los temas de este curso que acaba de terminar. Su visión universal y su énfasis en las ideas que están detrás del enfoque y la práctica de los médicos en las diferentes épocas históricas nos han permitido darle vida a relatos que, de otro modo, resultarían excesivamente áridos.

En la introducción a su estupendo libro El más grande beneficio para el género humano: una historia médica de la humanidad (The geatest benefit to mankind: a medical history of humanity. W.W. Norton & Company, 1999), Roy Porter nos dice lo siguiente:

Sin embargo, esta historia es diferente. Se enfoca en la historia del pensamiento médico y en la práctica de la medicina. Se concentra en las ideas médicas sobre la enfermedad, las enseñanzas médicas sobre el cuerpo sano y enfermo y los modelos médicos sobre la vida y la muerte. Evitando los anacronismos y los juicios excesivos, dedica su atención a aquellas personas y grupos de profesionales que han sido responsables de estas creencias y prácticas…

Constatar que, a pesar de los siglos transcurridos, no hay casi nada nuevo bajo el sol es la mayor lección que puede extraerse del estudio de la Historia y Filosofía de la Medicina. Una lección de humildad y prudencia que no tiene precio.

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