Por J. Jesús López García 

Al penetrar los avances técnicos y sociales de la Revolución Industrial a partir del siglo XVIII, en las comunidades tradicionales la configuración de los poblados comenzó a modificarse en sus formas arquitectónicas, de inicio tal vez, de manera discreta, sin embargo, con el correr de los años y al prevalecer el exceso de actividades productivas y metropolitanas, esa metamorfosis fue agravándose a la par de las estructuras urbanísticas y posteriormente en la configuración de la arquitectura.

Los trazos rectos de la ciudad fueron desde ese momento normativos ya que la dotación del conjunto de medios técnicos, los servicios y las instalaciones se optimizó de manera sobresaliente, tanto en su funcionamiento, así como en la economía de su construcción y procedimiento. En la erección de los edificios, el alineamiento continuo generado por los perfiles geométricos también obedeció a un aprovechamiento más rentable de la superficie de los terrenos.

Constructivamente, la arquitectura que hasta el siglo XVII era uno de los soportes de la producción tecnológica, tuvo que adaptarse a los nuevos avatares de la invención técnica, tal como la ingeniería aplicada a los puentes y caminos, cruciales para distribuir y abastecer de insumos a la industria moderna y las nuevas maneras de traslado de las personas.

La ingeniería civil se desprendió del tronco común de la arquitectura a mediados del siglo XVIII como disciplina autónoma, y cada vez más influyente a causa de la fundación de la Escuela de Puentes y Caminos de París; no es casual que hasta nuestros días la industria aplicada a la comunicación, ya sea virtual y/o física, continúe alzándose como uno de los puntales más fuertes en el desarrollo tecnológico del orbe.

Con el inicio de la industrialización, encontramos gradualmente el arribo de materiales y técnicas constructivas derivadas de la actividad reciente; acero y concreto como representantes de ello, pero a la par muchos otros de nueva inclusión afortunadamente a la disponibilidad de los mismos a través de los medios modernos de transporte; la producción local de los componentes mencionados, se vio beneficiada por dicha circunstancia, baste citar como ejemplo, el ahora muy común ladrillo de barro cocido -el adobe es un ladrillo crudo-, que empezó a producirse de modo extensivo con el aprovisionamiento de maderas baratas y algunos otros recursos para la combustión en los hornos ladrilleros mediante la línea férrea.

En casos con un impacto mayor, estructuras de hierro y acero eran fabricadas en Europa y traídas al país por vía marítima para ensamblarse en las capitales modernas importantes, de lo anterior podemos citar el Palacio de Hierro o el Museo del Chopo, originalmente un pabellón de exhibición.

Aguascalientes, con la llegada del ferrocarril transformó su arquitectura y los materiales y técnicas utilizados en ella; también se produjo de manera evidente con el afincamiento de industrias diversas como la Gran Fundición Central Mexicana a fines del siglo XIX.

Es probable que tal vez a nuestros ojos los edificios producidos en ese entonces no resulten muy diferentes de los edificios precedentes, sin embargo los cambios están y son muy importantes: la mutación del adobe al ladrillo que facilitó la construcción y la preservación del inmueble; la utilización de los rieles de acero en las cubiertas y techumbres, antecedente directo de las viguetas actuales; el paulatino uso de cerramientos de concreto que fue permitiendo la ampliación de los vanos hasta modificar la imagen de las fachadas, y lo más importante, la habitabilidad de los espacios, todo ello acompañando un esquema de las propuestas arquitectónicas con una relación cada vez más estrecha con el exterior público: la calle.

En nuestra ciudad, particularmente en el centro de la misma, persisten algunas fincas características de fines del siglo XIX e inicios del XX.

Ubicada al principio de la Avenida Madero en la acera norte –de poniente a oriente–, muestra una esquina achatada -en pancoupe- para ampliar la visibilidad de la intersección urbana, como el modelo del ensanche barcelonés de Cerdá (1860).

El inmueble muestra los vanos verticales de la composición tradicional y se despliega en dos cuerpos diferenciados por entablamentos. Con cuidado podemos apreciar una diferenciación total entre la utilización de la planta baja y aquella de la planta alta a la que se accede de manera independiente, interpretándose como una utilización más urbana, ya que en el Aguascalientes de ese momento, el desarrollo poblacional y la afluencia de visitantes, vino a dinamizar el comercio moderno, por lo que establecimientos en las plantas a nivel de la calle venían a dar un rostro nuevo a la manera de comprar y vender productos –anteriormente concentrada casi totalmente en los mercados, en sus inicios, por cierto, dispuestos de manera provisional en explanadas–, muchos de ellos manufacturados o traídos desde otras partes del país o del mundo.

La finca por lo demás no se levantó con adobe; en adelante las formas tradicionales que hoy aún se manifiestan –relacionadas con el afrancesamiento porfiriano– irían mutando en otros edificios siguiendo la lógica de la reciente construcción, de la flamante ciudad y de la actual arquitectura aquicalidense.