Por J. Jesús López García

En un clima de incertidumbre económica es lugar común hablar de una propiedad raíz como parte del patrimonio de una familia, y si es una vivienda mejor. De esta manera podemos mencionar algo sobre la edificación: muestra su lado más utilitario y a la vez el más fantástico, pues al margen de lo que implica el pago de un bien así, la necesidad de arraigo a un sitio se presenta como aliciente para muchas personas para no sólo poseerlo, sino también para detentar su propiedad.

Pero en cuestión de arquitectura doméstica, no obstante lo apreciable que pueda llegar a ser una casa o un inmueble para sus ocupantes, el significado de ese edificio para el resto de la comunidad es subjetivo, ambiguo, cuando no totalmente irrelevante.

Sin embargo, la arquitectura tiene el poder de representar un sinfín de ideas, sentimientos, anhelos, entre otras más, a través de sus propia presencia física, potenciada ésta con elementos construidos tan característicos que esa figura no pase desapercibida, y a la vez sea agradable o empática con quienes pasamos por sus inmediaciones o con quienes habitemos sus espacios.

Ese poder de significación va directamente relacionado con las posibilidades del edificio a ser parte de un patrimonio comunitario, que más que un acervo que dictamina un entendido con esa etiqueta, es primeramente un <<bien común>>, un componente que va más allá de su especificidad física para sumarse a los contenidos de una memoria colectiva, de un paisaje natural o urbano, de una historia compartida y de una cotidianidad que va haciendo de la pieza y su entorno, algo entrañable.

No hay duda de que existen fincas que inicialmente tienen el potencial social de ser parte de un patrimonio colectivo. Un templo -del credo que sea-, un teatro, una casona, un edificio público, lo mismo que ciertos tipos de espacios abiertos, son propiciatorios de ser vistos como bienes comunes, sin embargo, de por medio de ellos abundan los casos en que el llamado de su pretensión evocadora y comunitaria no tiene en su parte construida una digna contraparte.

Edificios o ámbitos anodinos, mal planteados, peor diseñados que finalmente no van a poseer las características necesarias para permear en la memoria de generaciones de habitadores como algo de fuerte presencia. Obras que hacen gala de muchos <<condimentos>> superficiales requiriendo de múltiple mantenimiento, el cual al no llevarse a cabo, terminan por deteriorarse hasta no haber más remedio que su demolición.

Lo anterior no es exclusivo de los malogrados edificios, precisamente el aspecto económico del patrimonio muchas veces es el que presenta la mayor fuerza de impacto negativo sobre su aspecto urbano, histórico, testimonial y de ocupación. Basta traer a nuestra memoria el Centro Cultural Los Arquitos, el cual durante bastantes años permaneció en un estado de descuido tal, que se encontró a nada del colapso total, afortunadamente las características plásticas y sus excelsos espacios arquitectónicos proveyeron el fundamento para que el conjunto fuese recuperado de la indolencia, puesto al servicio de actuales funciones y experiencias urbanas y colectivas hasta ser algo entrañable para la comunidad aguascalentense que gusta de cultivarse.

Ese aspecto de actividad y experiencia es lo que eleva el patrimonio que representa un edificio a una trascendencia real; la economía seguirá mostrando sus vaivenes pero la sublime arquitectura seguirá aportando su presencia para nuevas y viejas maneras de experimentar el espacio urbano.

La finca de lo que fuese el Hotel París en el primer cuadro de la ciudad fue diseñado y construido por Refugio Reyes a inicios del siglo XX, como su vecino el Banco de Zacatecas y el Hotel Francia. Es evidente que el haberlos denominado, a los hoteles, Francia y París, deviene de manera obvia la filiación cultural de la época de Don Porfirio, o lo que sólo coronaba una arquitectura ecléctica de aires europeos, que en el caso del París incluso, deja ver algunos rasgos del Art Nouveau en su gran arco que contiene dos cuerpos del bloque, así como dos medios arcos en sus flancos que en conjunto revelan la sinuosidad voluptuosa y elegante del Nouveau.

La calidad del aparejo de piedra y en general todo el trabajo de cantería, hablan de las habilidades del maestro Reyes en cuestiones de estereotomía. El hotel no era uno de los más lujosos de la ciudad, aún en sus etapas iniciales, ni siquiera por cierto, por estar en una ubicación privilegiada, pero a pesar de ello, la majestuosidad arquitectónica y la comprensión de Reyes al entorno y paisaje de su obra, han hecho que el edificio ahora, evoque más que nunca la imagen del Aguascalientes esplendoroso, brillante, tal y como a algunos nos tocó la dicha de vivir.

Hoy en día se proyectan y levantan eficaces productos arquitectónicos, pero el permanecer en la experiencia colectiva se deberá al juicio del tiempo. Por lo pronto, a más de cien años de su fábrica, el antiguo Hotel París es ya la sede actual del poder legislativo. La fuerza y vigor  de evocación y símbolo de excelsa arquitectura tiende a trascender con distinciones así.