Luis Muñoz Fernández

Las reglas del juego económico habitual, acordes con el universalismo capitalista que nos invade, consideran los costes de extracción de los recursos naturales, pero no los de reposición, y cifran el progreso en términos de crecimiento de la población y sus consumos. Este enfoque, además de alimentar la mitología del crecimiento, privilegia la extracción frente al reciclaje y la energía fósil frente a la renovable, provocando así el deterioro planetario a base de forzar la escasez de recursos y el exceso de residuos. Tal modelo sólo sería viable si contara con recursos y sumideros infinitos, de ahí que sus beneficiarios y propagandistas sean poco proclives a hablar de límites. Y de ahí que baste recordar la finitud del territorio planetario y los recursos que alberga, para concluir que dicho modelo provoca una degradación progresiva que lo hace inviable a largo plazo.

José Manuel Naredo. Prólogo. Gente que no quiere viajar a Marte. Ensayos sobre ecología, ética y autolimitación, de Jorge Riechmann, 2004.

Como ocurre en varios de los relatos de la mitología clásica, el de Narciso tiene varias versiones. Sin embargo, todas coinciden en que el joven y bello protagonista está tan apegado de sí mismo que no acepta compartir la vida con nadie, lo que provoca que quienes se enamoran de él acaban suicidándose o consumiéndose hasta la extinción.

Tal soberbia y desmesura, esa orgullosa ignorancia de los propios límites (la hybris de los antiguos griegos), desencadena un refinado castigo. Némesis, diosa de la justicia retributiva, lo engaña y cuando Narciso se asoma al estanque y ve reflejada su imagen, se enamora perdidamente de sí mismo sin reconocerse. A la postre, la imposibilidad de conseguir el objeto de su deseo lo lleva a la muerte.

Pues bien: todo parece indicar que Narciso ha regresado del inframundo y hoy despacha en la Oficina Oval de la Casa Blanca. Un día sí y el otro también, asistimos a una especie de acoso y derribo de los principios fundamentales de lo que algún día fue la democracia que lideraba Occidente.

Por lo pronto –seguro que mañana o pasado hará gala de una insensatez mayor que las anteriores–, el retiro de los Estados Unidos del Acuerdo de París sobre la lucha contra el cambio climático, celebrado a finales de 2015 y firmado por 195 países, tiende un velo oscuro sobre el mundo entero. Mortaja que actualiza y acelera la amenaza de un futuro de sufrimiento y muerte que sólo puede concebirse a través de una distopía, término que según el Diccionario de la Real Academia Española es una “representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”. En pocas palabras, una versión del apocalipsis.

Una distopía así acaban de plasmar Philip Kitcher y Evelyn Fox Keller en su obra Las estaciones cambian. Cómo salvar a nuestro planeta en seis actos (The seasons alter. How to save our planet in six acts. Liveright Publishing Corporation, 2017). Escrita antes de las últimas elecciones presidenciales de los Estados Unidos que se celebraron en noviembre de 2016, la escena se sitúa en el año 2159 durante la celebración del Día del Clima:

Todos nosotros conocemos la trágica historia. Recordemos la locura, el egoísmo, la negligencia y la irresponsabilidad que dominaron el mundo de la política a finales del siglo XX y principios del siglo XXI. La incapacidad para actuar y limitar el cambio climático que puso en grave riesgo  el futuro de nuestra especie. […] No hay palabras demasiado duras para acusar a los líderes mundiales y a sus representados que se negaron a escuchar las insistentes advertencias de sus asesores científicos. […]

Después del fracaso en alcanzar los acuerdos entre las diferentes naciones del mundo, se desencadenaron simultáneamente en varios puntos del planeta las Guerras del Agua del 2060 y del 2070. […] Con la sequía de ríos y lagos, las poblaciones vecinas primero compitieron y luego pelearon por los pocos manantiales existentes. […] Fue sólo cuestión de tiempo para que los rivales recurriesen a sus arsenales nucleares. Se dieron una serie de intercambios atómicos que iniciaron en Asia en el 2079. […] Como los misiles utilizados fueron relativamente primitivos, desarrollados en los antiguos Corea del Norte y Pakistán, la destrucción fue menor a la que hubiesen provocado las armas de las superpotencias. […]

Tras la Paz de El Cairo, ratificada a principios del 2080, la población humana se dividió en grupos de aliados que se trasladaron a regiones cerca de los polos, ya que la mayor parte de África y vastas extensiones de Asia y Sudamérica eran inhabitables.[…]

Los años de guerra cobraron su precio. La mayoría de los migrantes estaban débiles y eran terreno fértil para las infecciones. […] La Gran Pandemia casi extinguió al género humano. Menos de la mitad sobrevivió. No sabemos cómo los que sobrevivieron, incluyendo a nuestros antepasados, pudieron resistir la enfermedad. […]

Nosotros, las dos poblaciones humanas de nuestro siglo, miramos hacia atrás y contemplamos esta catástrofe con una mezcla de tristeza, rabia y humilde agradecimiento. Desde luego que lamentamos las millones de muertes durante la Gran Pandemia. Y condenamos a los que se la pasaban discutiendo mientras el planeta ardía, aquellos cuya despreocupada indiferencia creó las condiciones para que muriesen casi todos los seres humanos. […]

Los supervivientes aprendieron duras lecciones que transmitieron de generación en generación hasta nosotros. […] Cada mañana, al iniciar la jornada escolar, les hicieron repetir a sus hijos este juramento: Somos los cuidadores de esta tierra y sus guardianes para aquellos que nos sucederán.

 

Esta distopía puede sonar exagerada y excesivamente pesimista para muchas personas. Ya sus autores lo reconocen en el libro. Uno de los principales problemas para crear conciencia acerca del cambio climático en el que estamos inmersos es que, para la mayoría de las personas, se trata de una amenaza difusa, contradictoria y que, además, parece muy lejana. Cosa de científicos ensimismados que no acaban de ponerse de acuerdo. Pero no es así. Las evidencias tienen un sustento científico más que razonable.

Aunque la defección del Narciso de la Casa Blanca no es una buena noticia para el resto del mundo, la verdad es que los esfuerzos para combatir el cambio climático hasta ahora han sido, en el mejor de los casos, insuficientes. El mismo acuerdo de París, igual que los anteriores, no es vinculante, es decir, que los países firmantes no se ven obligados a cumplirlo. Anjali Appadurai, estudiante de 21 años en 2011, que en aquel momento era la representante de las organizaciones juveniles no gubernamentales en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el clima en Durban (Sudáfrica), lo expresó con claridad y contundencia: “en todo este tiempo [los representantes de los diferentes países] han incumplido compromisos, se han quedado lejos de los sucesivos objetivos fijados y han quebrantado promesas”.

Y Naomi Klein reafirma lo anterior en su libro Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima (Paidós, 2015): “Los datos preliminares muestran que, en 2013, las emisiones globales de dióxido de carbono fueron un 61% más altas que en 1990, cuando comenzaron de verdad las negociaciones para la firma de un tratado sobre el clima”.

No basta pedirles a los dioses que Némesis se vuelva a encargar del Narciso que hoy ocupa el Despacho Oval, necesitamos mucho más que eso. Nos urge crear un nivel crítico de conciencia que tenga la extensión y la profundidad suficientes para que el discurso del cambio climático salga del ámbito científico y político y tome las calles. Para que los compromisos se transformen en acciones eficaces de carácter obligatorio. De otro modo, la distopía será realidad en menos tiempo del que pensamos.

https://elpatologoinquieto.wordpress.com