Luis Muñoz Fernández

Hay formas de ser ciudadano, desde serlo sólo nominalmente mientras se sigue viviendo como un dócil siervo de la gleba, hasta serlo de manera moderna y, sobre todo, activa, participando en todos aquellos asuntos que nos competen y que van mucho más allá de depositar un voto. Y es que ser ciudadano puede convertirse en la aventura más fascinante, divertida, absorbente y vital del hombre adulto, entendido el término como especie humana que incluye ambos sexos.

En este nuevo espacio de observación y reflexión (de ahí El Observatorio), lo que se pretende es poner sobre la mesa y analizar las inquietudes y preocupaciones que tenemos acerca de nuestra vida comunitaria, en tanto seres humanos y ciudadanos. Observación y reflexión sobre lo que ocurre en el ámbito local, en el nacional y, ¿por qué no?, en el plano internacional. Esos límites, antaño muy marcados, hoy no sólo son mucho menos nítidos, sino que son porosos. Merced a un peculiar “efecto mariposa”, lo que ocurre allende nuestras fronteras tiene un impacto más que significativo en nuestra vida cotidiana.

Ejercer plenamente la ciudadanía también puede llegar a ser una actividad incómoda: la ciudadanía concebida como intrusión en la política, ese territorio que desean para sí y sólo para sí quienes lo han convertido en su cómodo y jugoso modus vivendi. Ya sabemos lo que decía Konrad Adenauer, el primer canciller de la entonces República Federal de Alemania: la política es demasiado importante como para dejarla en manos de los políticos.

La ciudadanía no es una gracia ni una dádiva, es un derecho inalienable. También es un aprendizaje: requiere un esfuerzo intelectual que debería formar parte de la educación básica. Para allá vamos, pero todavía estamos lejos de que sea un elemento sustantivo de nuestra formación como mexicanos. Lo expresaba de manera inmejorable el emperador Marco Aurelio: los hombres han nacido los unos para los otros; edúcales o padécelos.

En aparente paradoja, ese aprender la ciudadanía incluye desaprender aquello que nos lastra, que no nos deja avanzar. Una de esas trabas es una costumbre muy arraigada entre nosotros: la de compararnos con quienes están en peores niveles o circunstancias. Un escollo que genera conformismo, autocomplacencia, estancamiento. Si vamos a compararnos, que sea con los mejores. El mundo es muy grande y hoy tenemos al alcance de la mano el conocer cómo resuelven sus problemas las mejores sociedades del planeta. Acudamos a las fuentes para abrevar en ellas, que las hay en abundancia y de muy variadas orientaciones.

Fernando Savater, profesor de filosofía con una extensa obra de divulgación, nos invita a esforzarnos en la tarea de ser ciudadanos. Nos dice que nadie puede pensar por otro, pero todos debemos intentar pensar juntos. Y es ese concertar pensamientos distintos lo que nos convertirá con el tiempo en mejores ciudadanos, lo que nos llevará algún día a vivir en una sociedad óptima. Unidad en la diversidad, que no debe confundirse con uniformidad. ¿Puede haber mejor herencia para nuestros descendientes?

Y si de filósofos hablamos, recordemos a Immanuel Kant en una cita memorable: Ilustración significa el abandono por parte del hombre de una minoría de edad cuyo responsable es él mismo. Esta minoría de edad significa la incapacidad para servirse de su entendimiento sin verse guiado por algún otro. Uno mismo es el culpable de dicha minoría de edad cuando su causa no reside en la falta de entendimiento, sino en la falta de resolución y valor para servirse del suyo propio sin la guía de algún otro. Sapere aude! ¡Ten valor para servirte de tu propio entendimiento! Tal es el lema de la Ilustración.

Este es justamente el propósito que late en El Observatorio y que procurará animar su publicación semana a semana.

ATENTO AVISO

A partir de la semana próxima, El Observatorio aparecerá cada viernes en la sección local de este periódico.

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